No te dejes engañar por el tono de la fuente citada por septimo, es el lenguaje de la epoca, lo que Wood vio fue que las fuerzas chilenas no podian por lo exiguo de sus fuerzas, falta de todo y cansancio acumulado y otros elementos, detener a las fuerzas superiores en numero de el coronel Caceres, que subian con impetu la cuesta que lleva de la quebrada a la pampa, ya se habian instalado en ella y la exterminacion en esas condiciones de la infanteria chilena era solo cosa de tiempo ( poco), el ataque de caballeria lo que hace es primero separar a los combatientes de ambos bandos, obligar a los aliados (mayoritariamente peruanos) a formar cuadros y en tercero al terminar la carga avanzar con mas cautela y mas agrupados, factor que permitio la retirada ordenada de la infanteria chilena.
Creo que el forista Fulvio, se confunde un poco
Luego de la carga de los Granaderos, la Infanteria chilena cayo a la bayoneta sobre las tropas peruanas que no alcanzaron a formar cuadros.
Las fuerzas peruanas se dispersaron en todas direcciones. En ese momento las fuerzas chilenas se consideraron victoriosas, y se dedicaron a tomar agua, buscar comida y por sobre todo dormir (la mayoria de la tropa no dormia hacia 36 horas). Incluso se dice que Arteaga descuido su puesto, por estar mas preocupado de cocinar una cazuela.
Las tropas peruanas, reforzadas con la division recien llegada de Pachica, ejecuto exactamente el mismo plan de los chilenos de la mañana, unas fuerzas atacaban por la altura y las otras por el centro de la quebrada. El desconcierto en las filas chilenas fue total, la gran mayoria estaba durmiendo y con armas en pabellones, es en ese momento que es cortada la escolta del 2º y mueren Eleuterio Ramirez y muchos segundinos, ya que estos habian quedado "mas adentro" de la quebrada, es decir eran los mas proximos a las fuerzas peruanas.
En esta carga de los granaderos y despues de la infanteria, encontraraon la muerte varios jefes peruanos:
I sin esperar más Wood i Villagrán soldados de raza, que tenían gloriosas tradiciones que respetar, arengaron a sus valientes i veteranos Granaderos i, al grito de ¡Viva Chile! se lanzaron sobre las compactas masas de infantería contraria, resueltos a morir todos ántes que ser vencidos por aquellos hombres a quienes, en verdad, miraban con soberbio menosprecio.
I Granaderos a caballo, después de lanzar un unísono i sonoro ¡Viva Chile! seguido de un inmenso i prolongado chivateo, grito de guerra araucano, aprendido en las campañas del sur de Chile, i que repercutió como un agónico alarido de miedo, de muerte i esterminio en las filas peruanas, se lanzó ciego, furioso a escape, a galope tendido, sobre aquellos tercios que jamás imaginaron una audacia semejante.
Una nube de polvo, de humo, de fuego, ocultó durante breves instantes a nuestros jinetes que sable en mano i carabina en el arzón, atravesaron el campo i cayeron cual leones sobre las filas enemigas, que asustadas ante tamaña audacia, sin poder resistir aquel huracanado empuje, huyeron en el acto en el más completo desorden.
Más, nuestros jinetes, hábilmente, dirijidos por oficiales tan bravos como Eduardo Cox, Nicanor Vivanco, Pedro N. Hermosilla, Juan E. Valenzuela, Liborio Letelier, Ulises Barahona, Luis Villegas i José, Francisco Balbontín, que mandaban junto con Villagrán aquellos tercios, no dieron tregua a las desechas huestes contrarias, i multiplicando sus cargas persiguieron sin descanso a aquellas, poco ántes, victoriosas tropas.
Fué han recio i rápido aquel ataque i tan mal trecho quedó el real peruano que, su campo se cubrió en pocos instantes de numerosos muertos de heridos i de prisioneros.
Los granaderos, tan pronto rompieron las líneas peruanas, como, lo repetimos iniciaron sobre aquellos una lucha que podríamos denominar individual; i en la que lucieron la potencia de su brazo i de su sable los alféreces Letelier, Cox, Vivanco i Barahona, que sin tregua, ni descanso, persiguieron a la peruana tropa, hasta mucho más allá de su primera formación.
