Yo tengo uno sobre Juan Vigón, titulado: "El Gran Capitán del Siglo XX. Juan Vigón, el Restaurador de la Gloria Militar de España", Inédita Editores, S. L.
- “El sueño de la razón produce monstruos”. Francisco de Goya.
Teniendo en cuenta los trastos que endosaron los británicos a sus aliados (como los Tetrarch) yo no apostaría porque los aliados de los ingleses recibiesen mucho más. Respecto al Lend Lease, en la realidad en 1941 se fabricaron en USA 1.300 tanques M3 Lee y Grant, y 2.500 tanques ligeros M3 Stuart. Más aun, el M3 solo se empezó a producir en la segunda parte de 1941, y de hecho no entró en combate hasta 1942. Aun estirando mucho, a lo sumo hubiesen podido llegar algunas decenas de Lee – Grant. Los Stuart eran carros ligeros, y los primeros fabricados fueron destinados sobre todo a la instrucción: en la realidad solo en noviembre de 1941 los ingleses dispusieron de 170 Stuart.
Si hubo alguna batalla en la que lamenté no haber estado —aunque pensándolo bien, preferiría habérmelas perdido todas—, fue en la de Estremoz, cuando García Valiño derrotó a los herejes en toda regla. Yo estaba más al sur, con la sexta panzer, que se estaba preparando para dar la puñalada trapera que era la especialidad de Von Manstein. Mientras tendrían que ser mis compatriotas los que despistasen al inglés, un poco como la muleta que atrae la atención del toro en la suerte de matar. Pero puestos a hacer de muleta, Don Rafael salió muy gallito y les dio un repaso de órdago a los ingleses.
Pude escuchar un testimonio de primera mano gracias al teniente Lumbreras, el que me había sucedido al mando de mi antigua compañía. Estaba paseando una tarde cuando se me puso delante Beira ¿lo recuerda, el gallego de Badajoz? Beira se cuadró y empezó a escupir palabras como una ametralladora.
—A sus órdenes mi tenente que como me alegro de verle digo mi capitán que ahora veo que tene más estrellas en la bocamanga que parece un ceo estrelado y solo le falta la luna.
—Yo también me alegro, Beira. Te hacía en el cuerpo marroquí, con la 105.
—Y yo también lo penso porque sigo en la 105 pero no ya con el cuerpo moro que fue que el general Vigón que a pesar de ese nombre que parece de albañil es un general de tomo y lomo que Vigón nos dio prestados a García Valiño que luego se nos quedó que si Vigón era bueno de Valiño ni le cuento y nos mandó a Estremoz donde tuvimos que dar el callo contra los herejes que tendría haberlos visto lo que fue que lo del Gévora o lo del Caya fue de risa aunque no piense que me rio de usted que le tengo mucho respeto mi teniente digo mi capitán pero lo de Estremoz fue de órdago a la grande a la chica y a pares…
—¿Estuviste en Estremoz? Estarás orgulloso.
—Ya tene usted razón mi teniente digo mi capitán que se me hace raro verlo con tanta estrella que ya puedo jurar…
—Beira, cuida el lenguaje.
—Perdone mi capitán pero es que me embalo y luego digo lo que no quiero y que le decía que me fui con Lumbreras…
—¡Beira! ¿dónde leches te has metido?
Beira se cuadró ante un oficial que le llamaba y empezó a balbucear.
—A sus órdenes mi tenente que pido que me disculpe pero es que me he encontrado con aquí el tenente digo el capitán que fue tenente pero que ya no es tenente y que…
A esas alturas ya hacían falta los servicios de la mitad de los criptoanalistas de Europa para entender lo que decía el gallego, y preferí interrumpirle y presentarme.
—¡Lumbreras! Un abrazo, hombre.
El teniente Lumbreras era un navarro de esos fuertes y sanos, como dicen ellos, que había hecho toda la guerra conmigo, en la primera de Navarra. Me miró y me reconoció.
—¡Capitán Artigas! A tus órdenes. Esperaba verte ya con la estrella de ocho puntas.
—Qué más quisiera, por ahora me tengo que conformar con las tres de seis. Me dice Beira que estuviste en Estremoz.
—Tuve esa fortuna —dijo Lumbreras.
—Pues tendrás que contármelo ¿Tienes un rato para tomar unos chiquitos? Ahí cerca hay una tasca donde sirven el vino verde ese que tanta fama tiene.
Yo vi "Los violentos de Marco", con Alfredo Mayo, la escena en la que se internan en la zona para asaltar el banco de Lisboa es memorable
A todo hombre tarde o temprano le llega la muerte ¿Y cómo puede morir mejor un hombre que afrontando temibles opciones, defendiendo las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses?" T. M.
