Un furioso cañoneo atrajo entonces su atención. Los franceses estaban bombardeando algo que se encontraba aún más al oeste de su posición. Sin duda era la línea de avance de las columnas del brigadier Maestro, las tropas encargadas de completar el cerco de la división enemiga. Para ellos el terreno era aún más abrupto que para los hombres de este sector, aunque tenían la ventaja que no habiendo caminos o posiciones vitales el contraataque enemigo difícilmente iría dirigido hacia el Oeste.
El cabo Molina y sus tres hombres agacharon la cabeza cuando el enemigo empezó a bombardear sus posiciones. Una hora atrás había podido observar como desde la cercana población de Fronsac partían cientos, tal vez miles de hombres en su dirección. Por desgracia la visibilidad era poca a causa de la vegetación, lo que impedía que hiciesen fuego sobre ellos, además la cantidad de municiones de artillería que la batería del capitán López había logrado transportar a través de la montaña era limitada, por lo que había que racionarla hasta que llegase la columna de transporte que esperaban en aquellos momentos. En cambio el enemigo no parecía tener esos problemas, y unos minutos atrás una batería de artillería, sin duda recién llegada, rompió el fuego disparando sobre sus posiciones. Molina no quería sorpresas desagradables, por lo que sus hombres y él se agazaparon en el fondo de los pozos de tirador, se calaron los cascos, y se colgaron las máscaras de gas del cuello por si las moscas.
Los soldados franceses habían avanzado con relativa facilidad hasta Marignac, donde tan solo intercambiaron algunos disparos con el enemigo que no tardo en abandonar la localidad para refugiarse en las colinas de detrás de la población. Ahora sin embargo tenían que afrontar el hecho de que el enemigo dominaba el valle desde una posición elevada desde la que podían hacer fuego de forma casi impune contra todo aquello que se movía bajo ellos. Debido a esto pronto tendrían las primeras bajas que pronto se convirtieron en un reguero constante que erosionaba sus filas. Había que atacar y expulsar al enemigo de sus posiciones, un trabajo que sin duda sería duro al tener que atacar cuesta arriba.
Durante las horas siguientes varios miles de soldados franceses trataron de asaltar las posiciones españolas ascendiendo trabajosamente por la montaña. Los 500 metros que debían superar se convirtieron así en un suplicio, aunque la vegetación impidió que el fuego enemigo fuese todo lo efectivo que podía llegar a ser. En lo alto de la colina el cabo Molina siguió disparando con su ametralladora sobre los asaltantes causando numerosas bajas, al tiempo que maldecía a los árboles que acortaban su visión y reducían el campo de fuego de su ametralladora. La clave de la batalla estuvo sin embargo en otro lugar.

Al sur de Marignac había dos colinas, la del oeste era de pendientes duras pero practicables y con abundante vegetación, y en ella se encontraba el núcleo de las defensas españolas. Por el contrario la cara septentrional de la montaña oriental era poco más que un acantilado casi imposible de ascender a menos que fuese con arreos de escalada. En ella el coronel Bustos había instalado la batería del capitán López, que en aquellos momentos hacia fuego sobre las fuerzas enemigas casi a placer. Por supuesto entre ambas montañas existía una vaguada que ascendía de forma mucho más suave hasta la zona superior, en la que existía una pequeña capilla cerca de la cual, el brigada Hierro había ordenado cavar una red de pozos de tirador para su sección.
Sería allí donde los 80 hombres de aquella sección se enfrentarían con decisión a las dos compañías de infantería enviadas por Dupont para infiltrarse y flanquear las posiciones españolas. Luchando entre los arboles los cazadores emplearon eficazmente el estar en posiciones elevadas y los pozos de tirador y obstáculos que tenían a su disposición. El combate se alargaría hasta la noche, cuando los agotados franceses que habían sido rechazados en todos sus intentos de abrirse paso, se vieron obligados a retirarse a sus posiciones de partida. Los combates no saldrían baratos a la sección del Bgda Hierro, que había sufrido 21 muertos y 41 heridos.
A medianoche las divisiones que guarnecían los pasos de Canfranc y Bagneres de Luchon, dos de los pocos pasos de montaña en condiciones de los pirineos por los que discurrían las carreteras N-135 y N-125 en denominación francesa, o N-330, y N-230 en la española, estaban en peligro de quedar rodeadas.