Rota la línea enemiga, perdida en la furia del asalto i del entrevero, la formación de nuestros jinetes, estos se repartieron por el campo en pequeños pelotones, mandados algunos por los bravos oficiales de aquella indómita hueste; i en otras, campeando individualmente por sus respetos, i sableando a sus anchas i sabor a aquellos infelices soldados que, en la arrancada, eran segados, cual madura mies, por los sables de aquellos centauros, que esta vez tomaban el desquite de la derrota, i afianzaban con su denuedo imponderable, la victoria de las cansadas huestes chilenas.
Los jefes i oficiales peruanos, no pudieron, por más que hicieron, mantener sus posiciones; la carga fué tan rápidamente ejecutada que el enemigo no tuvo tiempo de formar sus cuadros i hubo de recibir en órden disperso el furioso ataque de nuestra caballería.
Los comandantes dieron en esos momentos como en toda la jornada pruebas evidentes de su amor a la patria i a la bandera, i no pudiendo contener el desbande de sus veteranos tercios, prefirieron morir en su puesto, ántes de abandonar las ventajas alcanzadas por la superioridad numérica de sus tropas.
En ese entrevero famoso cayó muerto de un caballazo que le diera el granadero Juan Agustín Torres, el denodado coronel i primer jefe del Dos de Mayo, don Manuel Suárez, que perdió la vida alentando a los suyos que huían despavoridos en el más completo desbande.
I Junto con Suárez, rindieron su existencia i murieron a sable, el sarjento mayor Perlai, de la Columna de Tarapacá i numerosos oficiales, clases i soldados de ese cuerpo.
El coronel Ugarte, del Iquique Nº 1, recibía un feroz hachazo en la cabeza; i si escapaba de la muerte era debido únicamente al oportuno auxilio que le prestaran los suyos.
Al comandante Meléndez, de Navales, el sable de uno de aquellos centauros le abría el costado con cruel i horrorosa herida, siendo piadosamente socorrido poco después por cirujanos chi¬lenos.
El sarjento mayor, Escobar, del Ayacucho Nº 1 caía también para no levantarse jamás, en medio de aquel turbión de muerte i exterminio.
El coronel don Miguel de los Ríos, pundonoroso i brillante jefe, comandante de la 5ª División, que en los momentos de la carga ya estaba herido, fué recojido del campo por el cirujano de Granaderos, don Manuel García, con cinco gravísimas heridas de sable, falleciendo días más tarde en Antofagasta.
Lo repetirnos, Granaderos sembró la planicie de muertos i heridos; llevó el espanto i la derrota a las filas peruanas; i la carga jeneral que dió después nuestra infantería mandada por Arteaga, De Toro Herrera, Santa Cruz, Vidaurre, Benavides, Moscoso, Álamos i Wood, que en ese día fué un héroe, i por todos los capitanes i oficiales que aún quedaban en pie en Zapadores, Chacabuco i Artillería de Marina, completaron la desecha derrota del enemigo i el total desbande de sus tropas que huían en todas direcciones, pero especialmente en la de Pachica.
Episodios de la carga de Granaderos
Don Jorje Wood, ideó como buen soldado la carga de Granaderos i dejemos aquí constancia que el mayor Wood bizarramente se mantuvo al frente de los indómitos Granaderos: su coraje impetuoso lo reconocieron todos; i los que sobreviven hoi i escaparon entonces de la muerte, confesaron muchas veces que la salvación del Ejército del coronel Arteaga, fué debido a Wood que propuso i llevó acabo ese movimiento.
Cuentan i recuerdan todos, que al frente de aquella indómita hueste, cargó el alférez don Liborio Letelier, oriundo de Curepto, mozo de alientos, honrado cual crisol, lo mismo antaño que ogaño, que hoi sirve modesto puesto fiscal, porque es mui bueno i mui honrado.
Pues bien, al frente, en primera línea cargó el alférez Letelier, i narra él: “llegué el primero a las filas enemigas, pero, no por mi gusto, sino porque me fué imposible sujetar mi caballo, que duro de boca, se cargó i no obedeció al freno; por eso caí al medio de una mitad enemiga i conmigo mi tropa que me siguió sin que faltara uno solo, hachando, por cierto los niños, a su gusto i sin piedad”.
Que así disculpaba, Liborio Letelier, su propio valor i audacia, echando la culpa a su caballo, de su valor i denuedo, i también a sus soldados.
