Carruaje! Aun no me sentía tan cascado como para necesitar uno. Pero si el rey lo había autorizado, no podía desairarlo dejando de tener uno. Ya debería sacar tiempo para diseñar uno.
Por lo pronto, de aquí al fin del invierno, debería hacer que el hospital se aprendiese a mover con la compañía de mosquetes como una sola unidad. Mientras los reclutas se empezaban a familiarizar con las armas de fuego, los sargentos también los instruían en la defensa y el ataque con la bayoneta, bueno estoque de breda. Y una cosa curiosa, al haber menos de diez arcabuceros y piqueros veteranos, fue relativamente fácil entrenar al resto a con la hasta ahora nueva combinación de arma blanca enastada en un arma de fuego.
Pero dos reclutas recibieron un entrenamiento especial: Fadrique y un rapaz que también tenía habilidades cinegéticas, aunque su comandante y yo suponíamos que de cazador furtivo, Pablo Segoviano, aprendieron a disparar las espingardas. Ambos tenían la paciencia y el ojo de cazadores, y Fadrique ya sabía utilizar armas de fuego con llave de mecha, rueda y miquelete, por lo que no le fue difícil al cabo de poco tiempo, acertar a un tablón a 300 pasos. Segoviano aunque le iba a la zaga, aprendía con rapidez.
Con Álvaro (ayudado por Fray Santiago, todo hay que decirlo) había estado revisando textos clásicos, Julio Cesar y Vegecio principalmente, y aunque deseábamos seguir el patrón romano para establecer un campo fortificado, los números claramente eran insuficientes: una compañía no es una legión.
- No, Francisco, no puedo poner a todos los hombres a cavar, necesitarían 3 o 4 días para hacer el foso y la empalizada, trabajando 12, 15 o 16 horas diarias.
- Tenéis razón, Álvaro. Pero yo había pensado en otra cosa.
- Decidme, os escucho.
- Vos recordáis las guerras de Bohemia contra el hereje Juan Huss?
- El Emperador demoró más de 20 años en domeñar la rebelión de esos malos cristianos.
- Pero sabéis como los herejes derrotaron muchas veces a las huestes del Emperador?
- Lo ignoro.
- Utilizando carros encadenados entre sí, haciendo una fortaleza improvisada, que llamaban wagonburg, en su lengua “villa de carros”.
- Y vos como sabéis eso?
- Porque los polacos se habían aliado con los herejes contra el Emperador! – Otra vez mas tuve que recurrir a una mentira piadosa – y allí aún se hablan de las victorias husitas como victorias polacas.
- Cuantos carros se necesitaran para hacer uno de esos wagonburg?
- Uno que rodee al hospital, por lo menos el triple de carros que hemos encargado.
- Y que haréis?
- Supongo que tendré que encargar el doble de carros y sacar la diferencia de mi bolsa! Y ya nos imaginaremos la forma de tapar los huecos, porque tampoco tenemos mucha gente para cuidar tantos carromatos.
- Ea!, si todos los ricos de este reino fuesen como vos…
- No, Álvaro. Todos los ricos de las Españas deberán hacer que sus fortunas crezcan, si es que quieren que sus privilegios se mantengan. Los tiempos que vienen serán duros, y el reino ya tiene enemigos hasta debajo de las piedras.
- Dios nos coja confesados si todos nuestros enemigos atacan a la vez.
- Mejor que nos coja preparados, Álvaro, y bien preparados, porque no nos darán cuartel.