Sin embargo, "Condenados cabritos" me pareció un bodrio. Schweighöfer no estuvo nada fino. Esa escena de Roosevelt y Churchill saliendo del cine mientras los cabritos les disparan da vergüenza ajena.
Domper escribió:Sin embargo, "Condenados cabritos" me pareció un bodrio. Schweighöfer no estuvo nada fino. Esa escena de Roosevelt y Churchill saliendo del cine mientras los cabritos les disparan da vergüenza ajena.
Trece de la Horca estuvo mucho mejor, con la incursión en Kerbala para desorganizar la retaguardía británica.
Donde va a parar, antes si se hacia cine de verdad, ahora son todo efectos especiales pero sin argumento...
A todo hombre tarde o temprano le llega la muerte ¿Y cómo puede morir mejor un hombre que afrontando temibles opciones, defendiendo las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses?" T. M.
Ya tienes razón. Prefiero mil veces a Alfredo Mayo en la versión de Escuadrilla de Román, que al Fabio Fulco en el remake que se ha pegado Carlos Gil, por mucha 3D que le haya metido. Además ver a los Hispano Triana haciendo de Spitfire da repelús.
"Traición en Tenteiguanada" me pareció algo floja, y más con la llorera de Ozores, que no me pareció creíble en su papel de traidor (debe ser de haberlo visto tanto tiempo en películas cómicas)
- “El sueño de la razón produce monstruos”. Francisco de Goya.
Para mí la mejor de todas las películas del ciclo fue "Botón de Ancla", donde el alférez interpretado por Fernando Fernán Gómez al ser graduado antes de finalizar la Escuela Naval es destinado al submarino G4 justo antes de la Batalla de Canarias.
Tampoco es nada deeñable "Enemigo a las puertas", el papel de Alfredo Landa como el francotirador navarro le valió el Goya al actor revelación
Nadie recuerda ya aquella primera incursión en el cine bélico de García Berlanga, Bienvenido Mr. Marshall, donde hace una parodia de la ayuda estadounidense al Imperio Británico....
¿A quien se le ocurre? De Ozores tienes que ver las de José Luis, tanto "Ahí va otro recluta" donde se alista en los paracas al estallar la guerra y le encargan capturar un vital puente sobre el Tajo durante la ofensiva final, como "El día más largo", donde en el papel de general destaca incluso entre la pleyade de actores hispano-germanos que la protagonizan.
De Antonio Ozores la unica que destaca es "¿Que hiciste en la guerra, papi? en ella si explota su bis cómica a gusto
A todo hombre tarde o temprano le llega la muerte ¿Y cómo puede morir mejor un hombre que afrontando temibles opciones, defendiendo las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses?" T. M.
Sucedí al teniente Artigas en el mando de la compañía cuando poca acción quedaba. El regimiento siguió custodiando las líneas en el Caya durante dos meses más. Meses tranquilos, porque la acción se había desplazado al norte. Un poco de paqueo, algún rifirrafe entre patrullas… De vez en cuando unos cuantos pepinazos, para que no pensásemos que estábamos de vacaciones. Pero nada parecido a lo que se coció por Ciudad Rodrigo. En estas llegó la división 195 y nos relevó. Se estaba reorganizando el frente y se estaba organizando el Ejército del Sur. Nuestra división, la 105, pasó a integrarse en el cuerpo marroquí, que se estaba preparando para la gran ofensiva que debía expulsar a los míster definitivamente de la Península.
La tarde anterior al día de la Patrona la división empezó la infiltración por la sierra de San Mamede. La sierra esa tiene un nombre muy pomposo y futbolero, pero puesta al lado de la de Urbasa parece de juguete. Al menos había algunos arbolitos que nos escondieron, y pudimos saltar sobre las líneas portuguesas sin que se lo esperasen. Supongo que recuerdas cómo habían cavado sus líneas: como si siguiesen en 1917 y lo importante fuese tener una zanja continua de mar a mar. Aunque habían puesto a un montón de paisanos a cavar, la línea apenas era un esbozo, y los que la vigilaban tampoco pensaban que les íbamos a caer encima. Esperaban ser atacados en Elvás —como si fuésemos tan tontos— pero vieron que salíamos de la sierra como energúmenos. Además Sáez de Buruaga mandó a primera línea a los regulares y ya sabes cómo son los moros cuando se calientan. Los pobres lusos salieron corriendo que parecía tuviesen el baile de San Vito.
