Escape desde el führerbunker y la Masacre del Puente Weidendammer entre el 1 y 2 de Mayo de 1945

Los Ejércitos del mundo, sus unidades, campañas y batallas. Los aviones, tanques y buques. Churchill, Roosevelt, Hitler, Stalin y sus generales.
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Escape desde el führerbunker y la Masacre del Puente Weidendammer entre el 1 y 2 de Mayo de 1945

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Este es uno de los episodios de la Batalla de Berlín que más me llama la atención por su desarrollo rocambolesco, fue conocido popularmente gracias a la película "El Hundimiento" aunque la versión presentada se centra en Traudl Junge y eso tomándose muchas licencias, sobre todo no refleja la carnicería que provocó ese episodio.

Se sabe que después que Hitler se suicidó la tarde del 30 de abril de 1945 dejó atrás a millones de alemanes que sufrían las consecuencias de sus desastrosas decisiones, mientras se quemaban sus restos y los de Eva Braun en jardín de la cancilleria, no muy lejos, en las calles de Berlín, el llamado Sector Z (Zentrum o Centro), los últimos soldados alemanes, voluntarios extranjeros, los miembros de las juventudes hitlerianas y los ancianos del Volkssturm combatían inútilmente contra el ejército soviético bajo amenaza de ser colgados por las patrullas de los fanáticos nazis que todavía creían en la 'victoria final', para terminar de dibujar la tragedia los civiles berlineses trataban de escapar del fuego cruzado, padeciendo sed y hambre, saqueos y violencias de soldados soviéticos alcoholizados, mientras Berlín ardía en la relativa seguridad del führerbunker el grupo de los más fieles colaboradores de Hitler planeaba como eludir la inminente captura conscientes que las tropas soviéticas ya se encontraban a unos cientos de metros de la cancillería.

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El primero de mayo el efímero Canciller, Joseph Goebbels, rehuyendo la responsabilidad de rendir la capital del Reich para evitar mas muertos llegó a la conclusión que su única salida era seguir a Hitler en el suicidio junto con su esposa lo que incluyó asesinar a sus propios hijos, otros mandos siguieron ese ejemplo cómo el General Hans Krebs, General Wilhelm Burgdorf y Franz Schädle, lo que deja en claro que los sitiados tenían en la mente que si no era posible huir mejor era la muerte, todo antes que caer en manos de los soviéticos, lo cierto es que para el 1 de mayo de 1945 el tratar de eludir a los soviéticos era una empresa casi imposible, aun así los demás integrantes del entorno de Hitler tomaron el riesgo y se organizaron para escapar.

De las fuentes que he revisado al parecer no estaban claros en cómo ejecutar la evasión y sobre todo no contaban con la información precisa como mejor ruta de escape, tampoco la forma, ni el método, ni se organizaron de la mejor manera, parece que el General Helmuth Weidling, Comandante de la Defensa de Berlin insistió que lo mejor era la rendición para evitar más muertes, sobre la ruta de escape se supuso que lo mejor era tratar de llegar al norte de Berlín para unirse con las tropas del General Felix Steiner que supuestamente aún resistían a los soviéticos aunque interiormente la mayoría suponía que también era posible alcanzar el río Elba y rendirse a los estadounidenses, demasiados supuestos ninguna seguridad.

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Para el primero de mayo el sector de Berlín todavía controlado por las fuerzas alemanas era el distrito gubernamental o también llamado Sector Z (zentrum) rodeado completamente por tropas soviéticas y con la complicación adicional de que tenían que cruzar el río Spree al norte y el canal Landwehrkanal al sur, para ese momento la mayoría de los puentes vehiculares o peatonales habían sido destruidos, esto fue clave para explicar la tragedia que ocurriría esa noche.

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En el intento de fuga no solamente participaron los residentes del führerbunker sino que además centenares o miles de soldados y civiles que creyeron que era posible romper el cerco soviético, algunas unidades de la División SS Nordland usaron su vehículos, incluso tanques King Tiger pero de una forma totalmente desorganizada.


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La ruta de escape incluía el puente Weidendammer debido a que este era el único habilitado para cruzar el río Spree pero en realidad esta ruta de escape terminó convirtiéndose en una zona de la muerte.

(Continúa...)
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He organizado los nombres de las personas más relevantes que participaron de una u otra forma en el intento de evasión del fuhrerbunker, pueden faltar o sobrar nombres.

Altos mandos:
Wilhelm Mohnke, General SS, jefe de la defensa del Sector Z, capturado por los soviéticos
Martin Bormann, Secretario de Hitler, sin duda la personalidad más importante. Se suicidó al verse rodeado por los soviéticos en la calle InvalidenStrafe pero por muchos años se presumió que logró escapar.
Ludwig Stumpfegger, Médico de Hitler, se suicidó junto con con Bormann
Werner Naumann, Ministro de Propaganda, logró escapar al cerco soviético, desapareció hasta que en 1952 cuando fue capturado por las tropas de ocupación francesas.
Arthur Axmann, Jefe de las Juventudes Hitlerianas, es otro de los que logró escapar engañando a los soviéticos, atestiguó haber visto los cadáveres de Bormann y Stumpfegger en la Invalidenstrafe, versión de la que por mucho tiempo se dudó.
Gerhard "Gerd" Weltzin, Ayudante de Axmann.
Hans Baur, piloto de Hitler, herido y capturado por los soviéticos cerca de Complejo Hospitalario Charité, posteriormente perdió una pierna.
Georg Beetz, copiloto de Baur, herido mortalmente en el puente Weidendammer.
Hans Rattenhuber, Jefe del Servicio de Seguridad del Reich, capturado por los soviéticos.
Günther Schwägermann, Capitán SS, ayudante de Goebbles, logró escapar de Berlín, capturado posteriormente por los estadounidenses.
Heinrich Müller, Jefe de la Gestapo, desapareció, no se encontró su cadáver, Hans Baur en su libro menciona que Müller le manifestó su intención de suicidarse.
Hans-Erich Voss, Vicealmirante, capturado por los soviéticos.

Miembros destacados de la seguridad SS de Hitler.
Erich Kempka, Chofer de Hitler, logró evadir la captura con la ayuda de una chica checoslovaca.
Otto Günsche, Edecán/guardaespaldas de Hitler, encargado de incinerar los restos de Hitler y Eva Braun, fue capturado por los soviéticos.
Rochus Misch, Guardaespaldas de Hitler y Operador telefónico, fue capturado por los soviéticos.
Heinz Linge, Ayuda de cámara de Hitler, fue capturado por los soviéticos.
Ewald Lindloff, Guardaespaldas, murió en el puente Weidendammer
Peter Högl, Guardaespaldas, murió en el puente Weidendammer

Secretarias:
Traudl Junge: Fue la secretaria personal que redactó el testamento político y privado de Hitler horas antes de su muerte. Sus memorias posteriores sirvieron de base para documentales y películas históricas sobre el final de la guerra.
Gerda Christian: Trabajó en la cancillería y permaneció en el complejo subterráneo hasta el final, también logró escapar, a diferencia de lo que se cuenta en la película -El Hundimiento- no se separó de Traudl durante la evasión y llegaron juntos al Elba.
Else Krüger: Actuó como secretaria del jerarca Martin Bormann y estuvo presente en el búnker durante el colapso final de Berlín, también logró escapar juntos con sus colegas secretarias.
Constanze Manziarly, cocinera de Hitler, desaparecida, se presume que murió en 2 de mayo de 1945
Última edición por chayane el 10 Ago 2026, 02:22, editado 1 vez en total.
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Escape desde el führerbunker y la Masacre del Puente Weidendammer entre el 1 y 2 de Mayo de 1945

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Erich Kempka
Erich Kempka (Oberhausen, 16 de septiembre de 1910 - Freiberg am Neckar, 24 de enero de 1975) fue el chófer personal de Adolf Hitler, labor que realizó entre 1934 y 1945. Estaba presente en la zona de la Cancillería del Reich el 30 de abril de 1945, cuando Hitler se suicidó en el Führerbunker. Fue precisamente Kempka el que proporcionó la gasolina para la cremación de Hitler y Eva Braun en los jardines de la cancillería.
el 20 de junio de 1945 Kempka fue capturado por tropas estadounidenses en Berchtesgaden, que lo mantuvieron en cautividad hasta el 9 de octubre de 1947.[2] Fue el primero de los ayudantes de Hitler que pudo confirmar a los norteamericanos el fallecimiento de Adolf Hitler.[17
En base a lo relatado por Kempka en su libro he reconstruido una ruta aproximada de escape la noche del 1 al 2 de Mayo de 1945 usando google maps para construir un gráfico de la ruta, a pesar de haber transcurrido más de 81 años esa zona de Berlín se conserva más o menos igual.

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Puntos relevantes

1.- Sale de la cancillería alrededor alrededor de las 21:00 liderando un grupo de 100 personas que incluye 30 mujeres.

2.- Usando los túneles de metro llega a la estación Friedrich-Strasse donde observa una multitud de soldados y refugiados con muchos heridos a los alrededores del puente Weidendammer.

3.- Conduce a su grupo a un edificio llamado Admiralspalast que podría ser traducido como plaza almirantazgo, no estoy seguro si es un edificio del gobierno, en todo caso dispone a su grupo esperar o les da la opción de escapar por su cuenta, recomienda vestirse de civil.

4.- Se acerca a una barricada alemana pocos metros antes de puente Weidendammer, es informado y observa que los soldados rusos están apostados unos metros más al norte disparando a quién pretenda cruzar el bloqueo. Hay una gran fogata, vehículos destruidos, muertos y heridos en la calle.

5.- En ese punto arriba el grupo de Martín Bormann, Arthur Axmann, Ludwig Stumpfegger y otros, Kempka apunta que son las 2 de la madrugada del 2 de mayo.

6.- Günther Schwägermann le informa que Goebbels y su esposa murieron.

7.- Bormman solicita un tanque para cruzar el bloque soviético, Kempka comenta que no cree que les queden tanques.

8.- Milagrosamente aparecen tres Panzer IV y tres vehículos blindados de infantería de los remanentes de la división Nordland.

9.- Tratan de cruzar el bloqueo soviético junto con los tanques pero el tanque al que están pegados recibe un impacto de cañón o cohete ruso, la onda expansiva los hace volar por los aires, Kempka queda inconsciente un tiempo indeterminado.

10.- Recupera la consciencia, queda ciego por un tiempo, se arrastra de vuelta a la barricada alemana, se encuentra con Georg Beetz, copiloto de Baur, quién está mal herido en la cabeza. Kempka por su parte tiene una herida en el brazo derecho.

11.- Ambos regresan apoyándose mutuamente al edificio Admiralsplast, donde encuentra a la Dra. Hausermann y juntos vendan a Beetz, se lo deja a cargo pero luego se entera que Beets murió.

