Illmo. Y Rmo. Señor
Señores:
¡Junto á Dios los inmortales! El que se arrastra por las regiones bajas de la materia, llevando con fatiga en sus hombros la ruda carga de una existencia mediocre, bien está en la tierra; es polvo y vuelve al polvo
Pero los elegidos desde la eternidad por el Omnipotente para las grandes empresas; aquellos cuyo corazón encendió Él con la llama del heroísmo y cuya diestra tomó para guiarlos por los ásperos y elevados caminos de la gloria; los que tienen fuerzas para sujetar a las naciones, para hacer volver las espaldas a los reyes y para desplazar las puertas de bronce que defienden los imperios, ¡aquí, al lado de Dios de los Ejércitos, de los conquistadores, de los héroes!
La antigüedad les habría tributado honores divinos; más, atribuyéndoles glorias ajenas, los habría empequeñecido. Nosotros los reconocemos como hombres que de despojaron de las imperfecciones de la materia y haciéndose superiores a la humanidad, la honraron con triunfo imperecedero, y los traemos a la morada de Jesucristo, el primero de los hombres, el primero de los héroes, el primero de los mártires, el inmortal, el Dios.
¡Ah, sí bien están envueltos en los resplandores de Cristo, hermoseados con la sangre del sacrificio, los que murieron por la Patria, siguiendo las huellas del Redentor Divino. ¡Quién como Él! Apareció solo para conquistar el Universo, y cuando resonó su voz en los valles de Galilea, los hombres se acercaron temblorosos á besar su mano omnipotente, y cuando el calvario sorbió su sangre, el mundo se detuvo jadeante en su carrera desenfrenada, y las naciones fueron á arrodillarse á los pies del patíbulo, poniéndose al cuello con su propia mano las cadenas de la noble esclavitud.
Semejante a Él, vosotros, guerreros cristianos, tuvisteis ánimo para escalar el Tabor de la gloria y ascender con el paso seguro al Calvario del sacrificio, y por eso venís aquí, porque el heroísmo ha ceñido vuestras frentes con la inmortalidad y os ha señalado como eterno modelo á las generaciones que pasarán por este suelo querido, mientras Chile sea Chile.
¡Adelante, héroes invictos! Entrad al lugar del descanso perpetuo, vosotros que jamás descansasteis en vuestra corta vida; cubiertos con cenizas sagradas, yacen vuestros despojos sangrientos, lejos de la Patria, allá en la villa de la Concepción, donde os concibió la gloria; pero en vuestro corazón os poseemos enteros, porque erais todo corazón.
¡Adelante! Venid a recibir el premio de vuestros esfuerzos, Ignacio Carrera, Julio Montt, Arturo Pérez, Luis Cruz; Chile os acompaña y la enseña que jamás dejasteis de seguir por los caminos del honor, el estandarte del Chacabuco, desgarrado por las balas, salpicado con sangre generosa, desteñido por los soles de mil tremendas jornadas, os precede en vuestra última ascensión.
¡Oh Señor Dios de los Ejércitos! Voy a hablar de mi Patria, representada en sus más nobles hijos, y vacilo; es el primero de mis amores, es mi sangre, es mi alma, es mi vida. Si me falta las palabras, si los labios no me obedecen, la presión del entusiasmo hará estallar mi pecho de patriota. Señor, tu purificaste con un carbón encendido los labios del profeta, purifica hoy los míos y enciéndelos con el fuego de la elocuencia, aunque después olvide el habla y enmudezca para siempre la voz de mi garganta.
Señores.
En Chile había paz, pero un día sonó en las alturas el grito de guerra y de repente cambió todo: fue como cuando en verano se nubla el cielo de improvisto; y antes que los hombres puedan presentirlo, se desgarra el rayo del seno de la tormenta. El honor y la integridad de la Patria estaban en peligro.