La 105 no tenía que pelearse con esos tipos, sino que debía aprovechar la brecha que abriesen los regulares. Pero había tanta gente en esa sierra y tan pocos caminos que nos retrasamos un poco, y ya era casi mediodía cuando llegamos a Arronches. Allí nos encontramos con algunos portugueses que se replegaban desde primera línea. Los dispersamos pero no pudimos evitar que se retirasen para Santa Eulália, y además nos llevó un rato. Con tanto retraso Sáenz de Buruaga estaba que fumaba en pipa, y cuando nos encontramos en Monforte con los de García Valiño, que venían del doble de lejos, casi explotó. Al saber que Valiño ya corría hacia Estremoz, nos mandó hacia allí con la orden de llegar antes del amanecer, o nos pegaríamos el resto de la guerra cavado letrinas. Es de imaginar la carrera que nos dimos, pero por la noche hubo que parar, y cuando a mediodía del siguiente entramos en Estremoz los guapos de la 84 se nos reían en la cara.
El frente se estaba calentando. La 82 había sufrido algunos contrataques canadienses de poca entidad, pero que demostraban que los herejes seguían por allí. Veíamos porradas de aviones, tanto que el aire parecía vibrar por el ruido de los motores, y viendo como los Stuka tiraban bombas no muy lejos de donde estábamos, nos imaginamos que se preparaba buen sarao. Entonces llegó la orden por la que se nos subordinaba al cuerpo del Maestrazgo, ya que García Valiño creía que con solo dos divisiones no podría defender la línea. A la 105 la mandó al sitio más difícil: a la sierra de San Bartolomé, el punto más alejado de la línea, el más expuesto a los ataques. La orden indicaba que se esperaba una contraofensiva para la mañana siguiente, y si queríamos tener agujeros para resguardarnos ya podíamos salir zumbando hacia nuestras posiciones y empezar a cavar. Eso hicimos, y al atardecer ya estábamos en la sierra que teníamos que defender. Si lo de San Mamede era una sierra de juguete, la de San Bartolomé no llegaba ni a serrucho, que no levantaba ni cien metros de los alrededores. Pero del Ebro ya sabíamos que lo más alto no siempre es lo mejor, y bien mirada la sierra tenía sus ventajas. La línea más alta estaba un poco retrasada, y entre la cima y la llanura había unos lomones bajos que servirían para escondernos y para canalizar los ataques herejes. A mi compañía le tocó defender la cota 332, donde preparamos las posiciones a la española: nada de líneas de trincheras continuas, sino pequeños reductos, con pozos de tirador comunicados con trincheras. Todo escondido a contrapendiente, donde no nos pudiesen ver. En la cara de la loma que daba al enemigo solo excavamos pozos para los escuchas, que vaya misión más peligrosa. Estando justo detrás de una loma lo malo era que los herejes podrían caernos encima sin verlos llegar, pero para eso estaban nuestros vecinos: desde las cotas 322 y 334 cubrirían los accesos a nuestra posición, y nosotros a su vez tendríamos que freír a los incautos que se atreviesen a ir por ellos.
El día siguiente fue de esfuerzo. Los ingleses se estaban retrasando, y nosotros aprovechamos para mejorar nuestras posiciones. Echamos mano de los extensos olivares de la sierra para reforzar las paredes de nuestros agujeros, y hasta para ponerles techos, ya que los ingleses a veces tienen la mala costumbre de tirar con espoletas de tiempo para que los proyectiles revienten sobre nuestras cabezas. Tendimos líneas de alambre de espino de tronco en tronco de los olivos, y plantamos una porrada de minas. Al mismo tiempo veíamos las evoluciones de los aviones. Parecía que todo el Ejército del Aire se había reunido sobre nuestras cabezas, e iba y venía arrojando toneladas de explosivos y ríos de gasolina. El viento nos traía el olor a quemado mezclado con el de los explosivos, y eso fue el mejor aliciente para que cavásemos aun más. Por la noche, que fue heladora, tratamos de descansar un poco, aunque el ruido de las disparos y de las bombas de los aviones no ayudó. Los alemanes usaban un avión especial lleno de ametralladoras que se pasó toda la noche disparando, e incluso vimos un combate aéreo rarísimo, en el que participó un avión que llevaba un reflector enorme.