12.- Regresa con su grupo y lo disuelve, una vez más le dicen que traten de buscar cada uno su ruta de escape y se vistan de civil.

13.- Con siete acompañantes caminan sobre las vías del tren de superficie tratando de llegar a la estación Lehrter, avanzan una distancia indeterminada pero no logran llegar a la estación debido al fuego de los soviéticos, buscando un lugar donde guarecerse dan con unos galpones o cobertizos para trenes donde se encuentran con trabajadores extranjeros que los ayudan y les dan ropas de trabajadores. Kempka es presentado como esposo de una chica yugoeslava que lo ayuda en todo momento.

14.- Eventualmente llegan los soviéticos y son presentados cómo trabajadores, los soldados los abrazan y juntos festejan la victoria soviética, toman y comen.

15.- No se sabe cuanto tiempo estuvo Kempka en ese campo de trabajadores, eventualmente con la ayuda de la chica yugoslava pudo salir de Berlín, el 30 de mayo logró cruzar el río Elba, pudo conseguir documentos y continuar viaje a su casa en Berchtesgaden (Baviera), en junio de 1947 fue arrestado por los estadounidenses.

16.- Fue interrogado y se lo usó como testigo de los juicios de Nuremberg, parece que gracias a Kempka los estadounidenses pudieron establecer las circunstancias de la muerte de Hitler, sin embargo adornó un poco su versión atribuyéndose haber estado presente durante la muerte de Hitler en la sala contigua, lo cual se descubrió que es falso, por eso perdió credibilidad.

17. Fue liberado en octubre de 1947.


A continuación el relato de Erich Kempka, conductor de Hitler, con el rango de Obersturmbannführer (equivalente a teniente coronel), por lo que escribe se nota que los soldados soviéticos a pesar de estar todavía en combate estaban más preocupados por celebrar que otra cosa, me parece increíble que no le hayan pedido papeles de identificación en ningún momento de su escape y tras permanecer varias semanas en territorio soviético haya conseguido cruzar el río Elba para llegar finalmente a su casa en Baviera donde finalmente fue arrestado por los estadounidenses.

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Libro "Yo fuí chofer de Hitler"

Traducción del inglés las Páginas 93, 94, 95, 97, 98, 99, 100, 101
Concluimos los preparativos para la fuga. Todo el equipaje no necesario tenía que ser abandonado. Incluyendo los regalos de Eva Braun que personalmente había distribuido inmediatamente antes de su muerte, tenían que ser abandonados. Para las 20:45 horas las piras funerarias para el Dr. Goebbels y su esposa estaban listas. El arregló todo ese asunto por si mismo. Todos aquellos que intentarían escapar, ya fueran soldados, refugiados o los heridos fueron asignados a varios grupos. El grupo bajo mi liderazgo tenía cerca de treinta mujeres en el. Yo retorné al fuhrer-bunker por una última vez para decir adiós a Goebbels y su esposa. A pesar que sus hijos habían estado muertos por pocas horas ellos estaban calmados y resueltos. Con su rostro dolido, Frau Magda Goebbels me pidió que trasladara su amor para su hijo Harald de su primer matrimonio. Yo tenía que decirle a el las circunstancias de la muerte de su madre.

Ya había oscurecido. Los grupos individuales dejaron la Cancillería del Reich. Mi grupo cruzó la zona de la muerte de Wilhelms-Platz, bajamos al ferrocaril subterraneo y nos dirigimos a la estación Friedrich-Strasse. Nos topamos con una escena espantosa. Soldados exhaustos, los heridos, sin ninguna atención médica, y refugiados yacian apoyados contra las paredes, sobre la plataforma y escaleras. La mayoría había perdido toda esperanza de escapar y estaban totalmente apáticos.

Salí de la estación solo para reconocer las oportunides para escapar hacia el norte. Mis ordenes eran que intentara alcanzar Fehrbellin con mi grupo de cien personas. De acuerdo con nuestra información allí todavía se encontraba una gran unidad alemana de combate resistiendo.
Unos pocos metros antes del puente Weidendamm se encontraba una barricada callejera. Escuché varios ecos de disparos mientras me acercaba, por lo demás el distrito parecía estar desierto. Los pocos hombres defendiendo la barricada reportaron que varios grupos habían logrados huir con éxito, pero otros habían sido forzados a retroceder con fuertes pérdidas. Una mirada a través de la barricada me convenció de la verocidad de esto. Muertos y heridos tirados como sombras sobre la calle. Fue una visión espantosa.

Mas allá, cerca de Ziegel-Strasse, los rusos habían encendido una gigantesca hoguera para así poder monitorear la Friedrich-Strasse. Con sus armas de fuego rápido, abatieron a todo aquel que se acercaba.

Después de reunirme con mi grupo designé el edificio Admiralty como el punto de encuentro permanente. Le di a todos la opción para salirse de mi grupo y unirse a cualquier otro para la fuga si ellos deseaban.

Cerca de las dos de la mañana del 2 de mayo de 1945 una pequeña tropa se acercó. Reconocí a Bormann por su uniforme de SS-Obergruppenfuhrer. Acompañandolo, identifiqué a Naumann, SS-Hauptsturmfuhrer Schwagermann (adjunto de Goebbels) y Stumpfegger. Habían dejado la cancillería después que nosotros. Le pregunté a Schwagermann inmediatamente que había pasado con Goebbels y su esposa. El había permanecido con Goebbels hasta el fin, y me dió un corto reporte. Goebbels se había disparado y su esposa tomó veneno, tal como la pareja Hitler.
La situación altamente precraria impidió cualquier otra discusión. Bormann habló de sus necesidades con Naumann y conmigo. El requeria un tanque para su escape. Le dije que dubada que todavía hubiera uno en la ciudadela. Pero por un milagro escuchamos poco después el sonido de orugas de tanque, venian de area de la ciudad que todavía manteníamos. Tres Panzar IV y Tres camiones blindados de infantería llegaron para nuestro alivio y se detuvieron en la barricada. Hablé con el comandante del Panzer que iba al frente. Se identificó como SS-Oberstrumführer Hansen con los remanentes de una compañia de tanques de la División SS-Nordland y se dirigía hacia el norte según las órdenes. Le expliqué nuestras intenciones y le indiqué que avanzara lentamente para que el grupo pudiera usar el Panzer como protección hasta Ziegel-Strasse.

Nos aferrábamos como uvas contra los vehículos individuales. Los panzers avanzaban lentamente. Agachados, los seguíamos como sombras negras. Bormann y Naumann estaban en el lado izquierdo del panzer de cabeza, a la altura de la torreta del cañón, Stumpfegger y yo inmediatamente detrás de ellos. Se me erizó el pelo. Todos sabíamos que era cuestión de vida o muerte. De repente, los rusos abrieron fuego con todo lo que tenían. Un segundo después, una lengua de fuego infernal brotó inesperadamente del flanco del panzer. Inmediatamente delante de mí, Bormann y Stumpfegger fueron lanzados por los aires por la presión de la explosión. En ese mismo instante, quedé inconsciente, Stumpfegger se estrelló contra mi cuerpo y salí disparado y perdí el conocimiento.

Mi escape de Berlín

Cuando recuperé la consciencia tras un tiempo indeterminado, aún estaba cegado por la llamarada de la explosión. Inmediatamente temí haber perdido la vista. Palpé a mi alrededor. Mi consciencia comenzó a regresar. Al parecer, la explosión me había arrojado a las ruinas de las casas a lo largo de la calle. Seguía sin poder ver, así que me arrastré unos cuarenta metros hasta llegar a un obstáculo infranqueable. Avancé a tientas por un muro que se tambaleaba. Estaba de vuelta en la barricada desde donde había comenzado el intento de abrirse paso.

Poco a poco volví a distinguir formas. Permanecí agachado en la entrada de la barricada. Al cabo de un rato, logré distinguir mi entorno y vi una figura borrosa. Reconocí al segundo piloto de Hitler, el capitán de vuelo Georg Beetz. Para mi horror, vi que una esquirla de obús le había abierto el cráneo desde la frente hasta la nuca. Me dijo que debió de haber ocurrido cuando explotó el tanque, la misma explosión que nos había lanzado por los aires a Bormann Naumann, Stumpfegger y a mí.

Tomados del brazo para apoyarnos mutuamente, regresamos lentamente al edificio del Almirantazgo. Justo después del puente de Weidendamm, Beetz sintió que no podía continuar. Lo coloqué en una carretilla de refugiados. Para mi gran alivio, vi a la Dra. Hausermann, una cirujana dental del equipo del Dr. Blaschke (el dentista personal de Hitler), atendiendo a los heridos. Le pedí que cuidara de Beetz y luego fui a buscar suministros médicos al edificio del Almirantazgo. Juntos vendamos al hombre gravemente herido. Parecía imposible sacarlo de Berlín en su estado, así que Hausermann prometió llevarlo a su apartamento cerca de allí y cuidarlo allí. Desafortunadamente, como descubrí más tarde, falleció poco después a causa de sus heridas.

Regresé al edificio del Almirantazgo convencido, por mi experiencia, de que sería imposible que un grupo entero escapara. Por lo tanto, disolví el grupo, indicándoles a cada uno que consiguiera ropa de civil a la primera oportunidad y que luego intentara infiltrarse entre las líneas enemigas. Con eso concluyó mi último deber como soldado y ahora era libre de buscar mi propia ruta de escape. Liderando a unos siete hombres corrí hasta la estación de tren de Friedrich-Strasse y seguí las vías con la esperanza de llegar a la estación de Lehrter, pero esto no fue posible porque el terraplén del ferrocarril estaba bajo intenso fuego enemigo. Ansiosamente revisé las otras posibilidades de una ruta a seguir, o algún lugar donde esconderme. Hubo disparos en todas direcciones. Bajamos por el terraplén hasta donde las vías del tren se curvaban formando apartaderos. Al entrar con cautela en uno de esos cobertizos, me encontré con algunos trabajadores extranjeros, hombres y mujeres. Nos dijeron con vehemencia que debíamos deshacernos de nuestros uniformes de inmediato o los rusos nos asesinarían sin piedad. Una de las chicas me dio un mono grasiento y me mandó entre los radiadores oxidados para que me cambiara y escondiera mi uniforme. Mis compañeros también recibieron ropa de civil. Mientras me desvestía, examiné con más detenimiento una herida en mi brazo derecho. Estábamos completamente exhaustos. Nada era más importante ahora que dormir, con lo que esperaba recuperar fuerzas.

Apenas me había estirado cuando oí voces fuertes abajo y un torrente de palabras en ruso. Me asomé por la alcantarilla y miré hacia la puerta. Un grupo de soldados rusos había descubierto a los trabajadores extranjeros. Con gran júbilo, se abrazaron y se besaron. Por el puro agotamiento, ya no me percaté del peligro que había llegado tan inesperadamente.