A principios de Diciembre, con el frio de la meseta castellana calándonos hasta los huesos, hicimos el primer ejercicio: decidí que era hora que el hospital hiciese su primera salida. Dos leguas hasta el castillo de Aulencia, con toda la impedimenta, excepto los medicamentos que se quedaron bajo llave en nuestra botica. La noche anterior estuvimos cargando los carros, revisando las tiendas, contando los víveres. A las siete de la mañana, apenas clareando, salimos de la villa y enrumbamos hacia el norte. El viaje se hacía con una lentitud dolorosa. Cuando fue mediodía, nos dimos cuenta que teníamos alimentos y cacharros, pero no teníamos cocineros, por lo que debimos improvisar una sopa, que demoro dos horas en hacerse. Quienes caminaban pasaron menos frio que los que iban en los pescantes de los carros, o quienes íbamos a lomo de cabalgadura. No llegamos hasta las ocho de la tarde a la aldehuela de Villafranca del Castillo. Allí nos esperaban Álvaro, su alférez y sus sargentos.
- Habéis demorado! Os esperábamos para las 5.
- Ha sido nuestra primera marcha. Nos falta organización en las paradas. Vosotros como estáis en eso?
- Algo mejor: Los hombres ya saben montar un campamento en media hora. He encomendado a Fadrique para que vaya a la vanguardia, con un grupo de exploradores para que escoja el lugar de acampada, siguiendo siempre las indicaciones de Cesar: fácilmente defendible y con agua a disposición.
- Vuestros hombres pueden hacer el trayecto en 4 o 5 horas, pero para los carros 2 leguas es excesivo. La marcha diaria no deberá exceder las 10 millas.
- Venid, debemos de preparar la primera salida del hospital y de la compañía que lo defiende.
- Dejadme que vea como montan el campamento, vos sabéis que el ojo del amo engorada al caballo –dije con una sonrisa cansada- es primera vez que montan el hospital de campaña.
Para que lo dije! Ya era de noche y aún no habían terminado de montar todas las tiendas! Ni habían tenido otra comida caliente. Al menos, siguiendo la disposición del hospital romano de Neuss, teníamos un cierto orden, con un triaje (“selección de heridos”) adelante, dos amplios pasadizos con tópicos de cirugía menor rodeando la central de instrumentos y esterilización, la botica y la administración, para terminar con 4 quirófanos al fondo. Externamente a los tópicos estaban las tiendas de los enfermos y convalecientes. Lejos, a lado de nuestras tiendas, estaba la cocina. Todos se habían aprendido de memoria la distribución, y al menos ya sabían dónde iban las cosas. Pero que verdes estaban haciéndolo!
Al día siguiente, desmontar las tiendas y regresar. Esta vez teníamos preparadas viandas frías, y no nos paramos a almorzar. Pero la cocina del hospital era un problema al que tenía que solucionar, pues es sabido que un ejército anda por el estómago de sus soldados, eso era aplicable tanto para un tercio, una compañía o un hospital de campaña.
A la semana siguiente repetimos el ejercicio, y aunque nos dimos cuenta que la velocidad de marcha no iba a mejorar substancialmente, el tener viandas calientes ayudaba, así que una de las cocinas de fogón cerrado de Pedro puesta sobre un carro se convirtió en la primera cocina de campaña rodante de la historia. Salimos a las siete, pero llegamos al castillo de Aulencia poco antes de las seis. Y llegamos con la panza llena. En eso contribuyo el que ahora el hospital ya tenía un cocinero a tiempo completo: Blas Alarcón, cocinero que el incendio de la calle de los Tudescos dejo desempleado y que había estado dando tumbos de taberna en taberna hasta que lo enganché junto a tres pinchos de cocina, para que sirviese con nosotros. Montamos las tiendas en menos tiempo y la gente estaba animada al ver que habían progresos. En la noche, cenamos una sopa caliente y pan.