La mañana siguiente tendría que haber sido la de la batalla, pero la aviación nos dio otro día de gracia. Que usamos para cavar aun más, poner más alambre, sembrar más minas. Ya con un poco de cuidado, porque la artillería de los herejes hablaba de vez en cuando en lo que sabíamos que eran tiros de corrección. Para nuestra alegría, nuestros cañones tampoco callaron, e incluso libraron algunos duelos con las baterías contrarias. Yo no sabía —aunque al día siguiente lo iba a ver— que el general Vigón había ordenado que toda la artillería del ejército fuese enviada para apoyarnos. Que la ciudadela de Elvás se rindiese ayudó, porque en lugar de caravanas de mulos llegaron camiones y más camiones cargados hasta los topes, trayendo montañas de munición y, regalo inesperado, un montón de cañones antitanques. No eran de los buenos, ni uno solo era de los nuevos del seis, y pocos rusos del cuatro y medio. La mayoría eran cañones del tres con siete, muchos de ellos capturados. También llegaron bastantes checos del ocho, algunas Nicanoras y, quien iba a decirlo, a mí me cayeron un par de cañones de acompañamiento italianos del seis y medio. Yo ya sabía que con esos cañoncetes podía olvidarme de atravesar ninguna coraza, pero los artilleros que vinieron con las piezas me dijeron que tenían una sorpresa si amanecía algún tanque hereje. Yo, como mucho no me fiaba, fui instruyendo a los míos para que preparasen muchas granadas —un par de camiones nos habían traído montañas de cajas— y cócteles Molotov, un delicioso combinado del que los fineses se atribuían la patente pero que habíamos inventado los españoles.
La madrugada del doce la artillería hereje tocó diana. Un buen bombardeo preparatorio por donde suponían que estábamos —mal supuesto—, seguido por una barrera de artillería que empezó a subir por las laderas de los cerros. Pegaditos a la barrera, los infantes, que se veía que estaban bien entrenados porque no se separaban de las explosiones. Ya se sabe cómo es la cosa: resulta difícil que los bombardeos destruyan una posición fortificada bien construida, pero la idea es que la barrera de artillería caiga sobre nuestras cabezas, obligándonos a meternos en el fondo de los hoyos y atontándonos un poco, y segundos después se produzca el asalto de los infantes, sin dar tiempo ni a respirar. Para eso los atacantes tienen que pegarse lo más posible a los pepinazos que tiran sus cañones, aun a costa de sufrir algunas bajas, porque es mejor eso que soportar a las ametralladoras. Esa era la idea, otra cosa que funcionase, que no funcionó: cuando los asaltantes empezaron a subir por las laderas les cayó encima una porrada de obuses de nuestra artillería que les frenó en seco. Los cañones herejes habían intentado suprimir a los nuestros pero estaban bien escondidos, que la guerra civil fue buena escuela para aprender esas cosillas. Cuando los míster se recuperaron y volvieron a la carga, nuestros soldados ya estaban preparados en sus blocaos, e imagínese lo que pasó. Visto el fiasco intentaron repetir el ataque una hora después, esta vez con más disciplina. Era gozoso ver como los soldados se movían al mismo paso que la barrera de explosiones, y como aguantaban los regalos que nuestros cañones les enviaban. Los de la cota 334, la más adelantada, lo tenían crudo, escondidos como estaban en lo más profundo de sus agujeros, sin atreverse a sacar la cabeza… pero para eso estábamos nosotros, que teníamos un precioso campo de tiro, y mis ametralladoras y cañoncitos hicieron el agosto. Por el otro lado los de la cota 325 también cumplieron, y el ataque, de nuevo, fracasó. Pero nos habíamos hecho notar, y atrajimos la atención indeseada de la artillería. Empezaron a caernos algunos regalos que poco efecto tuvieron ya que teníamos buenos agujeros, pero nos demostraron que la batalla ya no nos ignoraría.
El siguiente asalto fue con tanques, con esos Matilda pequeños pero con más hierro que las minas de Vizcaya. Fueron otra vez a por la 334, esta vez por el otro lado. Los de la 325 debieron dispararles pero no pararon a todos, y nosotros solo pudimos ver a los Matilda cuando estaban entrando en la posición de nuestros compañeros. Fue el momento de nuestros cañones del seis y medio, que empezaron a tirar contra los blindados. Yo esperaba ver como se aplastaban los proyectiles contra las corazas, pero me llevé una sorpresa al ver como los Matilda eran cubiertos por lluvias de chispas: los artilleros habían oído lo de las bombas incendiarias antitanque, y se les ocurrió probar lo mismo disparando proyectiles de fósforo. Desde luego, nada hacían contra los blindajes, pero si se colaban chispas por la rejilla del motor… El caso es que conseguimos incendiar algún Matilda, y nuestras ametralladoras, otra vez, les hicieron la vida difícil a los herejes. Volvieron a caernos pepinos ingleses, pero de repente pararon: había llegado la caballería, digo la aviación. Los Stukas tuvieron unas palabras con los de los cañones, y los artilleros herejes comprendieron que estarían más guapos —y más vivos— si se quedaban callados. Eso no regía para nuestra artillería, que siguió tirando a todo meter contra todo lo que se movía.