Entonces un trueno salvaje de espantoso fragor retumbó de un extremo á otro de Chile, y el grito de guerra adquiriendo nuevo vigor con la distancia, fue á repercutir en los rincones más apartados, descendió á los valles más profundos, penetró en las cavernas, despertó los ecos envejecidos, trepó a las más altas montañas y fundió la nieve de los picachos, donde anida el cóndor. En las selvas araucanas, un viento cálido arrancó extraños sonidos de los árboles seculares, y revivió la época de Caupolicán y Lautaro; en los lagos del Sur, hirvió la sangre de las leyendas antiguas; y en los campos de Maipú, durante la noche, las osamentas de los héroes despidieron resplandores siniestros. Y de la obscuridad de las minas subieron á las superficies de la tierra, abandonando sus tesoros, los hombres de brazos de fierro, para acudir al llamamiento de la Patria; lo oyeron los labradores y desuncieron los bueyes y arrumbaron sus arados, sacudieron el polvo de sus faenas para cargar el fusil; de las chozas salieron los indígenas, de los palacios los ricos, de la inacción los perezosos, las madres vistieron a sus hijos con los vestidos de fiesta, los besaron en la frente y señalándoles el camino del deber, les dijeron con voz humedecida en llanto: “Venced o morid”, y los viejos héroes de corazón, se levantaron con paso vacilante á descolgar el sable enmohecido con las sangres de Chacabuco, para entregarlo á sus hijos, y vieron tomar forma reales en los confines de la Patria á los sueños de gloria con que había florecido el Invierno de su vejez.
¡Ah, Señores! Chile es un país de rocas duras y frías, pero se estremece violentamente cuando en su seno hierve la lava de los volcanes. El chileno es también duro y frío como la piedra de sus montañas, pero lleva dentro del pecho un volcán, el volcán del patriotismo y ¡Ay del enemigo cuando ese volcán entra en erupción!.
Las oficinas de enganchamiento se ven asediadas por una turba siempre creciente de hombres que pertenecen á todas las condiciones sociales y á todas las edades de la vida; hasta los niños, sedientos de gloria, huyen de sus casas y piden un puesto en las filas. Ya la oficialidad está completa y se cierran las puertas á los nuevos pretendientes. Pero un joven, hijo de los antiguos próceres, no puede resignarse a quedar en un descanso forzado, mientras tantos otros van al peligro; se cubre con el humilde traje de los hijos del pueblo, adopta su manera de hablar y va á sentar plaza de soldado. Tal vez se duda de su origen y le hacen escribir. Él quiere llevar hasta el fin la mentira sublime y procura fingir la letra. Todo es inútil: los jefes conocieron á Ignacio Carrera Pinto y lo rechazan. “Un Carrera –le dicen- no puede ser soldado raso”. ¡Oh injusta bondad! ¿Por qué le rechazáis? ¿Pues qué? Es más que un Carrera, es un chileno; y al chileno, con tal de ser héroe, lo mismo le da ceñirse la espada del oficial que terciarse el fusil de soldado.
Más ¿Quién puede doblegar una voluntad firme y tenaz? Carrera llega á las filas y con él llega también Montt y Pérez. Un niño de 16 años, Luis Cruz, sigue sus pasos con la alegría del que se prepara para asistir á una fiesta. ¡Qué pretendes, niño insensato! Tienes necesidad de las caricias de tu madre, y desafías las inclemencias de la guerra. Tus miembros son débiles, tu corazón es tímido, las fatigas te postrarán y el ronquido de los cañones te llenará de espanto ¡Pero nó! Ese niño es de la raza de los leones que rugen en las cordilleras de Curicó, tiene la insensatez de los héroes; mañana le veréis en la villa de la Concepción.
Ha comenzado la era fabulosa. Los chilenos, más veloces que las águilas, más fuertes que los leones, se ponen en marcha hacia el Norte; unidos como si fueran un solo hombre, buscando impacientes al enemigo para probarle que recuerden las hazañas que hicieron los antepasados, cuando fue su hora y que están dispuestos á adquirir una gloria y un nombre inmortal.
Se pelea por mar y tierra. En Iquique la Independencia reniega de su nombre arriando la bandera, y la Esmeralda se hunde bajo el peso de la gloria, al mismo tiempo que Prat va á colgar la estrella de Chile en el firmamento de la inmortalidad, en Angamos, nuestros marinos encadenan al coloso de la armada peruana y se llevan a besar humildemente los pies de la Reina del Pacífico.