Al día siguiente, con el hospital armado, Álvaro decidió probar a sus hombres. Los hizo formar y dio varias órdenes que se cumplieron bien, los sargentos habían hecho bien su trabajo y los reclutas sabían adoptar diferentes formaciones. Pero cualquier formación se deshizo cuando fue menester pasar de un frente al otro a través del hospital. La compañía hasta ahora había entrenado como un todo, pero se hacía imperativo que se dividiese en tres secciones para que pudiese ser más manejable. Luego de terminar el ejercicio con varias asignaciones en suspenso, fuimos todos a misa de doce y el sermón de Fray Santiago más que uno tranquilo propio de un segundo domingo de adviento, fue una fervorosa alocución para que todos empleemos bien nuestro tiempo, pues aunque San Pedro dijese que en el tiempo del Señor un mil años era como un día, en el tiempo de los hombre cada jornada cuenta, y día que no se emplease en aprender o entrenar, era un día perdido. Y tanto compañía como hospital nos sentimos aludidos, que persuasivo había resultado el curita nipón!
Terminamos la tarde saneando la boca de todos los miembros de la compañía. Diente con caries grande, era un diente que iba a doler o abscesarse en campaña, así que afuera! En estos momentos, todos los cuasi cirujanos militares ya habían hecho varias decenas de extracciones, pero indudablemente quien más se destacaba era Martinico, que además tenía como bagaje ser mi ayudante y ahora mano derecha en mi gabinete. En la mañana del lunes levantamos el campamento, pero lejos de regresar a Madrid, el resto de la mañana y toda la tarde, observaron la instrucción militar que daban a los mosqueteros que más adelante los habrían de proteger.
Al día siguiente, antes del alba, Fadrique y dos más, salieron del castillo, luego de desayunar, todos, hospital y compañía, nos pusimos en marcha, con carros, mulas y caballos, una pequeña multitud, pues nunca habíamos entrenado juntos. El orden de marcha ya lo habíamos planificado con Álvaro y era estricto: primero con varias horas de anticipación saldría el grupo de exploradores (Fadrique, Segoviano y dos reclutas que habían sido baqueanos con los muleros) a escoger el lugar del campamento. Después salen los 20 hombres que conforman la vanguardia y el grupo de mando: Álvaro y yo, la bandera (Oh! Aún no teníamos bandera!) con el alferez, el pífano y el tambor, el tesorero. Media hora después, sale el grueso del hospital con carros y mulas, y flanqueándolos, el grueso de la compañía, dos secciones a ambos lados, formando sendas columnas de marcha; una hora después, sale la impedimenta de la compañía con menos carros, pero más mulas; finalmente la retaguardia, de 20 hombres cerrando una formación que serpenteaba varias millas por la campiña castellana.
A las cuatro horas habíamos llegado al lugar escogido por Fadrique: el muchacho se aplicaba pues tenía las características de lo que le habíamos pedido: a legua y media del castillo, no muy lejos del camino, plano, con agua y que no arruinase terrenos cultivados para evitar problemas con la nobleza local. Un problema que detectamos enseguida es que un cirujano debía ir en el grupo de vanguardia: ni bien se llegase al lugar de acampada se tenía que trazar la ubicación del hospital y recién después, los alojamientos y la colocación de los carros para formar el perímetro defensivo, de otra forma se forma el pandemonio que se formó ahora: por dos horas nadie supo dónde que hacer.
Luego de cinco horas, más o menos se tuvo el hospital y el campamento montado y se procedió a ubicar los carros haciendo el muro defensivo. Efectivamente, necesitaríamos más carros, pero la idea era adecuada. Con tablones de madera podríamos cerrar los espacios faltantes. Condenados hussitas, Condenado Jan Zizka!, sus wagonburgs fueron una idea defensiva adelantada a su tiempo!
Recién a las tres de la tarde estuvo montado el campo. Estábamos un poco apretados, y con un caos previsible cuando los heridos entrando y saliendo, nos dimos cuenta que deberíamos tener no una sino dos entradas. Decidimos, pese al frio invernal, que pasaríamos la noche allí. La cena necesariamente tenía que ser consistente, pues para soportar las bajas temperaturas, debería ser hipercalórica, mucho tocino, grasas, grasas y más grasas! Al día siguiente, luego de comprobar que nadie se había congelado la noche anterior, desmontamos el campo, y después del desayuno emprendimos el regreso al castillo de Aulencia. Habíamos aprendido por el camino duro del ensayo y error, como establecer el hospital de campaña.