La joven yugoslava que me había dado el mono me llamó para que bajara. No tuve más remedio que obedecer. Si no lo hubiera hecho, todo habría estado perdido. Bajé hasta donde estaban los trabajadores extranjeros y los soldados rusos en el patio. Entre risas, la joven yugoslava me tomó de la mano y me condujo hasta el comisario ruso. Me examinó brevemente y luego me abrazó, tal como lo había visto abrazar a los trabajadores extranjeros minutos antes. Me presentó como su esposo. Tuve el «honor» de ser abrazado de nuevo por el comisario. «¡Tovarich! Berlín está acabado, Hitler está acabado, ¡Stalin es un gran hombre!»

Los rusos trajeron vodka, carne enlatada, pan y mantequilla. Llamé a mis camaradas de arriba para que bajaran porque el comisario, embriagado por la victoria, incluso quería abrazar a los 'obreros alemanes'. Parecía un sueño descabellado. Finalmente, el comisario condujo a sus soldados, sin duda convencido de haber cumplido con su deber para con la patria.

Regresamos arriba. Esos pocos instantes me habían agotado más que cualquier otra cosa desde la fuga. Nos desplomamos en el suelo, dormimos, solo dormimos, aunque solo fuera por un breve momento. Durante una hora estuvimos inconscientes. Inquieto, desperté y me puse de pie a duras penas. Seguíamos siendo nuestros propios amos. Desperté a mis camaradas dormidos y les ordené que quemaran de inmediato todos los documentos de identificación, órdenes y libretas de pago. Vacié mis bolsillos de cualquier papeleo, arrojé mi estandarte de las SS al montón y el banderín de mi vehículo. Todo fue consumido por las llamas.

Ahora éramos anónimos. Nadie tenía pruebas de su actividad anterior. Una hora antes habíamos llevado uniformes de los que nos habíamos sentido orgullosos desde que teníamos memoria; ahora éramos vagabundos. A pesar de habernos deshecho de nuestra documentación y de llevar un atuendo muy original como trabajadores del tranvía, sabíamos que como escuadrón jamás lo lograríamos. Por difícil que fuera, tuve que separarme de estos leales camaradas. Era la única opción para cualquiera de nosotros: probar suerte por su cuenta.

Justo cuando me marchaba, por pura mala suerte, me topé con el mismo grupo de soldados rusos que regresaban. Me recibieron con gran efusividad. Iban de camino de vuelta a las vías cubiertas. No tuve más remedio que unirme a ellos. Al entrar de nuevo, la chica yugoslava que me había dicho que era su marido nos saludó con una sonrisa. El comisario anunció que debíamos celebrar una gran victoria. Se descorchó una enorme cantidad de alcohol. La fiesta tuvo lugar bajo las vías del tren.

Mis pensamientos se desviaban constantemente hacia mi vivienda en ruinas en el jardín de la Cancillería del Reich, junto a cuyos muros derruidos yacían los restos carbonizados del hombre al que había dedicado mi vida, junto a una mujer, su esposa, a quien había querido y venerado. El entierro había tenido lugar hacía apenas cuarenta y ocho horas. Todos mis pensamientos seguían allí, donde había tenido que cumplir con el deber más difícil de mi vida. Y sin embargo, para aferrarme a esta vida ridículamente corta a la que estamos tan apegados, tuve que seguirle el juego a esta farsa con los rusos. Desde todas partes, sin pausa, tuve que responder a los brindis, e incontables veces tuve que chocar mi copa con los soldados rusos.

Una vez, cuando tuve tiempo para mí, leí una buena traducción al alemán del Infierno de Dante, aunque sin comprenderlo del todo. En ese momento sonreí y me dije que, en última instancia, todos los grandes escritores no son más que fantasiosos. Ya no tan sobrio como antes, el comisario insistió en que bailara con mi "esposa yugoslava". Durante el baile, noté que sangraba por la herida del brazo derecho. Para evitar que lo notaran, metí la mano en el bolsillo. Incluso aquellas horas en el Infierno, que no me complace recordar, finalmente terminaron. Aquella valiente joven yugoslava, que no tenía nada en común con un oficial de las SS salvo la simpatía nacida de las circunstancias, fue la más fiel de las amigas aquel día. Muchos hombres harían bien en tomarla como ejemplo. Ella me guió, junto con una baronesa húngara que se unió a nosotros en el camino, a través de todos los puestos de control rusos, desde donde los rusos se desplegaron para rastrear la ciudad en ruinas en busca de soldados alemanes, hasta Tegel, donde nos encontramos a salvo. Allí simplemente nos dejó y regresó con su gente. Sigue siendo un misterio para mí qué vio aquella extraña mujer en mí. Quizás había encontrado la felicidad como trabajadora extranjera en Alemania.

El 30 de mayo de 1945 llegué a Wittenberg. Tras cruzar a nado el Elba, pasé por Weimar, Núremberg y Múnich en dirección a Berchtesgaden.
Última edición por chayane el 10 Ago 2026, 16:32, editado 7 veces en total.
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Hans Baur

Hans Baur es otro sobreviviente del fuhrerbunker que escribió memorias del escape, si se lee cuidadosamente coincide con el relato de Erich Kempka sin dejar de tener algunas contradicciones curiosas. Hans Baur estuvo prisionero en la URSS hasta 1955, perdió una pierna a causa de las heridas recibidas la madruga del 2 de mayo.

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Mit Hitler uber Europa (Con Hitler por toda Europa)

Traducido desde el texto original en alemán paginas 278,279,280,281

¡Ahora estamos completamente rodeados!

Al amanecer, el general Rauch quería regresar a su división. Alrededor del mediodía, llegó abatido e informó que solo había logrado llegar hasta el búnker del Zoo. Los rusos habían levantado una barrera en el Tiergarten durante la noche, y no había forma de atravesarla. ¡Estábamos completamente rodeados!

Más tarde, mientras era prisionero de guerra, conocí al capitán Keitel, quien en ese momento comandaba una de las divisiones Panzer de Rauch, y naturalmente me preguntó qué había sido de su comandante de división. Le conté sobre el intento fallido y el regreso al búnker. Me dijo que le había sucedido lo mismo. Había enviado a varios de sus hombres a la Cancillería del Reich para escoltar al comandante de división de regreso, pero ellos también solo habían llegado hasta el Zoo y no pudieron cruzar la barrera. Resultó entonces que la situación de la batalla en sí seguía igual, tal como Rauch había supuesto. Todo seguía despejado y podríamos haber pasado fácilmente, incluso durante la noche siguiente; solo durante el día era, naturalmente, imposible. Dado que los informes de batalla que llegaban a la Cancillería del Reich eran bastante imprecisos y solo ofrecían una imagen vaga de la situación, el general Weidling decidió que, debido al bloqueo en el oeste, la marcha hacia el norte debía tener lugar la noche siguiente, concretamente: Cruzando el puente Weidendamm. La primera línea de defensa estaría en este puente, la segunda en Oranienburg. Al norte se encontraba una división de las SS al mando del jefe de grupo Steiner, y si lográbamos llegar hasta aquí, al menos estaríamos libres.

Así pues, se dio la orden: 21:30 hacia el puente Weidendamm. Poco antes de partir, fui a despedirme del Dr. Goebbels. Lo encontré en su habitación del búnker; su esposa también estaba allí. No vi a los niños; no sé si seguían vivos o ya habían fallecido. En cuanto entré, Goebbels salió a mi encuentro, y su esposa también se levantó y se puso a su lado. Se me llenaron los ojos de lágrimas cuando me dijo: «Baur, Berlín está completamente aislada; te será muy difícil salir. Te deseo mucha suerte. ¡Asegúrate de lograrlo! Bormann ha recibido instrucciones importantes para Dönitz. Si consigues contactar con él, cuéntale cómo hemos vivido aquí estas últimas tres semanas. Pero también dile que hemos aprendido no solo a vivir y a luchar, sino también a morir». Me despedí con un apretón de manos silencioso y me marché.

¡Llegó el momento de lanzarnos!

Alrededor de las 9:30 p. m., se dio la orden de salir de la Cancillería del Reich en pequeños grupos. Como se me ordenó, me quedé con el líder del Reich, Bormann. Éramos unos quince los que salimos del búnker por la salida de la calle Vossstrasse, donde antes se encontraban los guardias de las SA. Corrimos hacia el pozo del metro que conectaba con el Hotel Kaiserhof; estaba completamente acribillado a balazos y las escaleras totalmente destruidas. Nos deslizamos por el pozo sentados. Salvo algunos puntos perforados por bombas y granadas, reinaba la oscuridad total. No veíamos nada y no teníamos linternas. Corrimos por los pasillos, cruzamos la intersección de Friedrichstrasse, que no podíamos distinguir en la oscuridad, y llegamos a Gendarmenmarkt, por donde salimos. Como todo alrededor de Gendarmenmarkt estaba en llamas, corrimos de vuelta a Friedrichstrasse y desde allí hacia el puente Weidendamm. Justo antes, se había erigido una barrera antitanque, y cien metros más adelante, ardían vehículos: esa era la línea rusa.

Los rusos sabían perfectamente que todos los que intentaban escapar de Berlín debían cruzar ese puente. Por eso concentraron allí sus fuerzas.
Concentraron su fuego en ese punto. Esa fue también la razón de los innumerables muertos y heridos allí. Bormann estaba en cuclillas en los escalones de piedra de una puerta, justo en la esquina de Schiffbauerdamm y Friedrichstrasse. Un joven ruso yacía muerto frente a él. Yo seguía intentando encontrar una manera de avanzar. Desde Chausseestrasse, teníamos que ir a Ziegelstrasse y de allí a una gran cervecería. Esta cervecería había sido designada como nuestro primer punto de reunión. Pero tenía que retroceder cada vez. Bormann me reprochó: «Quédate, Baur, te van a disparar. Puedes ver cuántos heridos están llegando. ¡Todavía te necesito, quédate aquí!». Le respondí que era absurdo permanecer sentado; teníamos que intentar avanzar, ya que la noche era bastante corta y aún nos quedaba un largo camino por recorrer.

Continué avanzando, hacia una casa acribillada enfrente, antes un hotel, ahora un montón de escombros, por encima de los cuales casi se podía llegar al edificio de la esquina de Chausseestraße y Ziegelstraße. Eran alrededor de las 2 de la madrugada cuando Bormann y yo corrimos hacia allí. Como los rusos disparaban sin cesar a lo largo de Chausseestraße, saltamos por encima de los escombros hacia la casa que habíamos explorado. Nos refugiamos en el pasillo y encontramos que tanto este como el sótano estaban llenos de hombres y mujeres heridos, algunos con los cuerpos destrozados por los impactos de los proyectiles. La miseria era terrible, pero no podíamos hacer nada. Una y otra vez salía a la calle para comprobar si el camino estaba despejado para que pudiéramos continuar. Los combates se libraban en las calles entre tanques alemanes y rusos. Varios de estos monstruos rusos fueron destruidos por Panzerfaust. Yo estaba parado justo delante de un tanque alemán cuando empezó a disparar. Al instante, golpeado por la onda expansiva, me desplomé. Tenía la cara ennegrecida por las salpicaduras de pólvora que se habían incrustado en mi piel, dejando una marca que perduraría durante meses. Me recompuse y corrí de vuelta al pasillo.