Pisagua y Dolores les dan el dominio de Tarapacá; Tacna les recibe como se debe recibir á los héroes: con el fuego de todos los cañones y con el obstáculo de las trincheras; pero los nuestros, aunque desechos por las fatigas de la marcha, desalojan á los enemigos del último reducto, se toman a Tacna y sin pérdida de tiempo van a elevar en el Morro de Arica la bandera tricolor. Así como en los moribundos, la vida rechazada de todos los miembros se reconcentra en el corazón y hace esfuerzos desesperados para no dejarse vencer en esta postrera lucha, que es la mas importante por ser la decisiva; así también nuestros contrarios llevaron á Lima, corazón del Perú, los restos de su ejército, le unieron todo el nervio de la guerra que aún había en las provincias y aseguraron el territorio con doble línea de fortificaciones. A pesar de todo, el bizarro ejército chileno siguió avanzando impávido, sin que le detuvieran las inmejorables posiciones de los contrarios, ni las trincheras, ni las minas ni el fuego terrible de la artillería, que diezmaba sus filas; venció al enemigo en Chorrillos, le deshizo en Miraflores, y el 17 de Enero de 1881 los heraldos anunciaron al Perú desde las más altas torres de Lima que la ciudad de los Virreyes estaba bajo las garras del cóndor.
¡Salve, luchadores invictos! Habéis grabado en la historia el nombre de Chile con caracteres que ni el tiempo, ni las más grandes hazañas nunca podrán borrar. ¡Salve, gloria a la Patria! Habéis dado tanto lustre á la bandera tricolor, la habéis adornado con tantos trofeos, que las nuevas generaciones, antes de empuñarla habían de comprometerse á llevarla a la victoria ó morir estrechándola sobre su corazón. ¡Oh Iquique! ¡Portento sobrehumano de inenarrable heroísmo! ¿Cuál de los paladines que engendra la fábula pudo anunciarte? ¿Qué nombre del mundo antiguo o del mundo moderno será capaz de igualarte, por más puro, por más noble que sea? ¡Oh, sí; yo veo aparecer á tu hermana gemela; se llama Concepción! ¡De hoy en adelante no quedarás sola en la historia!
La llama de la emulación afiebra al Ejército, que no puede resignarse á ser menos que la Armada. Nó; cuando se trata de servir a la Patria, no cederá la palma a nadie. Rápido y destructor como un ciclón, ha subido del sur el Chacabuco, formado por Toro Herrera, á quien el patriotismo, por un milagro inexplicable, ha hecho en un instante viejo militar, táctico profundo y héroe invencible. Su cuerpo lo componen gallardos jóvenes que con la sonrisa en los labios han cambiado las comodidades del hogar por las fatigas de la guerra.
A él le ha discernido el honor supremo el Dios de las batallas: setenta y siete de sus hombres -¿Y para qué más, si ellos solos pueden dar bastante gloria a Chile?- setenta y siete, digo, van á cubrir la guarnición allá lejos, muy lejos, en las alturas de la sierra, en la villa de la Concepción.
Ellos son la cuarta Compañía del batallón intrépido que recorre las montañas persiguiendo al enemigo. Los tres mil habitantes de la villa soportan la humillación de su presencia; mas esperan el momento oportuno para vengarse. Y esa ocasión largamente deseada llega a su fin. En el día como hoy, 9 de Julio de 1882, a las 3 de la tarde, las alturas que dominan á la ciudad comenzaron a llenarse rápidamente de enemigos, cuyas intenciones no podían ser dudosas. Algunos momentos después comenzó el fuego de fusilería.
Los chilenos se replegaron entonces á su cuartel para esperar reunidos a las fuerzas contrarias. La desproporción era evidente: un puñado de valientes, algunos de ellos enfermos, contra millares de hombres, uno contra cientos; los compañeros estaban lejos y no había un caballo para mandar un aviso; las municiones eran escasas; la ciudad estaba contra ellos; no quedaba, pues, ni la más remota esperanza de éxito.