Ya en Madrid, Álvaro, José de Burgos, su alférez, sus sargentos, Fadrique, los profesores del hospital, fray Santiago, los dos Martines, Pablo, el alumno que todo lo registraba, y yo nos reunimos dos noches seguidas poniendo en claro lo bueno y lo malo de las ultimas marchas. Álvaro, como capitán de la compañía, habló que las “guerras simuladas” enseñan mucho y trocar sangre por sudor era un negocio bueno. Yo les recordé que en la guerra mientras más nos demoremos en levantar el campo, estaríamos más tiempo a merced de la caballería ligera enemiga, sean turcos, bereberes infieles o estradiotes a sueldo, y mientras más demorase el hospital en entrar en función, más cristianos morirían haciendo vanos nuestros esfuerzos. Sacamos en claro varias cosas, se planificó mucho mejor el orden de salida, el ancho de los pasadizos entre tiendas y pabellones, las posiciones defensivas, los turnos para comer y muchos detalles más.
- Don Álvaro, es menester tener una enseña para que los hombres sepan donde reunirse y a quien seguir.
- Si, José. Vos tenéis razón.
- Don Álvaro, las hermanas del convento de la Encarnación han ofrecido que harán vuestra bandera. Vos solo debéis de decir como la queréis.
- Dadle mis gracias, Fadrique. Pero no he pensado aun como ha de ser. Por obligación ha de llevar la Cruz de Borgoña de los Tercios del Rey.
- Debe ser un diseño sencillo, fácil de ver a la distancia, y de colores muy distinguibles – acote yo.
- Tenéis algo en vuestra mente, Don Francisco?
- Algo, pero os anticipo que las buenas hermanas ha de bordar 4 escudos de la reina!
- Y los colores serán chillones, para que se vean a leguas de distancia!
- Decís bien, Fadriqu,, porque justamente había pensado en los colores que advierten de la presencia de apestados!
- Y que colores tendrá el hospital? – Preguntó Martín.
- Una bandera sencilla y fácil de ubicar, que además nos saldrá muy barata porque se hará con los saldos de la Compañía de Santa Apolonia: La Cruz de Alfonso X con los colores invertidos!
- Una cruz roja!
- Vos mismo lo habéis dicho. Una cruz roja orlada! Deberá ondear no solo en el hospital, sino también en la tienda de cada cirujano de las compañías.
- Y como es la bandera de peste?
- Amarilla, con una cruz y una orla negras.
- Y cuantas de esas banderas será menester tener?
- He pensado una por barco, y otra para el hospital, por lo menos.
- Ah! Fadrique! Las hermanas del convento de la Encarnación han de tener mucho trabajo! – bromeó Álvaro con su protegido.
- A fe mía que no! Madre solo hablo de una bandera, la de la compañía… aunque si Don Francisco me da la receta del bizcocho que estamos comiendo con el chocolate, tal vez pueda interceder con las buenas monjas…
- Os ha gustado el pan de navidad?
- Nunca había comido uno así, solo los roscones. Pero este es mejor, mucho mejor! Donde aprendisteis a hacerlos?
- En Milán, pero ahora ya tiene detalles míos –mentí a medias, pues el pan de navidad no es otra cosa que el clásico panettone del norte de Italia – sobre todo cuando los hago rellenos. Si deseáis, quedaos en casa que Leonor hoy va hacer unos cuantos.
- Puedo quedarme yo también, Don Francisco? –tímidamente preguntó Pablo.
- Si vos lo deseáis así, podéis ver las faenas de mi cocina.
- Gracias, Don Francisco!
- Y no robéis todos los secretos!