De repente, oí disparos en el patio trasero. Subí las escaleras y miré hacia abajo por la ventana. En el resplandor de los vehículos en llamas, pude ver a los rusos abajo, al menos a veinte. Lo más rápido que pude, le dije a Bormann que los rusos solo tenían que abrir la puerta para dejarnos entrar. Era hora de salir de allí. En una hora ya sería de día, y entonces sería demasiado tarde. Tras estas horas angustiosas, Bormann y Naumann seguían juntos.

El Dr. Stumpfegger y yo éramos muy conscientes de que escapar de esta trampa a plena luz del día era imposible. Sin embargo, aún existía la posibilidad de salir del anillo interior de Berlín bajo tierra. Ya habíamos oído hablar bastante de esta posibilidad. Jóvenes que conocían el Berlín subterráneo —es decir, los pasadizos del muro y otros espacios reducidos— ya habían guiado a un gran número de soldados bajo las líneas rusas. Gracias a las brechas en los sótanos de los edificios de apartamentos, necesarias por las precauciones antiaéreas, era posible recorrer manzanas enteras durante cientos de metros. Sin embargo, también hubo ocasiones en que el pasaje estaba bloqueado, y mientras tanto, el fuego de artillería o los impactos directos de las bombas habían cortado la ruta de regreso. En muchos casos, sin embargo, había sido posible guiar incluso a grandes unidades bajo las líneas rusas hacia un estado de libertad condicional, pues la verdadera libertad aún no se había alcanzado, como descubrimos más tarde. Las unidades rusas ya estaban al acecho en cada esquina, calle y puente a las afueras de Berlín, interceptando a muchísimos alemanes. Como no encontramos a ningún chico ni chica que pudiera guiarnos, y no llevábamos linternas, tuvimos que descartar esa posibilidad. Así que, en los pocos minutos que nos quedaban, solo podíamos probar suerte una última vez. Analizamos la situación y decidimos hacer un último intento para salir.

Una travesía interminable por Rusia… ¡de vuelta a casa!

¡Ya no era posible! La evacuación era, por lo tanto, inevitable. Saltamos a Berlín en mayo de 1945. Para quienes lo presenciaron, permanecerá para siempre como un recuerdo, un recuerdo cargado de terribles imágenes de la agonizante capital del Reich. Imágenes que reviven vívidamente todo el sufrimiento, la miseria y la horrible distorsión imaginables.

A la cabeza de la marcha iba el Secretario de Estado del Ministerio de Propaganda, el Dr. Naumann, seguido por Bormann, luego el Dr. Stumpfegger, y yo iba cuarto. Apenas habíamos salido del edificio cuando comenzaron los disparos. Corrimos por la calle Ziegelstrasse, manteniendo una distancia de unos treinta metros entre nosotros. Los disparos venían de todas las ventanas, de todas las esquinas y de todas direcciones. Los vehículos ardían y los heridos gritaban. Poco antes de llegar a la universidad, me tiré al suelo. No vi a nadie más. Los disparos cesaron. Los rusos celebraban el Primero de Mayo. Probablemente no se molestaron en buscar a sus víctimas y simplemente dispararon a todo lo que vieron. Pero no volví a ver a ninguno de los tres hombres que habían salido conmigo.

Desde entonces no he vuelto a saber nada de Bormann ni de Stumpfegger. Estoy convencido de que murieron ese día. Bormann vestía un sencillo uniforme marrón de funcionario y, sin duda, acabó en una fosa común, junto con los muchos otros que yacían en las calles de Berlín en aquel momento. Sin duda, al recoger los cadáveres en las inmediaciones de la Cancillería del Reich, debieron de tener cuidado de incluir a figuras conocidas. Pero Bormann, a juzgar por su rostro, era un desconocido. Supe de Naumann mucho después, e incluso hoy me resulta incomprensible cómo escapó del infierno.

Cuando regresé corriendo, ya era de día. Me dejé llevar por la carrera frenética. Corrimos a lo largo del canal del Spree hasta el puente de la Wilhelmstrasse. El fuego dirigido nos obligó a retroceder. Luego, a lo largo de la línea del S-Bahn —con fuego ruso proveniente del edificio del Reichstag— intentamos de nuevo pasar el hospital Charité al amparo del terraplén del S-Bahn desde la estación Lehrter Bahnhof. Pero los rusos ya estaban dentro del Charité. El fuego dirigido e indiscriminado se cobró víctimas. Corrimos a través de un patio en las inmediaciones de la estación de tren de Lehrte. Como se supo después, ametralladores rusos disparaban contra la entrada. Corrimos directamente hacia una de las ráfagas. Un golpe terrible en ambas piernas me tiró al suelo.

En el dolor inicial, debí gritar con todas mis fuerzas. Unos hombres me agarraron y me arrastraron hasta una casa en llamas, cuya fachada ya había quedado completamente destruida. Mi pierna destrozada estaba entablillada con trozos de madera y cartón. La otra pierna, que solo había recibido un disparo limpio, estaba vendada. En el shock inicial, ni siquiera me había dado cuenta de que también me habían disparado en el pecho y en la mano.

También hubo un incendio en el sótano. El suelo sobre el que yacía se estaba calentando cada vez más. A mi lado estaba la pistola a la que quería acabar si el fuego no me dejaba salida. La entrada de la casa todavía estaba en llamas. Los rebotes rebotaron en las paredes. En algún lugar cercano, los heridos gritaban. Quizás después de unas cuatro horas estos gritos también atrajeron a un ruso que, junto con tres alemanes capturados, recogieron a los heridos. Esa fue la primera vez que escuché “Uri=sUri”, que luego se volvió más familiar para mí. Cuando vio mi pistola agitó su bandera blanca, pero cuando vio que yo había disparado, todo su interés volvió al “Uri=Uri”. Él disfrutó especialmente el mío. El reloj del piloto, dotado de todo tipo de funciones, le entusiasmaba y parecía claramente superior a los otros diez o doce que ya había "coleccionado". Al menos eso se podía ver en su cara de satisfacción y en su alegre "Karosch, karosch". Mi hermosa pistola Walther también pareció contar con su aprobación. En cualquier caso, luego dio instrucciones de desmontar una cama y llevarme en ella. Así que llegué a Invalidenstraße en una mecedora.

Todo empezó con el alistamiento.

Ya había entre cincuenta y sesenta soldados alemanes en el punto de reunión. Un policía que hablaba ruso ayudaba a los rusos con el registro. Cuando, durante el interrogatorio, dije que era teniente general, se quedó perplejo. Llevaba una chaqueta de camuflaje y, hasta entonces, nadie se había fijado en mí. Pero la cosa empezó a ponerse interesante. El policía corrió inmediatamente hacia los rusos. Poco después, apareció un coronel soviético con un pequeño papel blanco. Me exigió que escribiera mi nombre. Me negué y le expliqué que no tenía intención de firmar un cheque en blanco. El coronel me explicó que necesitaba las firmas de generales para una petición destinada a persuadir a los soldados alemanes de que se rindieran. Le dije que había sido piloto jefe de Adolf Hitler y que no tenía nada que ver con asuntos militares. La defensa de Berlín era responsabilidad del general Weidling, así que debía contactar con él. Cuando las amenazas resultaron inútiles, me arrastró a una habitación vacía. Luego me dejaron tumbado sobre una mesa.

A la debilidad causada por la pérdida de sangre se sumaron los escalofríos. Después de unas dos horas, varios rusos me llevaron al MVD para mi primer interrogatorio. Una vez que supieron quién era, naturalmente quisieron saber cómo había sido el final de Hitler, si siquiera había muerto y, de ser así, si había sido incinerado. En ese momento, no tenía idea de la frecuencia con la que este tema me causaría dolor. Ante mi petición urgente, me dieron un poco de agua. Ni siquiera el hecho de estar gravemente herido fue motivo para librarme de la marcha por Berlín. Era una orden general que todos los soldados alemanes capturados vieran cuántas banderas blancas y rojas ondeaban en Berlín durante una marcha. Me arrojaron a un camión —un tanque ligero ruso nos seguía— y comenzó el viaje. Salimos de Berlín por Schönwalde, Bernau y regresamos. En los caminos llenos de baches, a veces salía disparado veinte centímetros por los aires dentro del vehículo. Grité con todas mis fuerzas porque el dolor se volvió insoportable. El mongol que estaba agachado a mi lado simplemente asintió con la cabeza. Mis gritos no parecieron molestarle. Condujo durante dos horas por Berlín, como le habían ordenado; todo lo demás le era indiferente. Si había imaginado que después de esta terrible experiencia el camino al hospital estaría despejado, estaba equivocada. Otro interrogatorio por parte de un hombre del Ministerio del Interior. Luego, una vez más, la promesa: "¡Habrá un hospital!". Por la noche, me trasladaron a una gran finca cerca de Strausberg. Entre los doce generales allí reunidos estaba Weidling, el defensor de Berlín. Me metieron en una habitación de mujer. No recibí atención médica, sino más interrogatorios. Durante seis días. Siempre el mismo tema: la muerte de Hitler. Al sexto día, le dije al comisario que me interrogaba: "¡A partir de hoy, no obtendrá más respuestas de mí! ¡No diré nada más, quiero ver a un médico! Además, lo que me pregunta siempre es lo mismo. Hitler está muerto y no puedo devolverle la vida. Y de todos modos, fue incinerado". De nuevo, querían que firmara algo. "¡De ninguna manera!". Las amenazas eran inútiles. “¡Dispárame! Estoy harto. ¡Solo quiero ver a un médico o acabar con todo!”

Cuando el interrogador vio que incluso las amenazas eran inútiles, me hizo subir a una carreta y me llevó a una granja donde me estaban operando. De las cuatro camas disponibles, cubiertas con hule, tres ya estaban ocupadas: rusos anestesiados. La anestesia aún no me había hecho efecto por completo cuando Alguien empezó a cortar. Solté un grito espantoso, que siempre terminaba con mi cuerpo inhalando más éter y desmayándome por completo. Cuando desperté, tenía ambas piernas enyesadas. Sin embargo, el yeso de mi pierna derecha estaba empapado de sangre de arriba abajo. Probablemente, no me habían ligado las venas. Pero al menos estuve sin dolor por un rato.
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Escape desde el führerbunker y la Masacre del Puente Weidendammer entre el 1 y 2 de Mayo de 1945

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Hans Baur

A continuación una ruta aproximada que tomó Hans Baur desde que salió de la cancillería hasta que fue herido y tomado prisionero, el gráfico fue generado en parte con google maps debido a que los sectores de Berlín no han cambiado mayormente desde 1945.