¿Qué hacer? Los enemigos que ya entraban á la ciudad disparando sus armas, no creyeron ni por un instante que se les haría resistencia, les perecía absurdo que en aquellas circunstancias fuera posible vacilar. Y vacilación no hubo, señores. Aquellos cuatro jefes: Carrera, Montt, Pérez y Cruz, aquellos setenta y tres soldados conocían la eterna consigna del ejército chileno; antes de ir al cuartel la habían oído de la boca de sus madres; durante la campaña la habían visto cumplir siempre, y si no la hubieran conocido, la habrían inventado ellos en aquel instante, porque eran chilenos y el chileno no se rinde jamás: vence o muere.
Poco tiempo antes, Carrera, gloriosamente herido en Chorrillos, había venido a Chile; y cuando llegó la hora de la despedida, el más pequeño de sus sobrinos le dijo con la serenidad de un hombre: “Tío, no se rinda nunca; mejor es que lo maten”. ¡En aquel niño inexperto hablaba el espíritu de la Patria!.
Dispuestos a vender caras sus vidas, se dividen en cuatro grupos para defender las cuatro entradas de la plaza y reciben al enemigo con una descarga cerrada. Durante una hora larga se mantienen temerariamente en sus puestos sin retroceder un solo paso, sin perder un solo cartucho, haciendo claros enormes en la masa de los asaltantes. Si aquellos héroes tuvieran suficientes municiones, serían capaces de vencer; pero ya les van escaseando, y aprovechan un momento de indecisión y pánico en los peruanos para replegarse al cuartel en perfecto orden y conduciendo á sus heridos. En la ciudad se interpreta mal este movimiento, se cree que la retirada es la derrota y á medida que ven disminuir el peligro sienten aumentar su valor, unos suben á las azoteas ó aparecen en los balcones y otros llenan la plaza y se acercan al cuartel; pero luego cae un centenar de asaltantes y los demás huyen á parapetarse donde la muerte no esté tan cercana. A la cabeza de veinte soldados, Carrera sale á perseguirlos, una bala le inmoviliza el brazo izquierdo ¿qué importa? Con un brazo se puede manejar la espada.
La Concepcion, 9 y 10 de Julio de 1882

Pero ha llegado la noche, amiga de los cobardes. ¡Noche horrible y tenebrosa, que la maldición de Dios caiga sobre ti! A favor de las tinieblas los enemigos se acercan al cuartel, bañan con petróleo su techo de paja y lo incendian; el fuego se propaga rápidamente y va a cebarse en los heridos, que mueren en medio de atroces tormentos; los demás salen, lanzan un ¡Viva Chile! Y en honor a la Patria hacen la última salva con los últimos cartuchos, dejando en el suelo un montón de cadáveres enemigos. Mas ¡ay! También Carrera ha muerto con el pecho atravesado por una bala. “Rendíos, se les grita, rendíos; os dejaremos libres”. Es verdad, rendíos, ¿qué más quereis hacer? Ya sois héroes. ¡pretendéis acaso ser locos? Estáis reducidos á menos de la mitad, ¿puede el honor de la bandera exigiros que sigáis combatiendo?
¡Ah, nó! Sería un sacrificio inútil, que la Patria no necesita, porque ya tiene demasiadas glorias. Y ¿cómo seguir si ni siquiera armas tenéis?...
Sin embargo, ellos siguen, porque les queda la bayoneta, que en sus manos es arma terrible, y porque recordando lo que hicieron los padres cuando fue su hora, querían adquirir una gloria eterna y un nombre inmortal. Todos matan, hasta en el momento mismo en que mueren; al amanecer cae Montt, se levanta penosamente, deja fuera de combate á algunos enemigos más y cierra sus ojos para siempre: ¡tenía 18 años y ha emulado las glorias de 60 siglos! A las ocho cae Pérez traspasado por veinte lanzas; á las diez sólo queda Cruz y cuatro soldados. Se lanzan como fieras al último asalto y uno tras otro expiran acribillados de heridas.
Después de veinte horas de combate todos han muerto y luego el niño sublime yace en el suelo moribundo. “Ríndase, oficial”, le dicen mil veces; desean tener un prisionero, sólo uno, aunque sea espirante; pero el niño encuentra nueva vida en la indignación y aunque no tiene fuerza para levantarse, las tiene para dar el último golpe y muere al mismo tiempo que el peruano que más se le ha acercado.
