OPERACIÓN CIMITARRA III/II, 9 de octubreEl sargento Gabella tenía pegado a la cola de su Hispano Aviación un Sopwith Camel que lo acosaba disparando sin cesar, aunque aún eran pequeñas ráfagas más destinadas a mantenerlo nervioso que a derribarlo. Dispuesto a despegarse de su enemigo dio un brusco quiebro a la izquierda que su enemigo siguió con decisión. El Camel era sin embargo un avión ligeramente menos maniobrable que el pequeño caza hispano, de forma que su radio de giro fue superior al del HA desplazándose hacia el exterior del giro. Con todo unos segundos después del giro el avión enemigo volvía a estar pegado a su cola, atrás y a la derecha. Un nuevo giro igual de brusco pero a la derecha siguió al primer giro sin solución de continuidad, obligando al piloto enemigo a reaccionar en consonancia, e incluso un tercer giro de nuevo a la izquierda siguió a este, por lo que cada vez el piloto británico se desplazaba más hacia el exterior.
Por desgracia para el piloto enemigo su radio de giro era superior al del pequeño aeroplano español, de forma que con cada uno de los tres giros su avión fue cayendo hacia el exterior del giro de forma que cuando el HS giro por cuarta vez a la derecha había quedado desplazado de la línea seguida por el caza español y aún estaba en medio de su tercer giro. Ahora se iba a cruzar con la trayectoria del HA a la misma altura. Cierto era que los manuales de ataque recomendaban colocarse a la espalda y arriba del objetivo antes de atacarlo, pero el sargento Gabella era un pastor y experto cazador de Zamora que por azares de la vida había acabado convertido en uno de los pilotos del ejército. Él sabía que disparar a la perdiz o la liebre desde atrás o delante facilitaba la tarea, pero que los buenos cazadores como él eran capaces de apuntar de lado disparando al lugar que su presa ocuparía un segundo después para cazarla. La ametralladora del HS-18 de Gabella tableteo con fuerza dos segundos antes de que el Camel enemigo cruzase frente a él, pudiendo verse con claridad como los proyectiles lo alcanzaban y el aparato se desplomaba segundos más tarde. El capitán Rory Brown había muerto en acción.

A lo largo de todo el frente se repetiría la misma táctica. Los aviones españoles volaron durante la noche para atacar al amanecer, cuando los aviones trataban de despegar y eran vulnerables, e incluso para ametrallarlos en tierra, destruyéndolos antes de que supusiesen un peligro. Gracias a ello ese mediodía el balance de fuerzas había dado un giro de 180º y los aviones españoles superaban en 2 a 1 a los de la Entente. Gabella que encaraba su cuarto año de guerra había tenido unos inicios poco prometedores, pero en los últimos meses había descollado y acumulaba ya 37 derribos en su haber, la mayor parte de ellos en las ofensivas de ese verano cuando tuvieron que defenderse con uñas y dientes.
A media mañana las fuerzas españolas habían logrado ocupar la primera línea enemiga en una extensión de casi 140km, mientras la artillería disparaba con insistencia sobre la segunda y tercera líneas enemigas. Tan solo en algunos lugares continuaban los combates, pues varios de los batallones enemigos habían logrado afianzarse en el terreno quedando rodeados por el impulso inicial de sus fuerzas. Era pues necesario suprimir esos núcleos de resistencia, pero el general Borja no estaba dispuesto a desperdiciar tropas en ataques frontales, por lo que decidió utilizar la artillería para arrasar esos núcleos de resistencia, solicitando la participación de los grupos aéreos cuando esto no fuese posible por su peligrosidad. También otras armas como las granadas, morteros, y lanzallamas tendrían gran utilidad en esta peligrosa tarea.
El capitán Hidalgo Cisneros volaba su ASAC-2 en la zona de Chapelle Saint Joseph, al sur de Mendiondua, dispuesto a suprimir uno de los puntos fuertes del enemigo. No tardo en divisar la red de trincheras en la que este enemigo se había hecho fuerte, y desde la que disparaba con saña contra los soldados que trataban de rendirlos. Un simple movimiento de la mano basto para cargar las ametralladoras, lanzándose a continuación en un picado sobre las posiciones enemigas. El tableteo de las ametralladoras obligo entonces al enemigo a mirar hacia los cielos para ver como el avión español se acercaba hasta unas decenas de metros disparando sin cesar, lanzando varias pequeñas bombas al remontar altura poco después. Era el conocido como vuelo a la española, un vuelo de apoyo cercano a tierra ensayado por primera vez en los alrededores de Melilla un lustro atrás, en el que los aviones se aproximaban todo lo posible a las fuerzas a atacar, dando una pasada tras otra mientras les quedase munición.