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Puntos relevantes:

1.- Aproximadamente a las 21:30 Sale de furerbunker en el grupo de Bormman que incluía a 15 personas.

2.- El grupo ingresa en los túneles del metro en la cercana estación Kaiserhof, avanzan hacia el este con dirección a la estación Stadmitte pero al parece se pasaron y trataron de salir por la estación Gendarmenmarkt que estaba en llamas, así que decidieron regresar sobre su pasos y Stadmitte y de allí tomar rumbo al norte hacia la estación Friedrichstrasse.

3.- Alrededor de las 2 de las mañanas llegaron al puente Weidendammer, es decir a la barricada, Baur menciona que 100 metros más allá estaba la línea roja y también menciona la presencia de gran cantidad de muertos y heridos.

4.- Hay período de tiempo que no es aclarado por Baur, no menciona el cruce del puente a la sombra de un Panzer que fue impactado y cuya onda expansiva los mandó a volar, mas bien indica que de alguna forma lograron cruzar el puente y ubicarse en una construcciónl en la esquina Ziegelstrafe, menciona que el lugar era una especie de refugio de heridos, mientras en la calle seguían combatiendo soldados alemanes contra soviéticos. En algún momento menciona que falta una hora para amanecer.

5.- El grupo de Bormman salió de la casa donde se refugiaron a intervalos de 30 metros, el orden fue el Dr. Naumann, seguido por Bormann, luego el Dr. Stumpfegger y finalmente Baur, corrieron por la calle Ziegelstrafe pero fueron atacados, se tiran al suelo, en ese momento Baur pierde contacto, indica que regresa, y participa en una fuga caótica con otras personas a orilla del río Spree rumbo este, reciben disparos desde el edificio del Reichtag al otro lado del río, menciona que siguieron las líneas del S-bahn para acercarse al Hospital Charité, mas bien usando los terraplenes como protección a los disparos, pero este lugar ya estaba ocupado por soviéticos.

6.- Baur entonces corre por un patio cerca de la estación Lehrter donde recibe disparos, cae al suelo y alguien lo recoge y lo mete en una casa que estaba en llamas, allí un soldado ruso le roba el reloj y su pistola PPK.

7.- Es evacuado a otro edificio en el Invalidenstrafe donde empieza su cautiverio que durará 10 años.

Aunque Baur no lo menciona supongo que el intento de huida terminó al alba.
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Escape desde el führerbunker y la Masacre del Puente Weidendammer entre el 1 y 2 de Mayo de 1945

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Werner Naumann

Werner Naumann es una de las personalidades menos conocidas del entorno de Hitler, era un hombre de Goebbels en el ministerio de propaganda, curiosamente se enamoró de la esposa de su jefe, la señora Magda Goebbels, parece que el círculo íntimo del jefe del nazismo era un pequeño "Peyton Place" donde ocurrieron dramas amorosos, en fin, Werner Naumann ocupó brevemente el puesto de Goebbels en el ocaso del tercer reich. Fue uno de los pocos afortunados que logró evadir el cerco del ejército soviético, luego de la postguerra fue un político neonazi.

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Antes de abandonar el Führerbunker, arrancó todas sus insignias para hacerse pasar por un simple soldado de la Wehrmacht. Según sus propias palabras, fue detenido cinco veces e incluso interrogado en la zona de ocupación soviética. Pero en todas las ocasiones fue puesto en libertad, dado que no se pudo establecer su verdadera identidad. Naumann permaneció en la zona de ocupación soviética hasta 1946. Luego se mudó a Alemania Occidental, donde vivió con un nombre falso y trabajó como albañil. Después de aprobar el examen "muy bueno", trabajó en esta profesión hasta el verano de 1950.

En febrero de 1950, se registró en Tübingen con su nombre real. Sin embargo, declaró que hasta abril de 1950 trabajó para las autoridades de ocupación francesas y escribió voluntariamente informes para la Segunda Oficina, la inteligencia militar francesa.
Debido a la inacción de las autoridades alemanas, las autoridades de ocupación británicas arrestaron a Naumann y a otros seis líderes del círculo bajo sospecha de actividad inconstitucional la noche del 14 al 15 de enero de 1953. Naumann fue condenado a 7 meses de cárcel, acusado de liderar un grupo neonazi.
Después de su liberación, Naumann participó en las actividades del Partido Socialista del Reich, y más tarde se convirtió en director de la empresa de equipos eléctricos Busch-Jaeger Elektro GmbH en Lüdenscheid, propiedad del hijastro de Goebbels, Harald Quandt.
https://es.wikipedia.org/wiki/Werner_Naumann
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Escape desde el führerbunker y la Masacre del Puente Weidendammer entre el 1 y 2 de Mayo de 1945

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Günther Schwägermann

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Este capitán de las SS que perdió un ojo en el frente oriental fue el edecán de Goebbels hasta el 1 de mayo de 1945, en ese puesto tuvo la responsabilidad de asistir a Joseph Goebbels y su esposa Magda en sus momento previo al suicidio y después disponer de sus restos quemándolos con 6 bidones de combustible alrededor de las 20:30 horas, previamente ordenó al conductor el ministro Ruch que disparara sobre los cuerpos para asegurarse de la muerte. Luego sin esperar que la hoguera se apagara se unió al grupo de escape donde estaba Bormman, S y fue uno de los pocos que logró eludir la muerte o captura y llegar eventualmente al sector de ocupación estadounidense. Posteriormente fue prisionero de EEUU desde junio de 1945 hasta abril de 1947.

Un artículo de la revista Der Spiegel de 1951 relata así la noche del 1 de mayo:
Schwägermann tuvo que rechazar la petición de su jefe de enterrarlo a él y a su esposa. No quería prometer lo imposible. El fuego de artillería y morteros sobre el complejo de la Cancillería del Reich se había convertido en un bombardeo constante.

Incluso días antes, cuando Schwägermann se arrastró los 250 metros que separaban la Cancillería del Reich del apartamento abandonado de Goebbels, junto a la Embajada estadounidense en la Puerta de Brandeburgo, para recuperar la pistola de calibre 6,35 del cajón del escritorio ministerial —la pistola con la que (y ninguna otra) Goebbels pretendía suicidarse—, se trataba de una especie de misión suicida.

Pero ahora una larga ceremonia fúnebre está fuera de toda discusión. Goebbels lo reconoce y acepta la cremación.

Conseguir la gasolina necesaria resultó difícil. Sin embargo, el chófer del ministro, el SS-Obersturmführer Rach, logró obtener seis bidones, cada uno con veinte litros.

Goebbels ha salido de su habitación en la planta baja del búnker (antes ocupada por el médico personal de Hitler, el profesor Morell) para despedirse de Schwägermann. Como regalo de despedida, le obsequia un retrato de Hitler con una dedicatoria manuscrita; este retrato había estado previamente sobre el escritorio del ministro.

Luego, con sumo cuidado, se viste como antes de cada salida. Se coloca la bufanda azul oscuro con lunares claros, doblada en forma triangular, alrededor del cuello, pide ayuda para ponerse la gabardina clara, se la abrocha, se ajusta el cinturón, se calza los guantes de cuero amarillos hasta que cada dedo queda liso, se pone la chaqueta Borsalino gris claro, se baja el borde delantero y le ofrece el brazo a su esposa.

Ella ya tiene el frasco de ácido cianhídrico en la boca, él la pistola cargada en el bolsillo de su abrigo. Lentamente se dirigen hacia la salida del búnker, subiendo las escaleras de los dos pisos. Schwägermann y Rach los siguen hasta el rellano, con los bidones de gasolina listos para ser quemados en sus manos.

Pocos instantes después, cuando Schwägermann creyó oír un solo disparo entre la lluvia de explosiones, subieron jadeando las escaleras del búnker, cargando pesados ​​bidones. A pocos pasos de la entrada, vieron los cuerpos del ministro y su esposa tendidos allí. Rápidamente rociaron los cadáveres con gasolina, a la que Schwägermann prendió fuego. Los restos carbonizados fueron encontrados e identificados posteriormente por los rusos.

Una escena espantosa. Quedan dos contenedores. Mientras los tres últimos ocupantes del búnker se preparan para escapar, estos se vacían sobre una pila de archivos secretos y mapas del personal general que se encuentran esparcidos sin orden por las habitaciones y pasillos del búnker.

Schwägermann prendió fuego a la pila de papel humedecido con gasolina. Fue una imprudencia. La rápida combustión del oxígeno en el búnker generó una corriente de aire tan potente que la puerta de acero, que pesaba varios cientos de kilos, se cerró de golpe con un estruendo ensordecedor. La espantosa escena de la película "Metrópolis" parecía repetirse, solo que esta vez con un toque de fuego.

Presos del pánico, los tres se abalanzaron contra la puerta. Solo sus últimas fuerzas lo lograron; la puerta se abrió.

Mientras su ministro se quita la vida, el SS-Brigadeführer y secretario de Estado interino en la celebridad (ese aprendiz de albañil que reapareció) Dr. Werner Naumann, realiza el último pase de lista del batallón Volkssturm "Wilhelmsplatz" que él comanda y que está compuesto principalmente por miembros del Ministerio de Propaganda.

Les informó de la muerte del ministro y los liberó de su juramento. Quienes desearan participar en un intento de fuga forzada debían presentarse. Noventa y dos levantaron la mano. El resto intentaría escapar de los rusos por otros medios.

Hans Fritzsche exige una rendición formal. Solo así podrán salvarse de un destino terrible las aproximadamente 300 mujeres, empleadas de los distintos ministerios que no fueron evacuadas a tiempo.

Naumann sugiere que, efectivamente, Fritzsche negoció posteriormente con Zhukov, firmó el acta de rendición y se aseguró de que sus 300 pupilas permanecieran inicialmente ilesas. Sin embargo, no pudo evitar que los rusos se las llevaran más tarde, individualmente y en pequeños grupos. Algunas regresaron con vida a Alemania.

El propio Fritzsche emprendió el viaje a la Lubianka. Su libertad y su vida se salvaron gracias a la citación al Tribunal Militar de Núremberg, donde, como Director Ministerial, fue acusado de representar la propaganda nazi en lugar del difunto Ministro Goebbels y del fugitivo Secretario de Estado, el Dr. Naumann. Posteriormente fue absuelto y no regresó a la Lubianka. Hoy vive en una calle tranquila y abandonada de Mülheim an der Ruhr.

Solo unos pocos logran escapar de Berlín. Un grupo formado por Bormann, Naumann y Schwägermann, al ver la inutilidad de intentar cruzar el puente Weidendammer, opta por una ruta diferente: bordear la orilla sur del Spree hasta el puente peatonal que lo cruza en la calle Albrechtstrasse y que también da acceso a la estación elevada de Friedrichstrasse. El grupo llega a la estación de Lehrter a través de las vías elevadas. Allí, se encuentran bajo fuego de artillería.