Otro que hachó bien, a su antojo, en aquel entrevero, fué el alférez Eduardo Cox, El ñato, como cariñosamente lo apodábamos todos sus compañeros de armas, i que era tan buen camarada, como diestrísimo i alentado jinete.
“Tinto, de sangre, señor exclamaba el sarjento don Santiago Valdevenito, he visto yo, con estos ojos los que se los ha de comer la tierra, los sables de mis alférez Vivanco, Barahona i Cox; i a mi capitán Villagrán, señor, si le salían como chispas de los ojos”.
Pero, nos olvidamos, sin querer, de Wood; i cabe recordar aquí una carta, de don Jorje, en la que él con su pintoresco lenguaje de soldado, cuenta como principió la carga, que tuviera la feliz intuición de proponer i de llevar a cabo.
I tan pronto Villagrán, Wood i don José Francisco Vergara, despejaron de enemigos la llanura, pequeñas quebradas i caminos que conducían al bajo, nuestra infantería como una avalancha i al trote, caló bayoneta i barrió con cuanto enemigo encontró a su paso.
Parece mentira, a las doce i media del día, cuando se iniciaba la carga de la caballería, las divisiones dueñas absolutas del campo; poco más de una hora después, no había en aquellos yermos un solo soldado peruano en actitud de defender su suelo i sus banderas.
Todos habían fugado, desaparecido.
Por todas partes se oían atronadores ¡Vivas a Chile! Victoria! Victoria!
Lo repetimos, el enemigo se hizo humo; huyó hácia el norte por las lomas i también por la quebrada: se fué a Pachica.
“A las dos de la tarde, dice don Miguel Moscoso, no se sentía un tiro ni en la loma, ni en el bajo.
Don José Francisco Vergara, da cuenta al Cuartel Jeneral Chileno de la situación del Ejército de Arteaga
A las dos de la tarde, pues, estábamos victoriosos; i así como el enemigo había volado, como moscas que barre furioso temporal, los nuestros se precipitaban a su vez al fondo de la quebrada en busca de agua, de comida i de reposo.
Ya nadie se acordó de los apuros de la mañana: todos querían descansar i dormir; i a fe que todos también tenían derecho a ello.
Hacía dos días que no comían, bebían ni dormían. Justo era que reposaran, pero también se imponía que Arteaga i su Cuartel Jeneral tomase las medidas del caso para arrullar i cuidar el sueño de aquellos sus soldados, que eran sufridos, patriotas i heroicos cual ningunos.
Ya veremos lo que al respecto se hizo
Nicanor Molinare, La Batalla de Tarapaca
Quisiéramos darnos la grata satisfacción de tributar igual homenaje justiciero á todos los demás jefes solidarios en la responsabilidad de los desaciertos de la campaña; pero no podríamos hacerlo sin faltar á la verdad y violentar nuestra conciencia.
Como resultado de la carga de los granaderos, éstos se estrecharon cuerpo á cuerpo con los infantes del enemigo, los cuales muy en breve se pusieron en desordenada fuga, ganándose á las laderas y á las hendiduras del terreno para escapar á los golpes de sable de aquellos atléticos jinetes.
Es inexacto que los peruanos formaran cuadros y rechazaran á los granaderos; éstos sólo regresaron al punto de partida, á rehacerse, cuando ya no podía ser de eficacia la persecución contra los dispersos soldados, que se habían guarecido en sitios desde dónde podían ofender sin ser alcanzados, y por allí seguían camino adelante en precipitada fuga hácia Pachica.
Tanto se había adelantado el mayor Wood conduciendo la carga, que al volver á las filas con su ayudante oficioso, el denodado y espiritual Salvador Smith, éste le hizo notar que nuestros propios soldados les hacían fuego, á lo que aquel observó que los equivocaban con los contrarios, por lo cual era prudente aligerar el paso para acercarse y disponer el avance de toda la línea, á fin de ocupar el terreno desalojado.
Fué decisiva la carga, y ella completó la victoria de nuestra parte, ahuyentando al enemigo triunfante hacía poco, que la nueva línea había rechazado de muy atrás.
Acompañó en la carga toda la escolta del coronel Arteaga y muchos valientes oficiales montados que seguian á Wood. Hubo mas de sesenta muertos y crecido número de heridos de parte del enemigo. Las piezas de artillería quitadas por Cáceres á Santa Cruz al principio de la acción, fueron entonces recuperadas, pero nada se hizo por ir á recogerlas, aun cuando se hizo indicación en ese sentido.