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El alférez Manzano ordeno a sus hombres que colocasen el lanzallamas Biosca en posición, mientras tres soldados empleaban sus naranjeros para cubrir la maniobra. Este lanzallamas era pesado y precisaba de varios soldados para manejarlo, pero como pudieron comprobar sus enemigos era un arma eficaz y terrorífica que lanzaba una lengua de fuego a una distancia considerable. Por ello durante las dos horas siguientes los tres lanzallamas bajo su mando ejercerían una labor considerable con vistas a erradicar el punto de resistencia enemigo. Los nidos de ametralladoras ardieron y los soldados enemigos se vieron obligados a huir, en ocasiones envueltos en llamas. Sin duda fueron determinantes para que aquella posición cayese unas horas después.
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El sargento Cifuentes se cubría como podía en la que era uno de los ramales de la trinchera enemiga que acababan de ocupar en una colina sin nombre en el mapa en la que tan solo aparecían los números que indicaban su altura, 356 metros. Parecía mentira el interés que el enemigo demostraba por aquella cota, por lo que sabía no se habían lanzado contraataques enemigos en el resto del frente, pero a ellos era ya le tercera vez que les atacaban. En fin… no había más remedio que apretar los dientes mientras disparaba cargador tras cargador con su Mondragón, sobre las fuerzas que se lanzaban sobre ellos. El enemigo que según parecía aún no había adoptado las modernas tácticas de asalto que el resto de contendientes habían desarrollado, insistía en costosos asaltos frontales que dejaban el campo cubierto de muertos y heridos. Era simplemente una estupidez, y los cuerpos de cientos de soldados que cubrían el campo tras ser destrozadas las oleadas de infantería daban cuenta de ello. Una vez más como tantas otras, cargo su fusil y vacío el cargador sobre los asaltantes que cayeron como bolos, víctimas de los numerosos naranjeros y fusiles Mondragón que tanto en su versión semiautomática como en la automática hacían fuego sobre las fuerzas de asalto.
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El general de artillería Merino tenía el mando de la artillería destinada a apoyar el la operación Cimitarra. Hasta ese momento estaba bastante contento con el desempeño de su artillería. Habían disparado más de un millón de proyectiles sobre las posiciones enemigas, especialmente sobre su línea de combate y su línea de reserva, cuyas fuerzas sin duda habían sufrido un duro golpe, y el bombardeo continuaba con decisión abortando los contragolpes enemigos. Era sin embargo hora de racionar su artillería y empezar el traslado a los emplazamientos alternativos.
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Decenas de trenes se alineaban en los alrededores de la moderna estación del Norte de Valencia, empleando para ello cuantas vías muertas había disponibles en la zona. A su alrededor se movían decenas de ferroviarios, jefes de estación a guardagujas, ayudados por un pequeño ejército de revisores y trabajadores que se coordinaban como si debiesen componer una pequeña coral. Pronto miles de hombres empezaron a afluir a la estación. Embarcar a las tropas era realmente un trabajo sencillo, el verdadero problema llego cuando hubo que embarcar artillería y equipos. Esa era la razón de la gran cantidad de trabajadores que la Compañía del Norte había enviado a Valencia, e incluso así fue necesaria la participación de otras Empresas de ferrocarriles. Al fin y al cabo todo esfuerzo organizativo era poco si se quería trasladar a los casi 85.000 hombres del ejército de Maniobra de Levante a las vascongadas en unos pocos días.
Uno de los soldados que estaban a punto de embarcar era el antiguo preso del penal de San Miguel y de los Reyes, Anastasio, generalmente llamado simplemente Tasio o "Cadenas". Uno de los muchos presos liberados a cambio del servicio de armas de la última tanda de llamados a filas. Esta necesidad de rebañar tropas de allá donde pudiesen encontrarse no era sino la constatación de los apuros que pasaba España en todos los sentidos, agotada por los largos años de conflicto.
Nota; En el siguiente enlace pueden verse bastantes fotografías antiguas de Valencia, entre ellas una de los reos de San Miguel y de los Reyes haciendo gimnasia en el patio del antiguo convento de dicho nombre reconvertido en penal
http://valenciablancoynegro.blogspot.co ... chive.html
A todo hombre tarde o temprano le llega la muerte ¿Y cómo puede morir mejor un hombre que afrontando temibles opciones, defendiendo las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses?" T. M.