Bormann se separa del grupo. Da media vuelta. Solo, regresa caminando por las vías, dirigiéndose hacia el este. Naumann y Schwägermann se dirigen hacia el noroeste. Llegan al oeste y se esconden.

Poco después, el conductor Rach, que había escapado de Berlín por su cuenta, también apareció en Uelzen. Fue visto por última vez a finales de 1945, de camino a Bremen. Desde entonces, no se ha vuelto a saber nada de él.
https://www.spiegel.de/politik/der-sten ... 0029191941
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Escape desde el führerbunker y la Masacre del Puente Weidendammer entre el 1 y 2 de Mayo de 1945

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Martín Bormman y Dr. Ludwig Stumpfegger
Uno de los capítulos más intrigantes del final de la Batalla de Berlín fue la desaparición de Martin Bormman y su compañero de fuga el médico Dr. Ludwig Stumpfegger, testigos como Baur y Kempka informaron que desaparecieron en el Puente Weidendammer en medio de disparos soviéticos, en cambio Athur Axman testificó que vio personalmente los cadáveres de Bormman y Stumpfegger tirados en la calle Invalidenstafe cerca de la estación Lether, pero estos testimonios fueron desestimados y se consideró que Martín Bormman había sobrevivido y escapado, fue juzgado y condenado a muerte en ausencia durante los juicios de Nuremberg en 1946. Finalmente, y por casualidad, los huesos de Bormman y Stumpfegger fueron encontrados en 1972 cerca de la zona donde Axman informó haberlos visto por última vez.
De los testimonios se puede definir que la ruta del intento de escape de Bormman y su grupo que incluía a Stumpfegger, Naumman, Baur, Schwagermann, Weltzin fue la siguiente;
1.- El grupo de Bormann y Naumman salió del complejo de la cancillería por la calle Vossstrasse alrededor de las 21:30 del 1 de mayo.
2.- Entrada al túnel del metro U-Bahn en la estación Kaiserhof, avanzan hacia el este con dirección a la estación Stadmitte, por equivocación emergen por la Gendarmenmarkt que estaba en llamas, así que decidieron regresar sobre sus pasos a la estación Stadmitte y de allí tomar rumbo al norte hacia la estación Friedrichstrasse.
3.- Llegan a la barricada del puente Weindedammer pasada la medianoche (2 de mayo de 1945).
4.- Se unen con una unidad blindada y tratan de romper el cerco del ejército soviético, se produce un intercambio de fuego y durante este intento varios miembros del grupo son muertos, heridos o separados.
5.- Lo que resta del grupo: Bormman, Stumpfegger, Naumman, Baur, Schwagermann, Weltzin usan las vías de tren sistema S-Bahn para llegar a la estación Lether y de allí al Hospital Charité, en el camino se retiran las insignias de rango y botan sus armas, se encuentran con soldados soviéticos, pero no son atacados, al contrario, son saludados ya que los consideran miembros desertores de la Volkssturm.
6.- En este punto el grupo se disuelve, Bormman y Stumpfegger entran en pánico y corren por la Invalidenstrasse hacia el noreste mientras Axman y Weltzin en sentido contrario por esa calle, Axman y compañía se encuentra con tanques rusos así que regresa sobre sus pasos y en los alrededores de la estación Letherhof se encuentran con los cuerpos de Bormman y Stumpfegger, no tienen heridas visibles, así que presumen que se envenenaron. Los otros integrantes del grupo en Schwägermann, Naumann, y Rach de alguna manera logran esconderse en un terreno de escombros por varios días y después logran salir de Berlín.
7.- Pocos días después se sepultaron los cuerpos de Bormman y Stumpfegger en las cercanías, una de las personas que participaron en la sepultura recuperó documentos de Stumpfegger e informó a la esposa.
8.- Cómo no se identificó el cuerpo de Bormman entonces durante mucho tiempo se consideró que Bormman consiguió escapar. Fue juzgado y condenado a muerte en ausencia durante los juicios de Nuremberg.
9.- En 1972 se encontraron sus restos cerca del lugar que indicó Axman, posteriormente fueron verificados con pruebas de ADN dando por terminado el misterio.

El siguiente gráfico realizado parcialmente con Google maps muestra el trayecto de este intento de fuga hasta la muerte de Bormann y Stumpfegger.

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En el libro “The Secretary Martín Bormann: The man who manipulated Hitler” por Jochen Von Lang se detalla la muerte de Bormann por varias fuentes:
Página 333, 334, 335
El grupo de Naumann se extravió y solo llegó a la estación de Friedrichstrasse tras un largo rodeo. Cerca del puente de Weidendamm, se toparon con un grupo de soldados y decidieron unir fuerzas para abrirse paso hacia el norte por Friedrichstrasse y Chausseestrasse. Un bloqueo antitanque los separaba de la línea rusa. Baur intentaba escabullirse entre las ruinas, pero Bormann lo alcanzó. «Quédate con nosotros, Baur. Podrías recibir un disparo. Todavía te necesito». El intenso fuego de infantería y mortero hacía que el avance pareciera imposible. Hacia la medianoche, Erich Kempka apareció en escena con un grupo. Bormann creía que el avance podría lograrse con la ayuda de tanques, y, efectivamente, tres tanques y tres vehículos blindados se acercaban a toda velocidad. Kempka los detuvo. Durante la audiencia del Tribunal Militar Internacional de Núremberg, Kemka describió cómo los tanques avanzaban lentamente hacia ellos y cómo él y el Dr. Stumpfegger avanzaron y se pusieron a cubierto detrás del primero, con Bormann y Naumann colocándose junto a su torreta. El tanque fue alcanzado; explotó y todos fueron lanzados a un lado por la onda expansiva. Bormann, vestido con un abrigo de cuero sobre su uniforme de las SS, se desplomó en las llamas, obviamente muerto. Pero Kempka nunca vio el cuerpo. Dado que Kempka no solo sobrevivió a este encuentro, sino que logró llegar hasta Berchtesgaden, el tribunal no pudo establecer pruebas concluyentes de que el acusado hubiera fallecido.

En realidad, sobrevivió a la explosión ileso. Durante el siguiente intento de llegar al norte, perdió de vista a Baur. El general herido de la Luftwaffe fue recogido por los rusos y durante muchos años supuso que su compañero había muerto en el intento. Bormann, sin embargo, se había refugiado en un cráter de obús. Allí se encontró con Amann, su ayudante Gunter Weltzin, el Dr. Stumpfegger y el adjunto de Goebbels, Gunther Schwagermann. Werner Naumann también se unió a ellos.

Lo que sucedió después, presumiblemente alrededor de las 3 de la madrugada del 2 de mayo, fue descrito por Axmann en su testimonio a finales del otoño de 1945, pero nadie le creyó. Solo el historiador H.R. Trevor-Roper, quien como oficial de inteligencia interrogó a muchos nacionalsocialistas después de la guerra, consideró esta la versión más probable. En la estación de S-Bahn de Friedrichstrasse, el grupo, que para entonces contaba con unos diez hombres, entró en la vía férrea y caminó hacia el oeste a lo largo de las vías. En el terraplén se arrancaron las insignias de sus uniformes y arrojaron sus armas. Axmann, un soldado experimentado —había perdido el brazo derecho en la guerra— notó la incertidumbre de Bormann. Por momentos, se adelantaba al grupo como si no pudiera escapar lo suficientemente rápido. Sin obstáculos, se acercaron a la estación de tren de cercanías Lehrter Bahnhof. Descubrieron justo a tiempo que soldados del Ejército Rojo se encontraban en el andén. La rápida huida dividió al grupo. Bormann, Naumann, Schwagermann, Axmann, Weltzin y el Dr. Stumpfegger saltaron desde la calzada hacia la calle Invalidenstrasse, aterrizando justo al lado de un puesto de avanzada ruso. Los rusos los confundieron con rezagados del Volksturm, les ofrecieron cigarrillos, comenzaron a hablarles en un alemán chapurreado —«¡Voyna [la guerra] ha terminado, Hitler ha terminado!»— y se maravillaron del brazo artificial de Axmann. Esto fue demasiado para los nervios de Bormann. Junto con Stumpfegger, se dirigió al este, hacia el Hospital Charité, a una velocidad cada vez mayor. No llegaron muy lejos. En el puente de Sandkrug (hoy un puesto de control de Alemania Oriental) se toparon de nuevo con los rusos. Los demás notaron que la escisión había despertado las sospechas de los soldados. Se escabulleron en dirección oeste hacia Moabit por la calle Invalidenstrasse. Naumann y Schwagermann desaparecieron entre la maleza de un recinto ferial. Axmann y Weltzin solo regresaron después de oír el estruendo de los tanques más adelante. Al regresar a la estación de tren de cercanías Lehrter Bahnhof, vieron en la penumbra del amanecer a dos hombres tendidos en el puente. La calle Invalidenstrasse cruza las vías del depósito de mercancías de Lehrter Bahnhof. Reconocieron a Bormann y Stumpfegger. Aparentemente, ambos estaban muertos, pero no había rastros de sangre ni heridas. Axmann sabía que a la élite del búnker se le habían entregado cápsulas de veneno. Supuso que ambos las habían usado para suicidarse.

Poco antes, Bormann y Stumpfegger podrían haber estado en su misma situación. Quizás habrían podido escapar. Axmann lo logró y pudo llegar hasta los Alpes. Pero Bormann y Stumpfegger se rindieron. Ambos tenían razones para no querer caer vivos en manos rusas.

Weltzin era el único que podía confirmar el informe de Axmann, pero murió en cautiverio soviético. Naumann solo pudo confirmar la versión de Axmann hasta la conversación con los puestos de avanzada rusos. Los investigadores y jueces dudaron de la historia porque los informes de Kempka y Baur indicaban que Bormann había muerto una hora antes, y cada uno en un lugar diferente.
El 8 de mayo unos trabajadores postales fueron obligados por los soldados soviéticos a enterrar cuerpos encontrados en el puente de ferrocarril de la Invalidenstrasse, de alguna forma uno de esos trabajadores se dio el tiempo de identificar a uno de los cuerpos recuperando papeles y fotografías, el 14 de agosto de 1945 el jefe de la oficina postal 40 le escribió una carta a Frau Gertrud Stumpfegger informando el entierro del cuerpo de Ludwing Stumpfegger.
Estimada Sra. Stumpfegger:
El 8 de mayo de este año, empleados de Correos encontraron en el puente ferroviario de Invalidenstrasse el cuerpo de un soldado caído en la Batalla de Berlín. Según la identificación hallada en el cuerpo, se trataba de Ludwig Stumpfegger. Dado que se presume que el fallecido era su esposo, lamento informarle de este triste hecho y deseo expresarle mi más sentido pésame por su trágica pérdida. Su esposo fue enterrado, junto con otros soldados caídos en combate, el 8 de mayo en el recinto de Alpendorf (antiguo Parque Nacional de Exposiciones) en Invalidenstrasse 63, Berlín NW 40. Las fotografías encontradas en el cuerpo se adjuntan a la presente…
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Escape desde el führerbunker y la Masacre del Puente Weidendammer entre el 1 y 2 de Mayo de 1945

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El escape de Martin Bormann

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A continuación, una traducción del inglés de un sitio web donde se explica en gran detalle la ruta de escape del Grupo de Bormann

Descripción de la constitución de los grupos de ESCAPE del personal de la cancillería el 1 y 2 de Mayo

Después de que Hitler se suicidara, el búnker y la Cancillería del Reich seguían todavía abarrotados de gente. Algunos se suicidaron, pero muchos intentaron escapar de Berlín. Entre ellos estaba Martin Bormann, que era el segundo al mando de la Cancillería del Reich. El 1 de mayo de 1945, alrededor de las 21:30 horas, las personas que querían abrirse paso fuera de la ciudad se reunieron en el sótano de la Cancillería.