Pero la batalla no había acabado, que va. Casi ni había comenzado. Los tanques enemigos volvieron a la carga, pero esta vez apoyando a un regimiento de infantería —de los güeses o algo así— que rodeó la sierra y tomó la aldea de Sousel, situada a nuestra espalda. Luego atacaron los altos por detrás, pensando que nos pillarían en bragas. A nosotros con flanqueos: la división estaba preparada incluso para quedar rodeada, y esos ataques sin apoyo artillero, solo la ayuda de los tanques, que se perdían por los olivares, acabaron como el rosario de la aurora. Cuento esto como si lo hubiese visto, pero no, que mi posición estaba delante, aunque me lo relataron los compañeros.
Al mismo tiempo los güeses lanzaron otro asalto, en plan de ir a por todas. Cayó la 334 —nuestras armas cubrieron el repliegue de los valientes que la defendían— e incluso se llegaron hasta la 355, ya a mis espaldas. Al tomarla casi habían conseguido dividir nuestra posición en dos. Pintaban bastos, me dije. Intentaron atacarnos por detrás, pero ya sabe cómo fortificamos los españoles: nada de trincheras continuas, sino grupos de blocaos que pueden defenderse en cualquier dirección, apoyándose unos a otros. Como no llevaban tanques, los rechazamos, pero no fue fácil. Además nos estaban cayendo morterazos que se estaban cobrando muchas víctimas. El siguiente asalto sería el definitivo, pensé, porque nos cortaban la retirada, y después de la somanta de palos que les había caído a los herejes no creía que tuviesen ganas de prisioneros. Pero entonces volvieron los Messer. Llegó una docena de aviones, dirigidos por un biplano de observación —un Romeo me dijeron que era—, y lanzaron sus artefactos infernales sobre la loma. Estallaron echando chorros de llamas por todas partes, y luego nuestra artillería disparó, no sé ni cuantos cañones, pero parecía que iba a desaparecer la sierra entera. Una compañía de la reserva contratacó y los pocos güeses que quedaban levantaron las manos. Sin embargo, no pudimos impedir que la cota 334, que estaba más expuesta, quedase en manos enemigas.
Poco a poco fueron echándonos de nuestras posiciones, y a media tarde volvimos aquedar copados. Mi compañía tuvo que rechazar un par de asaltos, y menos mal que entre olivos, alambres y minas los carros de combate contrarios no podían llegar. Lo malo fue por detrás, porque otro ataque desde Sousel tomó la ermita de San Miguel, y para entonces sí que estábamos a un pelo de ser barridos. Al mismo tiempo, la 82 aguantaba en Estremoz lo mismo o peor que nosotros, porque ahí el terreno era más abierto y había más tanques herejes. Aunque también más cañones antitanques, más minas, y nuestros aviones no pararon. Aunque los canadienses llegaron un par de veces a las casas del pueblo, acabaron siendo expulsados.
Aliviada la situación en Estremoz, García Valiño se propuso limpiar nuestro patio. La 53 división, que estaba al quite, avanzó hacia Sousel apoyada por los dos batallones de tanques. Uno de ellos, de T-26 rusos, lo pasó regular, pero el otro, con Pardillos y Tejones, llegó al dichoso pueblo, precedido —lógicamente— de miles de proyectiles de nuestra artillería y de un buen bombardeo aéreo. Los Angelitos españoles volvieron a la brecha, haciendo pasadas a muerte, que con el ruido del motor parecía que todo el monte fuese una ametralladora. Los güeses debieron pensar que si tanto nos gustaba el pueblo, que nos lo quedásemos, y se retiraron. Al mismo tiempo la 159 contratacó en el sector de Estremoz. La segunda canadiense chaqueteó y retrocedió, dejando en el aire a los güeses, que de estar a punto de cercarnos pasaron a ser los que podían ser copados. Con la amenaza de la 159 a su derecha y los tanques a la izquierda también volvieron grupas, retirándose a sus posiciones iniciales. Habíamos ganado la batalla. Y solo era parte del espectáculo.
Escuchando el relato de Lumbreras yo, el hijo de Doña Carmen Lorenzo, hubiese debido estar mordiéndome las uñas. Pero Don Federico Artigas, para servirle a Dios y a usted, también tenía de qué presumir. Évora, la ciudad en la que estábamos disfrutando de unos vinos, no nos la habían regalado. Hubo que luchar por ella, y mucho. En esa batalla brilló otra división española, la 74.