Aprended, oh jóvenes, las enseñanzas de las generaciones pasadas, contagiaos con el heroísmo de estos corazones con el fuego de su amor, y, si mañana la Patria os llama á defenderla, no vaciléis un solo instante y dejadlo todo, familia, riquezas, comodidades, para tomar el fusil y con él lanzaros por el camino que han seguido nuestros guerreros. Sabed que hasta hoy no ha habido un solo chileno que no haya amado a su Patria. ¡Nó, ni puede haberlo! Y si encontráis en nuestra tierra a alguno que se dice enemigo de Chile, ó asegura que no lo ama, preguntadle dónde ha nacido, y si es chileno, no creáis en sus palabras, porque ó miente ó no sabe lo que dice.
¡Oh Señor, que amas a Chile y le has dado héroes y glorias, sigue derramando sobre él tus bendiciones con mano pródiga y no permitas que olvidemos los ejemplos de virtud y heroísmo que hoy conmemoramos, ni que se entibie en nuestros pechos el amor á la Patria y á la Religión de nuestros padres! Pero si en tus inescrutables juicios está decretado que un día recibamos el castigo merecido por nuestra faltas, te pedimos, como Rey David, caro á tu corazón, que sea tu mano la que nos hiera y no la de los hombres. No dejes que el enemigo profane nuestro suelo, ni que nuestra bandera sea manchada con el polvo de la derrota; aparta de nosotros tan penosa humillación: nos has dado cordilleras que imitan tu grandeza, caigan ellas sobre nosotros y sepúltennos con sus rocas; nos has dado un océano, que pregona tu omnipresencia, rompe sus cadenas para que sus ondas nos envuelvan y nos borren de la superficie de la tierra. Besaremos entonces con reconocimiento tu mano justiciera, porque en el mismo castigo ha resplandecido la misericordia y cantaremos tus glorias por los siglos de los siglos. Amén.”
Discurso pronunciado en el traslado de los corazones de los 4 oficiales del Chacabuco a su lugar de descanso perpetuo...la Catedral Metropolitana de Santiago.
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Huamachuco, 10 de Julio de 1883
Cáceres apuro su marcha y el 9 de Julio de 1883, aniversario del Combate de la Concepción, se encontraba frente a los chilenos en Huamachuco. Gorostiaga abandono la ciudad y se situó en las alturas que la dominaban por el norte. Su situación era bien precaria, ya que solo contaba con 1.736 hombres frente a los 3.500 de los peruanos.
La batalla se inicio al amanecer del día 10 de Julio de 1883, exactamente un año, día por día, desde el Combate de la Concepción. La bruma cubría el valle cuando los reconocimientos realizados por Gorostiaga se enfrentaban a las tropas peruanas.
Un furioso combate de fuego se inicio de inmediato y cargadas por superioridad numérica las compañías que se habían adelantado a la línea chilena comenzaron una lenta retirada “Eran las 10 de la mañana, el sol alumbraba con fuerza y los soldados jadeaban combatiendo. Los fusiles estaban calientes, mientras disparaban para contener a la avalancha de enemigos que los obligaba a replegarse hacia el cerro Sazón”. Gorostiaga oponía a cada Batallón peruano, una compañía tratando de detener su avance pero resulto imposible y a las 11 hrs la presión era tan fuerte que todo el dispositivo chileno tuvo que retirarse al abrigo de unas ruinas incaicas que salpicaban el terreno. En ese momento “las bandas de los batallones peruanos rompieron con su himno nacional, mientras los bombos de los guerrilleros atronaban el aire”. Las marchas militares acallaban el silbido de las balas: Era la Victoria del Perú……
Ufano de su triunfó, el Brujo de los Andes ordeno a su artillería bajar al Valle, a fin de que alargara su tiro y pudiera martillar mejor las posiciones chilenas antes de ordenar el asalto final.
Pero no había contado con que a los chilenos les quedaba el ultimo recurso…”CALACUERDA”, es decir el ataque al arma blanca de la caballería y de la infantería.
Gorostiaga ordenó al Ayudante Santiago Herrera partir a comunicar al Mayor Sofanor Parra, (conocido como el “inmortal”, por haber sobrevivido a todas las cargas de caballería de la Guerra desde Calama )que lanzara un doble ataque de cazadores, por ambos costados de la masa en combate, mientras se realizaría un ataque frontal de infantería con las bayonetas brillando al sol.