Según D’Onnell, «Die Kettenbombe», parece que solo había tres grupos que intentaban abandonar el distrito gubernamental. El primer grupo estaba dirigido por el general Mohnke; el segundo, por Bormann; y el tercero, por el general Rathenau. Más tarde, Eberle, en Das Führerhauptquartier, menciona seis grupos que abandonaron la Cancillería. El primer grupo estaba dirigido por el general Mohnke. Este grupo estaba compuesto por Günsche, Höwel, Voss, Frau Christian, Frau Junge, Friedel Krüger, Feldwebel Mahnzy y el ayudante de Hitler, dirigido por el Obersturmführer Doose.
El segundo grupo (el grupo de Bormann) estaba dirigido por Naumann. Entre los miembros de este grupo estaban Bormann, Schädler, miembros de la guardia de las SS y un batallón de soldados de la Volkssturm procedentes del Ministerio de Propaganda.

El tercer grupo estaba dirigido por el chofer de Hitler, Kempka. Otras personas de este grupo eran Linge, varios ordenanzas y guardias de Hitler. El cuarto grupo estaba dirigido por Brigadeführer Albrecht, que debía conducir a varios miembros de los Adjutanten de Hitler fuera del área de Bunker. El quinto grupo era el grupo de Rattenhuber. Otros miembros de este grupo eran Bauer, Baetz, Högl, y varios hombres de las SS. El sexto grupo era el de Axmann. Intentó ayudar a unos 200 jóvenes de Berlín que habían sido llevados al búnker por Hitler para que abandonaran el distrito gubernamental.

Según el piloto Hans Baur, todos los que querían escapar de la Cancillería se reunieron en el centro de la Nueva Cancillería, fuera del búnker de Hitler. Después de haber pasado aproximadamente una hora en ese lugar, el primer grupo, dividido en pequeños grupos de cinco o seis personas, salió por una ventana del sótano y avanzó hacia la Wehrmachtplatz.

Como no había mucho fuego de ametralladoras desde el exterior, el segundo grupo —el grupo de Bormann— decidió no dividirse en grupos pequeños, sino avanzar juntos. Corrieron a través de la gran explanada de la Nueva Cancillería hacia la Voßstraße.

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Las ruinas de la antigua y la nueva Cancillería tras la guerra. La calle que hay enfrente es la Wilhelmstrasse. Al otro lado de la calle está la Wilhelmplatz.
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Encontrar el camino a través de un Berlín en ruinas

Parece ser que los distintos grupos que huyeron de la Cancillería del Reich se mezclaron durante el trayecto por el metro. Cuando el grupo de Bormann (y posiblemente otros que se habían unido) salieron del metro, caminaron desde la plaza Hausvogteiplatz hacia la otrora hermosa, pero ahora en ruinas, Gendarmenmarkt. Caminaron por la Taubenstrasse para llegar allí. El grupo, que para entonces incluía, entre otros, a Baur, Naumann, Bormann y Stumpfegger, cruzó la Gendarmenmarkt hacia la Friedrichstrasse para retomar la ruta que habían planeado. Para llegar a la Friedrichstrasse podrían haber tomado la Taubenstrasse, la Jägerstrasse o la Französische Strasse.

Un giro equivocado
Dentro del túnel, el grupo de Naumann y Bormann pretendía seguir la misma ruta que el grupo del general Mohnke: directamente a la estación Friedrichstrasse. Sin embargo, en la estación de metro Stadtmitte tomaron el desvío equivocado y se dirigieron hacia la estación de metro Hausvogteiplatz.

De nuevo sobre la superficie
Tras llegar a la estación de metro Hausvogteiplatz, el grupo Naumann/Bormann abandonó el metro.

Cruce bajo el tilo

Bormann y los hombres que lo acompañaban en ese momento cruzaron Unter den Linden por el cruce de Friedrichstrasse/Unter den Linden. Cruzar la calle debió ser bastante peligroso, ya que los rusos ya controlaban la zona del Reichstach al oeste de Unter den Linden.

Pasando la estación de Friedrichstrasse

Tras cruzar Unter den Linden, Bormann y su compañía siguieron recto por la Friedrichstrasse hasta el puente Weidendammer. Pasaron por la estación de metro/tren de Friedrichstrasse.

Alcanzando el Spree

Al final de la Friedrichstrasse, justo después de la estación del S- Bahn, se encuentra el puente Weidendammer sobre el Spree. Junto al puente debía haber un puente peatonal de hierro en aquel entonces. La mayoría de los grupos que se habían formado en la Cancillería del Reich habían comenzado a dispersarse, excepto el grupo de Mohnke, que había salido primero de la cancillería. Este grupo ya había cruzado el puente. En el lado norte del puente, a unas tres manzanas de distancia, había una barrera antitanque. Basándose en los vehículos en llamas que había allí, los hombres pensaron que la línea rusa estaba a unos cien metros del puente. Había cadáveres por todas partes. Cuando Bormann y sus hombres llegaron al puente, no había combates en el puente en sí, pero los rusos estaban disparando fuego de cobertura. A los pocos minutos de la llegada de Bormann, los rusos debieron descubrir que había alemanes intentando romper sus líneas. Probablemente no sabían que había gente de la Cancillería del Reich entre ellos. Se oían ruidos de combate al norte del Schiffbauerdamm, posiblemente relacionados con el grupo Mohnke, que se encontraba en la zona. Mientras tanto, el puente fue bombardeado con artillería y ametralladoras. El grupo Bormann se replegó tras el puente. Media hora después, los tanques alemanes lograron atravesar la barrera antitanque en la calle. La carretera hacia el norte quedó abierta, pero solo durante dos o tres manzanas.

Al otro lado del puente

Para conocer la ruta y el paradero de Bormann, debemos basarnos en los testimonios de testigos presenciales. Por ejemplo, Hitler se basó en los del piloto Hans Bauer. Este declaró que, al cruzar el puente Weidendammer, vio a Bormann sentado en una pequeña escalera frente a la entrada de una casa, en la esquina de Schiffbauerdamm y Friedrichstrasse. Bauer afirmó que, frente a Bormann, yacía en el suelo un soldado ruso muerto. El significado de esto no queda claro.

Este interesante gráfico supuestamente diagrama el punto donde el grupo de Bormann recibió la onda expansiva de un cohete que golpeó al tanque con el se protegían en el intento de curzar el puente Weindedammer.

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Atascado detrás del puente

A la 1:30, el grupo de Bormann se había dispersado y la ruta hacia el norte a través de la Friedrichstrasse estaba bloqueada por los rusos. Bormann, Baur, Naumann y Stumpfegger se encontraban en un sótano, a una cuadra del puente Weidendammer. Alrededor de la 1:45, Baur dijo que quería ir hacia el este por la Ziegelstrasse. Bormann le ordenó que se quedara.

Escalando el Hotel Atlas

A las 2:00 horas, Bormann, Naumann, Stumpfegger y Baur escalaron las ruinas del hotel Atlas para llegar a la calle Ziegelstrasse. Allí entraron en un sótano lleno de gente dormida. No está del todo claro si llegaron a la Ziegelstrasse.

¿Alcanzado por un misil antitanque?

A las 02:30 horas, el grupo Bormann abandonó el sótano. Lo que sucedió después ha sido objeto de mucha controversia. El chófer de Hitler, Kemka, declaró ante el jurado de Núremberg tras la guerra que Bormann participó en un Panzergefecht , una batalla de tanques. Kemka afirmó haber visto a Bormann salir despedido por los aires tras la explosión de un misil antitanque. Kemka creyó que Bormann murió tras la explosión. Hans Bauer contó una versión ligeramente diferente, según la cual Bormann se encontraba dentro o sobre el tanque. Esto llevó a la creencia de que Bormann fue recogido por un tanque que lo sacó de Berlín, una historia que resulta inverosímil. Las demás declaraciones de Bauer se referían al potente fuego de los tanques y al caos reinante en la escena. Bauer afirmó que, cuando el tanque fue alcanzado por lo que él creyó que era un misil ruso, había varias personas cerca. La fuerza de la explosión arrojó a Bauer al suelo. Bauer declaró que Bormann aún se encontraba cerca del tanque cuando el misil impactó contra él.

Artur Axmann también presenció la explosión del tanque. Dijo que los tanques escoltaron a los hombres hacia la Ziegelstrasse. El ataque debió ocurrir en algún punto del camino. Axmann resultó levemente herido en el ataque. Al buscar refugio tras ser herido, cayó en un cráter de bomba donde se encontró con Bormann y otros hombres de la Cancillería del Reich .

Buscando refugio

Tras abandonar el cráter de la bomba, Bormann, Baur, Stumpfegger y Werner Nauman se refugiaron en la entrada de una casa dañada cercana. Probablemente aún se encontraban al norte del puente. Los rusos ya estaban en el jardín de la casa.

Regreso a la estación Friedrichstrasse

Como no podían escapar por la ruta del norte, Baur, Bormann, Naumann y Stumpfegger decidieron intentar huir siguiendo el río Spree hacia el oeste. Primero tuvieron que alejarse de la zona de Friedrichstrasse/Ziegelstrasse. Durante la retirada, Baur perdió el contacto con los demás. Bormann y el resto llegaron a la estación de Friedrichstrasse, donde querían tomar el tren de cercanías (S- Bahn) hasta la estación Lehrter Bahnhof.