Bien convencido de que el enemigo se hallaba completamente vencido y en fuga, no oyéndose ya, ni cerca ni lejos, detonación alguna de arma de fuego, hizo Wood asegurar convenientemente un crecido número de prisioneros que se hallaban reunidos en diversas partidas, reuniéndolos en un solo grupo. En seguida, se fué en busca del coronel Arteaga para cumplimentarle por la brillante victoria alcanzada.
La Batalla de Tarapaca, Fernado Ibarra
La situación es para descorazonar al pecho mejor templado; pero ahí están Arteaga, Vergara, Santa Cruz, Vidaurre, Benavides, que recorren el frente bajo un chaparrón de balas, animan a la tropa no para vencer cosa imposible, sino para morir con los honores de soldado, dando vida por vida.
He aquí que surge el mayor Jorge Wood, el bayardo del día. Con bigote y pera napoleónica, semeja a esos afortunados generales del primer imperio.
Se acerca a Vergara y le dice:
¿Estamos perdidos? Parece que sí.
¿Intentemos el último medio?
¿Cuál?
Carguemos con la caballería y todos cuantos anden montados.
Magnífico, responde Vergara. Tome el consentimiento del jefe.
Wood va donde Arteaga, quien acepta y autoriza la carga.
Sigue con Vergara donde Villagrán y le da la orden.
Villagrán se dirige a sus granaderos y les dice: Muchachos, vamos a cargar y a salvar al ejército. Por mitades a la izquierda en columnas, march ¡Al trote! ¡A la carga! Los 116 jinetes caen sobre tres mil aguerridos infantes, ensoberbecidos por el próximo triunfo.
Jefes, oficiales y tropa desvainan los sables; los clarines tocan degüello; la tromba ruje con terrible chivateo; rompe la línea enemiga; y empieza el entrevero, el crugir de huesos y el rechinar de dientes, entre los juramentos de rabia y los alaridos del dolor. Vivanco, Hermosilla, Valenzuela, Letelier, Barahona, Villegas, Balbontín, oficiales de granaderos, dan el ejemplo batiéndose en primera fila.
Mientras cargan los jinetes, Arteaga hace tocar atención y ataque; los infantes se repliegan al centro, armando bayoneta; al toque de calacuerda, jefes y soldados se lazan al asalto. Los heridos olvidan el dolor y siguen el movimiento.
La batalla está ganada. El enemigo huye en todas direcciones.
El desbande es completo, 116 jinetes destrozan a 2.900 aguerridos infantes.
¡Viva Chile!
El general Buendía, al iniciarse la batalla, envía a uno de sus ayudantes, el mayor Coronado, a llamar a los coroneles Dávila y Herrera, que es encuentran en Pachica, con sus divisiones respectivas.
El coronel Suárez, ignorante de esta circunstancia, envía igual orden a medio día, con su ayudante, el capitán don Lorenzo Moralín.
Por fortuna para Arteaga y nuestros soldados, los señores Dávila y Herrera hacen lentamente la caminata. A medio camino de Pachica, se topan con la avalancha de derrotados, que por lomas y quebradas, buscan el camino de Arica. Hacen alto, para recojer a los dispersos, en lo que pierden bastante tiempo.
Si las divisiones de Pachica marchan con más rapidez, la expedición chilena habría sido irremediablemente exterminada.
A siete kilómetros de Quillahuasa, el general Buendía reúne un consejo de guerra en que toman parte además del General en jefe y jefe de Estado Mayor, los coroneles señores Andrés Avelino Cáceres, Francisco Bolognesi, Justo Pastor Dávila y Alejandro Herrera; y entre los tenientes coroneles dos futuros presidentes de república, los señores Roque Sáenz Peña, de la Argentina; y Remigio Morales Bermúdez, del Perú.
Después de una corta deliberación, resuelven volver a Tarapacá y dar una segunda batalla, con todos los efectivos disponibles.
Se acuerda que entren en combate las divisiones frescas Vanguardia y I, sirviendo de reserva las de Cáceres, Bedoya, Bolognesi y Ríos, cuyos dispersos se concentran en ese punto.
"Las Cuatro Campañas de La Guerra del Pacífico"
FRANCISCO A. MACHUCA Tomo I
saludos