Gorostiaga se coloco al centro de la línea y ordeno al corneta “Toque cesar el fuego”. Un silencio impresionante se hizo en toda la línea, pero de inmediato volvió a ordenar “¡Corneta….CALACUERDA! El agudo sonido de la corneta hendió el aire y un grito enorme ¡VIVA CHILE! lleno la ladera del cerro y se perdió entre las quebradas vecinas, al mismo tiempo que mil demonios salidos de las ruinas incaicas que los abrigaban, saltando por sobre todos los obstáculos del terreno caían vociferantes en la línea peruana y en un momento la despedazaban con sus bayonetas, al mismo tiempo Sofanor Parra con sus Cazadores se arrojó colérica sobre el enemigo, al igual que el Estado Mayor a cuyo frente iba el Coronel Gorostiaga, seguido del Mayor Juan Francisco Merino, y el Comandante de los Cazadores Alberto Novoa.
Huamachuco, 10 de Julio de 1883

La violencia y el poder de esta carga fue devastadora, destrozando a los peruanos y destruyendo la línea de fuego, para alcanzar después los cañones, con lo que Cáceres perdía su artillería.
Los chilenos de infantería, en tanto, irrumpieron con tanta agresividad que arrasaron al enemigo provocando escenas de pánico y terror, que llevaron a muchos de ellos a soltar sus armas y arrancar despavoridos del lugar. Los más valerosos se mantuvieron hasta el último momento en sus puestos, pereciendo atravesados por el corvo, la bayoneta o el sable.
Cáceres atónito, casi sin darse cuenta de lo que ocurría, vio aventarse su ejercito ante el empuje irresistible de los chilenos y como Santa Cruz, 40 años antes en Yungay , trocase en derrota el saboreado triunfo. La ultima gran Batalla de la Guerra del Pacifico había concluido con la victoria total de las fuerzas chilenas. La estrella del Brujo de los Andes se había puesto para siempre en ese Campo de Batalla.
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Tras el Combate de la Concepcion, las fuerzas peruanas fueron consideras como "irregulares", o como dice hoy Bush "Combatientes enemigos" no como fuerzas regulares de un ejercito enemigo, por lo que los prisioneros capturados eran pasados por las armas, los oficiales fusilados y la tropa pasada a cuchillo o ahorcados para ahorrar tiros.
El fusilamiento mas famoso es el del Coronel Leoncio Prado, mandado a fusilar por "Haber faltado a su promesa de hombre y de soldado" (fue capturado en Tacna y dejado en Libertad en Lima, bajo promesa de no empuñat las armas contra Chile, cosa que no cumplio), a continucacion publicare el relato de dos fusilamientos, relatados por el Oficial chileno encargado por Gorostiaga, y un soldado del Regimiento Cazadores, encargado de ejecutar la orden.
Relato del Capitán Alejandro Binimelis
Los dos jefes tomados en el campo de batalla, Luna y Osma Cáceres, fueron fusilados en el mismo sitio después de un pequeño interrogatorio. Nos encontrábamos reunidos el coronel y muchos jefes y oficiales en las mismas posiciones enemigas, que estaban sembradas de cadáveres, cuando llegaron varios prisioneros que se habían tomado.
El coronel me ordena: Capitán Binimelis, tómele el nombre a esos prisioneros y me da cuenta.
Me dirijo a ellos y principio a tomarles sus nombres, grados, batallón que mandaban etc. El mayor Osma Cáceres, lleno de miedo me informa que mandaba una de las baterías; que si lo había hecho era por la fuerza, etc.; se mostró cobarde, a pesar de ser joven, de familia de militares y de su aire marcial y de soldado. Al dirigirme a Luna para interrogarlo, me dijo: Soy Miguel Emilio Luna, Coronel-comandante del batallón Jauja N°2, ahora prisionero de Uds. Y a su disposición. Luego, mirándome fijamente agrego: Yo le conozco a Ud., capitán Binimelis; no se acuerda de mí?