- No, solo el del pan de navidad, Don Francisco!
El sábado hicimos el camino al castillo de Aulencia, y domingo antes del alba salimos, legua y media de camino en dirección a Toledo y levantar el campamento. Primero el hospital, luego las tiendas, las cocinas y la impedimenta, finalmente los carros cercando todo. Esta vez, las cosas fueron mejor. A las cuatro de la tarde estábamos instalados y comidos. Las últimas horas de la tarde las utilizamos para ver a los mosqueteros disparar, primero solos, luego por descargas, y finalmente entrenarse con las bredas. Fray Santiago hizo una misa vespertina, que fue casi un te deum. Como en casi todas las cosas, la práctica lima las aristas y aceita los ejes: en 10 marchas más, estaríamos listos.
Pero tenía varias cosas rondando en la cabeza. Para comenzar, si algo había sobrado de las cosechas, era el picante: el rocoto se había aclimatado bastante bien, pero pronto descubrí que no era del gusto castellano. Pese a que había hecho conservas y mermeladas, tenía mucho más de lo que jamás podría consumir. Así que decidí convertir todo el excedente de rocoto una suerte de gas lacrimógeno aislando la capsaicina. Sabía que si la paprika picaba como 1500, el rocoto picaba como 200 mil (aunque el chile habanero picaba aún mas), por lo que no era mal punto de partida.
El procedimiento era sencillo, aunque laborioso, por lo que tuve que llamar a una docena de aldeanas de Pozuelo para que aligerasen la labor. Primero había que eliminar todas las semillas (con la advertencia de no tocarse los ojos con las manos mientras estuviesen trabajando con los rocotos), abrir el rocoto y hacerle varios cortes para facilitar el secado. Luego se colocaban en bandejas y se secaban con el calor remanente del horno de pan de un día para otro. Luego de haber procesado varios cajones así, tenía algunos quintales de rocoto seco, muy picante, pero aun no era capsaicina.
Afortunadamente, los laboratorios de Pedro en Valencia, además de hipoclorito de sodio (lejía), jabones, ácidos (sulfúrico, clorhídrico, nítrico), formaldehido, agua oxigenada y tinturas yodadas, también estaba produciendo acetona, un solvente muy útil, y a Dios gracias, yo disponía de varias garrafas. Para hacer interesante la cosa, una porción seria tratada con acetona, pero para el resto utilizaría etanol, el siempre bien ponderado aguardiente de orujo! Una vez el rocoto seco estuvo molido (varias veces, hasta tener la consistencia de polvo) lo mezcle con la acetona, agitando vigorosamente por un cuarto de hora, luego se filtra por un cedazo y llevar a baño maría para evaporar la acetona y alcohol. El polvo resultante era capsaicina casi pura, útil para tanto para cremas que alivian el dolor muscular, como antimicrobiano, pero también lo que en el siglo XX seria conocido por manifestantes de múltiples latitudes como el gas pimienta.
Días antes de Navidad, las mujeres de servicio de la casa tuvieron un gesto enternecedor: Habiendo escuchado las conversaciones, por iniciativa propia hicieron un pabellón para el hospital, utilizando varios retazos de tela que tenía almacenados y que habían servido para hacer las primeras banderas de la ahora próspera Compañía de Santa Apolonia. No sin emoción, que me podía permitir por estar solo con Santiago Miki, agradecí la bandera, que era grande y correspondía exactamente a lo que tenía en mente:

La bandera del hospital coincidía con otro feliz arribo a mi casa: desde las fundiciones del norte llegaban las dos culebrinas de retrocarga encargadas a Ignacio. Cada una venía, no con una docena de recamaras, sino con quince adicionales. Ignacio había extendido los sellos de plomo en la unión de la recamara con el cañón, y además con buen tino, había agregado una cuña de plomo entre la culata y la recamara, además de reforzar toda la culebrina con 3 zunchos de hierro. Además, por la calidad del acabado del anima, podía ver que su barrenadora estaba funcionando bien! Tanto Álvaro como José de Burgos y los sargentos, ardían de curiosidad para ver cómo funcionaba el artilugio que el menor de los Martínez de Luna conocía desde que era un esbozo. En tanto, yo solo esperaba que no perdiese demasiados gases por la culata, ni que reventase a las primeras de cambio.
