LA HABANA, 10 de agosto de 1898Tras partir una vez más de Santiago de Cuba en compañía del vapor Itálica, el contralmirante Manterola había llegado a La Habana, para emprender una nueva campaña. Atrás habían quedado los dos cruceros protegidos que, pese a su modernidad, estaban demostrando ser tremendamente inadecuados para navegar.
Debido a esto, en días posteriores, ambos cruceros protegidos serían desplegados como baterías flotantes en Guantánamo, tras concentrar toda su artillería en una de sus bandas. Allí les serían desmontados todos los equipos innecesarios, incluyendo varias de sus calderas. Sirviendo desde ese momento como protección de los trabajos que, se empezaron a realizar para recuperar el acorazado Texas, y el crucero protegido Marblehead, hundidos en esa bahía.
Una vez en La Habana, el contralmirante Manterola y el general Weyler se reunieron con el capitán de navío Bustamante, quien tan brillante labor realizase con sus medios sutiles en la defensa de los puertos cubanos, y con el vigoroso general Arolas. La estación de huracanes se aproximaba, y cuando esta llegase los buques españoles debían regresar a España para mantenimiento. Debían aumentar la presión sobre las fuerzas enemigas, aun a costa de asumir alguna perdida.
-La economía enemiga, es la clave. –Estaba diciendo el Tte. General Valeriano Weyler. –
Debemos olvidarnos de hacer la guerra a su ejército y atacar su economía, solo entonces tendremos una oportunidad, caballeros.
-Así es general Weyler. –Refrendo el contralmirante Manterola.
–Eso es lo que la marina ha hecho hasta ahora, pero la Escuadra de Reserva ya habrá emprendido el camino de regreso a España. Así que únicamente nos resta la Escuadra de Instrucción y las unidades sutiles de Cuba para hacer la guerra a su economía.
Además, los objetivos puramente navales ya escasean. Donde podemos hacer daño de verdad es en tierra.
-Por eso quería proponerles un objetivo conjunto. Permítanme presentarles a una persona. –Dijo el general Weyler, invitando a pasar a un capitán de Voluntarios de unos 40 años, 1,67 metros, cabello pelirrojo y un pecoso rostro tostado por el sol.
–Les presento al capitán D Lucas Mestre, voluntario catalán afincado en la isla que, ha financiado de su propio bolsillo una compañía de voluntarios. Antes de la guerra era comerciante con el continente y es un gran conocedor de la zona.
Bien capitán, háblenos de la economía norteamericana, y muéstrenos las posibilidades que, comentamos unas semanas atrás. –Mostrando un mapa del Caribe y otro de los EEUU.
-Sí, mi general, con su permiso. –Respondió Mestre, y dirigiéndose a sus interlocutores.
–Caballeros, me gustaría llamar su atención sobre este mapa de los EEUU. –Dijo mientras cogía un puntero y trazaba una larga línea que atravesaba el país de norte a sur.
-Este es el río Misisipi, y estos de aquí, sus afluentes más importantes, Ohio, Misuri, y Arkansas. Estos ríos, vertebran el comercio enemigo más que el propio Ferrocarril, pues a través suyo, se comercializan cientos de miles de toneladas de alimentos y manufacturas. Grano y carnes de los estados del medio este, manufacturas de los industrializados estados norteños, y algodón y textiles de los estados del sur.
Si logramos cortar esa vía de comunicación, arrasando el tráfico fluvial y dinamitando los puentes y transbordadores que, atraviesan el río, en unas semanas los alimentos empezaran a escasear en el poblado norte. Estamos en época de cosecha de trigo, y el río, navegable para embarcaciones de hasta 2.5 metros de calado, estará a reventar de gabarras de grano a partir de la segunda mitad de septiembre, más o menos. El momento ideal para atacar sería entonces.
-De acuerdo, caballeros. –Intervino el general Weyler.
–Entrar en el Misisipi debería ser factible pues sus defensas son extremadamente débiles. En la entrada del río, tan solo disponen de dos cañones modernos entre Fort Jackson y Fort St Philip. En Nueva Orleans, su único fuerte, Fort Pike, esta desactivado desde hace un lustro y, según parece, carece incluso de guarnición. Podemos entrar en el río, remontarlo, y arrasar su tráfico fluvial en una semana. Tardaran meses en recuperarse, si es que lo logran. A continuación, todos ellos pasaron a exponer las dificultades de la operación. Cualquier nave que remontase el río, podía darse por perdida en cuanto reaccionasen los norteamericanos, y lo harían. Posiblemente movilizarían a su ejército por medio del ferrocarril, cortando así la incursión en pocas horas. El largo río era muy serpenteante y obligaría a llevar una marcha extremadamente cautelosa.
Durante una larga tarde, se debatieron los pros y contras de dicha operación. De todas formas en esos momentos era casi irrealizable. La temporada de huracanes se aproximaba a marchas forzadas, quedando como mucho unos diez días de margen de acción. Solo al acabar esta, y siempre que, el ejército se implicase al máximo, podría tener alguna posibilidad.
Al amanecer, la Escuadra de Instrucción partía rumbo a la indefensa Tampa, la ciudad en la que se preparaban las fuerzas destinadas a la invasión, para bombardearla.
En la propia Habana, Bustamante supervisaba la descarga de, los torpedos fijos trasportados por el vapor Itálica. En próximas fechas, serían situados frente a destacados puertos norteamericanos para su bloqueo.
A todo hombre tarde o temprano le llega la muerte ¿Y cómo puede morir mejor un hombre que afrontando temibles opciones, defendiendo las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses?" T. M.