No señor, no me acuerdo Acuérdese cuando ustedes, los oficiales del regimiento Concepción, recién entraron a Lima se arrancharon en el restaurat Ecuador, donde comíamos también muchos de nosotros e hicimos amistad con usted, el mayor Saldes y con el capitán Ferro. No recuerda ud.?
Ahora, si señor, que recuerdo eso perfectamente, y siento encontrarme en estas circunstancias con usted. Le pido, capitán Binimelis, haga algo por su amigo ante el señor coronel. Haré cuanto pueda por mi parte, le conteste, dirigiéndome donde el coronel Gorostiaga, a quien le di cuenta de mi cometido y el nombre de los prisioneros.
El coronel me ordeno los trajera a su presencia; los interrogo sobre varios puntos y luego les dijo que iban a ser fusilados.
Oír esto el capitán Osma Cáceres y principiar a implorar perdón, arrodillarse y abrazarse a las piernas de Gorostiaga, pidiéndole no lo matara, haciéndole presente que lo habían engañado al tomar armas contra Chile, fue todo uno. En cambio, el coronel Luna, no imploro perdón; solo hablo para protestar que no eran montoneros y de que debían fusilarlos con todos los honores de guerra.
A una señal del coronel, se desprenden dos soldados del Cazadores montados y reciben orden de matarlos; avanzan donde se encuentran, los toman por la espalda y los sacan hacia un zanjon que estaba cerca, les dan un caballazo y al caer de bruces les disparan sus carabinas, matándolos después de varios tiros. Así murieron estos desgraciados que en varios combates habían expuesto sus vidas por la patria. Luna sucumbió como un valiente, Osma Cáceres como un cobarde. Por mucho tiempo me acompaño la impresión que me dejo en el alma la muerte tan ignominiosa de este amigo y valiente peruano.
Relato del soldado Luis Ibarra (Escuadrón Cazadores a Caballo)
El coronel Luna murió bien; era alentado el cholo; y no tenía cara de tal porque era hombre blanco, de buena presencia y de buena edad. A los niños les repartió antes de morir todas sus prendas; les dio el reloj, la ropa y las botas; y en seguida se le puso de rodillas y se le fusilo. Antes de morir dijo:
“Si ya esta la orden dada fucílenme pronto”
Enseguida se le puso de rodillas y por la espalda le pegamos dos tiros. No ocurrió lo mismo con el otro cholito, con un mayor de artillería, un tal Osama Cáceres, que decía a los niños que no lo mataran porque era sobrino del general y eso no le sirvió sino para peor, porque el parentesco no era muy bueno que digamos, porque este fue bien vilote, se porto cobarde para morir. Reclamo mucho. El hombre se desespero: “A mi me traen engañado” decía, y cuando lo sacamos para el bajito se agarro de las piernas de uno de los niños y un soldado le pego un pescozón entonces, y por mas que pedía perdón a gritos, llorando, fue necesario tirarlo al suelo, a un lado y ahí le ajustaron el cuarenta.
Este mayor cholo fue bien cobarde para morir.
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TELEGRAMAS
(Despacho oficial recibido de Lima el 18 de Julio, a las 1.10 P.M.)
Señor Presidente:
Con fecha 10, desde las alturas de Huamachuco, el coronel Gorostiaga me dice lo siguiente:
“Después de dos días de cañoneo y fusilería, hoy libro la batalla la división de mi mando con las fuerzas unidas de Cáceres y Recabarren, Elías y demás caudillos, obteniéndose un triunfo completo.
El enemigo en completa dispersión; toda la artillería en nuestro poder, parque, armamento en gran cantidad.
Detalles Irán tan pronto como me lo permitan las dimensiones de la victoria”
El Chile llegara mañana trayendo pormenores. Por ahora me limito a pedir a V.E. la efectividad de coronel a favor de Gorostiaga, como un acto de estricta justicia.
Dios guarde a US.
Lynch
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(Despacho recibido de Lima el 21 de Julio , a las 3.30 P.M.)
Señor Presidente:
Mayor Merino, Ayudante del coronel Gorostiaga, que viene en el vapor del norte desde Huacho, me dice lo siguiente:
“El combate de Huamachuco se llevo a cabo entre 1.600 hombres nuestros contra mas de 4.000 enemigos.
Muertos por parte de ellos de 800 a 1.000 y muchos heridos.