La cena la Navidad fue sencilla, y la pase sólo en casa, permitiendo que mi personal de servicio se reuniese y comiese con sus familias a sus anchas, dándoles un generoso regalo en metálico (sí, no soy tan tacaño como algunas malas voces dicen en la villa, pero detesto el despilfarro, y procuro sacarle utilidad a todo, hasta a las piedras). Ellos comieron un lechón que Leonor horneo durante toda la noche y que para ser sinceros estaba estupendo. Pero le pedí a mi cocinera que me hiciese el pato a la naranja (Oh! El Pato a la Naranja cuya receta me obsequió una querida colega de la Ciudad de los Caballeros de Santiago de Caracas!, su abuelo paso por los fogones del Palacio de Oriente y fue cocinero del dictador Pérez Jiménez) que le había enseñado a hacer, para utilizar las frutas que el huerto de la casa nos ofrecía en invierno. Leonor también hizo unas compotas de frutas secas y natillas y panettones que relleno de diversa manera (algunas de manera muy ingeniosa, todo hay que decirlo).
Después de fiestas, los padres de Eustaquio vinieron a casa trayendo banderas para el hospital que habían cosido las mujeres de Pozuelo. Buenas gentes! Aún estaban íntimamente persuadidas que lo que tenía su hijo era la influencia del Maligno y que Fray Santiago y yo nos enfrentamos no a la enfermedad sino al mismísimo diablo. Ya teníamos tres!
Esa misma tarde vino Fadrique con dos panettones horneados por las hermanas agustinas, merendamos uno con chocolate, pero reserve el otro para enviárselo “modificado” a su madre a manera de gracias. Por supuesto, el sobrino de la condesa de Paredes venía con chismes: apenas estuviese la bandera de la compañía lista, se la darían a la reina para que ella fuese quien entregase la enseña a Álvaro.
Esa noche, bastante fría por cierto, vacié el panettone (las monjitas replicaron bien las indicaciones que fielmente Pablo copio de Leonor), y lo rellene con una mousse de chocolate, y luego lo bañe con cobertura, igualmente de chocolate, y lo dejé reposar toda la noche expuesto al frio. Hice una esquela de agradecimiento, describiendo como hacer la espuma. Al día siguiente, Fadrique recogió el postre con el encargo de dárselo a su madre “solo para sus ojos, solo para su boca”.
Finalmente, la condesa de Paredes nos indicó que nos acercásemos al Alcázar para el día después de Reyes de 1632. Ese dia Alvaro, en elegante media armadura milanesa, con la espada de combate de acero colado que le obsequie al cinto, su alférez, con morrión emplumado, peto, espaldar y sus mejores galas, Fray Santiago de habito, y yo con mi mejor traje negro y mi espada colada, fuimos recibidos por Doña Isabel de Francia, Reina consorte de España y la depositaria de las llaves de la Casa de la Reina, la condesa de Paredes, nos entregaron la bandera bordada por la madre de Fadrique y sus compañeras de habito. En costoso tafetán bordado con hilos de oro, aparecían repetidas cuatro veces las armas de la Reina, para que inequívocamente estuviese indicada la procedencia de los dineros que permitieron la existencia de la compañía de mosquetes de la Reina y el Hospital.

La bandera fue recibida por Álvaro con solemnidad y luego de desplegarla para que todos pudiésemos apreciar sus brillantes colores, se la entregó a José de Burgos, mientras le oía decir con evidente satisfacción y orgullo “estamos listos!”.