Por parte nuestra 56 muertos, 83 heridos y 21 contusos. Entre las bajas solo hay 4 oficiales heridos.
Once piezas de artillería tomadas; todo el parque, 800 rifles y un estandarte.
Muertos de los jefes enemigos coronel Leoncio Prado y Manuel Antonio Prado, General Silva y don Jesús Elías, coroneles Luna, Secada y Toledo y otros cuyo nombre se le escapan.
Heridos Cáceres y Recabarren. Dispersión completa del enemigo.
división Gorostiaga queda en Cajabamba”
Lynch
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(Despacho recibido de Lima a las 3 P.M. del 25 de Julio)
Señor Presidente:
Parte y Carta de Gorostiaga van por vapor de hoy.
Cáceres completamente perdido. Sus tenientes están llegando a las poblaciones de la costa.
No encuentro mas que extractar de los partes, a no ser que V.E. desee que remita parte integro por el cable, lo que seria muy largo.
Lynch
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(Despacho recibido de Lima el 26 de Julio)
Señor Ministro de Guerra:
Hablo con un joven Velarde, ayudante de Cáceres, y me asegura que este escapo con solo dos ayudantes, pues a el le corto la caballería.
Los cuatro oficiales chilenos heridos, son todos del Concepción: dos capitanes, don Luis Dell’ Orto y don M.A. Otero; tenientes, señor Rioseco y don P. A. Mendoza.
Solo el ultimo es de alguna gravedad; tiene una pierna fracturada.
Lynch
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(Despacho recibido de Lima el 27 de Julio)
Excelentísimo Señor Presidente:
El primer día hubo un cañoneo desde las alturas, que duro pocas horas. Al día siguiente se empeño la batalla desde las 8 A.M. hasta la 1 P.M..
Se persiguió al enemigo hasta donde fue posible.
Ningún oficial chileno muerto, solo cuatro subalternos heridos sin novedad.
Recabarren herido levemente.
Los dos Prados, Silva, Tafur, hijo, muertos.
Enemigos dispersados en todas direcciones, principalmente hacia el Marañón.
Manuel Cáceres y muchos otros oficiales mas ocultos en Lima.
Pocos prisioneros en nuestro poder.
Iglesias en Cajamarca. Dicese que llegara mañana a Trujillo.
El partido Pierolista se pronuncio en Lima a favor de Iglesias.
El próximo domingo gran reunión popular en el teatro a favor de la paz.
Lynch
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(Despacho recibido de Lima el 27 de Julio de 1883)
Señor Presidente:
La autonomía de Ancashs, periódico de Cáceres que se publica en Huaraz, con fecha 20 dice:
“Aun no tenemos detalles exactos del sangriento combate de Huamachuco. Se calcula el numero de peruanos muertos en 900. Han muerto en el campo de batalla: General Silva, coroneles Borgoña, Astete, Antonio Prado, comandantes Soto, Benavides, Goizzueta, Aragonés, Zavala, Vila y Riesco, y otros muchos cuyo nombre no recordamos.
Leoncio Prado, herido gravemente se suicido.
Recabarren herido en una pierna.
Cuatro comandantes generales de división murieron.
Elías, jefe superior del norte, cayo prisionero.
El botín de guerra debe ser considerable.”
Como Elías no esta prisionero, lo mas probable es que ha muerto, según lo anuncia el Jefe del Estado Mayor de Gorostiaga.
Lynch
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(Despacho oficial recibido de Lima el 28 de Julio, a las 3.15 P.M.)
Señor Presidente:
Comandante Gaona, de Casma me dice que un comerciante francés llegado de Huaraz había conversado el 18 con Cáceres, que huía con solo tres ayudantes y que Recabarren había muerto en Pomobamba después de la amputación de una pierna.
Mañana llegara vapor del norte, podré comunicar pormenores.
Lynch
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Es por esto que esta gloriosa fecha 10 de Julio, es recordada en Chile, como "El Dia del Juramento a la Bandera", y donde se recuerda con mas fuerza la vieja ordenanza militar que dice "EL MILITAR QUE TUVIERA ORDEN ABSOLUTA DE MANTENER SU PUESTO, A TODA COSTA ASÍ LO HARÁ"