El camino equivocado hacia la libertad

Solo el grupo de Bormann, o lo que quedaba de él, intentó abandonar el centro de Berlín tomando una ruta hacia el oeste: por las vías que cruzaban el Spree y el Schiffbauerdamm hasta la estación Lehrter Bahnhof. Otros grupos que habían salido de la Cancillería del Reich no lo hicieron. El problema de esa ruta era que pasaba por el Reichstag (al otro lado del río): uno de los lugares más peligrosos de Berlín en aquel momento, ya que el edificio estaba en manos del ejército ruso. Algunos dicen que tomar esta ruta fue un error de cálculo de Bormann, posiblemente debido a que no conocía bien Berlín. En esta ciudad, escogió una ruta que conocía bien, que resultó ser la más peligrosa. Por otro lado, parece que los hombres no tenían realmente otra opción. La única salida (la ruta hacia el norte) estaba bloqueada y la ruta hacia el este era intransitable, ya que los rusos venían de allí. Otra posible razón que se baraja para elegir la ruta peligrosa es que la ciudad para entonces estaba completamente destruida y era difícil reconocer el entorno. Pero dado que Bormann tomó el S- Bahn desde la conocida Friedrichstrasse hasta la famosa estación Lehrter, esta explicación sobre la ruta fatal no puede ser correcta. Bormann sabía adónde conducía la vía y en qué vía se encontraban.

Parece ser que, desde aproximadamente las 2:30 de la madrugada, Bormann se había reunido con Naumann, Stumpfegger, Schwägermann, Axmann y Weltzin en un cráter de bomba (como se mencionó anteriormente).

Hans Baur, que había perdido a los demás hombres, también optó por tomar el tren hacia la estación Lehrter Bahnhof. En sus declaraciones posteriores a la guerra, explicó lo peligroso que era el trayecto por las vías del S-Bahn. Baur abandonó la zona del puente Weidendammer alrededor de las 3:45. Los disparos desde el Reichstag (al otro lado del río) y desde los edificios cercanos a la vía dificultaron el acceso a la estación Lehrter. Los rusos estaban por todas partes. Al llegar a la estación, Baur recibió un disparo de ametralladora. Los alemanes lo llevaron al interior de una casa en llamas. Tras unas cuatro horas, prisioneros alemanes lo llevaron a un lugar en la calle Invalidenstrasse donde se habían reunido hombres heridos. Baur sobrevivió a la guerra, pero no volvió a ver a Bormann desde que abandonó la zona del puente Weidendammer.

Vía del S- Bahn hasta Lehrter Bahnhof

El grupo Bormann regresó a la estación Friedrichstrasse. Allí tomaron el S- Bahn hasta la estación Lehrter Bahnhof. Las vías estaban (y siguen estando) construidas sobre un viaducto, por lo que discurrían por encima del nivel del suelo. Parece que se agotaron las demás opciones para salir de la zona. La única forma de cruzar el Spree era por el puente ferroviario junto al puente Weidendammer Brücke. Las vías discurrían paralelas a la calle Margarete- Steffin- Strasse y atravesaban el barrio hasta la estación Lehrter Bahnhof.

Subir al puente del S- Bahn

El grupo de Bormann estaba formado ahora por Bormann, Stumpfegger, Axmann y Weltzin. Al llegar a la estación de Lehrter Bahnhof, bajaron de las vías en el viaducto Friedrich-List.

Debajo del puente se toparon con un grupo de soldados rusos. Los rusos no reconocieron a los alemanes como importantes nazis de la Cancillería del Reich. Probablemente los confundieron con miembros de la Volkssturm. Según Axmann, los rusos no causaron problemas. Pero Bormann y Stumpfegger despertaron sospechas al alejarse del grupo y, cuando estuvieron lo suficientemente lejos de los rusos, echaron a correr.

Un callejón sin salida

Tras huir de los rusos, Bormann y Stumpfegger se dirigieron hacia el este por la calle Invalidenstrasse. Axmann y su ayudante, Günter Weltzin, se dirigieron hacia el oeste por la misma calle. Posteriormente, Axmann y Weltzin hicieron declaraciones sobre lo sucedido a Bormann y Stumpfegger. Al parecer, Bormann y Stumpfegger no llegaron muy lejos, pues se toparon con soldados rusos en el puente Sandkrugbrücke. Regresaron a la zona de la estación Lehrter Bahnhof. En el puente Strassenbrücke, que cruzaba las vías del ferrocarril de Hamburgo, se suicidaron con ácido prúsico.

Axmann y Weltzin no huyeron de los soldados rusos. Caminaron con la mayor calma posible hacia la calle Invalidenstrasse, que tomaron en dirección opuesta a la de Bormann y Stumpfegger. Es decir, se dirigieron hacia el oeste. Tras unos diez minutos, llegaron a una zona donde los tanques disparaban, por lo que también regresaron a la zona de la estación Lehrter. Al llegar al puente Strassenbrücke sobre la línea de tren Lehrter Bahnhof- Hamburgo, encontraron los cuerpos de Stumpfegger y Bormann sobre el puente, sin heridas visibles, a unos 50 metros del lugar donde fueron hallados en 1972. El puente discurría aproximadamente desde la esquina de Lehrter Strasse/Invalidenstrasse hasta la esquina de Heidestrasse/Invalidenstrasse.

En busca de pruebas: la búsqueda de los restos de Bormann.

Tras la guerra, parecía que nadie sabía con certeza dónde estaban los restos de Martin Bormann. Esto dio lugar a todo tipo de historias. Algunos decían que Bormann no había muerto cerca de la estación Lehrter, sino durante el ataque de tanques cerca del puente Weidendammer. Otros afirmaban que Bormann siempre había sido un agente ruso y que había huido a Moscú. Otros creían que había escapado a Argentina. Dado que los cuerpos de Stumpfegger y Bormann no fueron encontrados, las especulaciones sobre su paradero se prolongaron durante años.

Según el libro Der Sekretär del autor alemán Jochen von Lang, los hechos ocurrieron así: Axmann y Weltzin encontraron los cadáveres de Bormann y Stumpfegger en el puente de tráfico. No se menciona el lugar exacto. Dado que Weltzin murió en prisión rusa, Axmann fue el único testigo. Pero hubo más testigos que vieron los cuerpos. Tras el fin de la guerra, los rusos ordenaron a unos alemanes de la oficina de correos cercana que enterraran los cuerpos que yacían en los alrededores de la estación Lehrter. Entre ellos estaba Albert Krumnov, quien ayudó a trasladar los cuerpos al lugar donde fueron enterrados. En 1965, las autoridades comenzaron la búsqueda de los restos de Stumpfegger y Bormann en la zona que Krumnov señaló: los antiguos terrenos del Universem Ausstellungspark (o ULAP- Gelände), posteriormente Alpendorf- Gelände, en la Invalidenstrasse 63-68 . En aquel momento no se encontró ningún cuerpo. Un dato muy interesante fue una carta que las autoridades habían enviado a Gertrud Stumpfegger en 1945, en la que se indicaba que Stumpfegger, junto con otro soldado (!), había sido enterrada en el Alpendorf- Gelände de Berlín NW40, Invalidenstrasse 63. La ubicación donde supuestamente se encontraban los cuerpos tenía sentido: estaba muy cerca de la estación Lehrter y del puente de tráfico. Otro dato interesante fue el hallazgo del diario de Bormann, que cayó en manos rusas. El autor ruso Lew Besymenski publicó información al respecto, pero no hasta 1974.

Los días 7 y 8 de diciembre de 1972, durante los preparativos de un instituto que se iba a construir en el ULAP- Gelände, se encontraron dos esqueletos a tan solo 12-15 metros del lugar donde se habían realizado las excavaciones de 1965.

Para la identificación de los dientes de Bormann se utilizó un diagrama dental del dentista nazi Hugo Blaschke, quien lo acompañó durante su época. El técnico dental Fritz Echtman y la asistente dental Katharina Heuserman reconocieron los dientes de Bormann, lo que puso fin al mito de que Bormann había escapado de Alemania.

Cráneo de Bormann
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Restos de Bormann y Ludwig Stumpfegger
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Cenizas esparcidas

Los restos de Bormann fueron enterrados en los terrenos del Standesamt 1 de Berlín, una oficina de registro civil. En 1998 se realizó un análisis de ADN de los restos. No cabía duda: se trataba de los restos de Martin Bormann, en su día uno de los hombres más importantes del Tercer Reich. En 1999, las cenizas de Bormann fueron esparcidas en la bahía de Kiel, fuera de aguas alemanas.

Fuente

https://www.hitlerpages.com/bormann.html
“Si la libertad significa algo, será sobre todo el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír.”
— George Orwell
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Escape desde el führerbunker y la Masacre del Puente Weidendammer entre el 1 y 2 de Mayo de 1945

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Rochus Misch, Heinz Linge

Rochus Misch otro guardia de seguridad de Hitler y el ayuda de cámara Heinz Linge, ambos miembros de las SS y del escuadrón de protección Begleitkommando SS des Führers se encontraron en el intento de fuga y fueron capturados juntos la mañana del 2 de mayo de 1945.

Foto de Mich
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Foto de Linge
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Linge fue uno de los ayudantes que esperaron afuera de la habitación de Hitler a que este se suicidara, incluso se dice que el disparó al cuerpo de Hitler para asegurarse que hubiera muerto (declaración de Hans Rattenhuber en prisión), y luego participó en el traslado y cremación de los cadáveres de Hitler y Eva Braun.

Rochus Mish era el operador de la central telefónica del bunker y uno de los últimos, si no el último, en salir del Bunker, en su huida se encontró con Linge, en el puente Weindedammer se dieron cuenta que no podría cruzarlo por la superficie, así que siguieron por los túneles de metros hasta la estación Stettin donde fue capturado junto con Linge.

Esta es la ruta aproximada de intento de huida de Linge y Mich, tuvieron la suerte de evitar el combate del puente Weidendammer pasando por el túnel, sin embargo tuvieron la mala suerte de caer en las manos de los soviéticos más al norte, curiosamente Linge y Mich informaron diferentes lugares como el punto de captura.

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La noche del 1 de mayo Mish relata en su libro "El último testigo" página 231 -241
No dejaba de mirar nerviosamente a Goebbels, que paseaba de un lado a otro del búnker. Martin Bormann había pasado por allí por última vez para despedirse de él, y luego de mí también. Llevaba sombrero, un largo abrigo de cuero negro y, debajo, una chaqueta de paracaidista de camuflaje. En su mano izquierda sostenía un maletín negro y me entregó la derecha: «Todavía te necesitan. Vendrás más tarde. Ya sabes: el puente de Weidendammer». «Sí, sí», murmuré. Salió del búnker con el Dr. Naumann y el Dr. Stumpfegger. Goebbels los siguió, pero regresó al poco rato: «¿Alguna llamada para mí, Misch?».

«Sí, señor canciller. La cúpula del Gau, el general Weidling y una llamada del teniente coronel Seifert», respondí.

«Bueno, no es mucho», dijo Goebbels restándole importancia con un gesto.

Una vez más, me atreví a mencionarle los grupos de fuga. Una vez más, me dio largas. Esto se repitió varias veces durante las siguientes horas, y cada vez se volvía más angustioso. Pero no podía irme sin una autorización oficial del Canciller del Reich. Eso era impensable para mí. Mi mochila estaba lista debajo de mi escritorio. La había cogido en uno de mis últimos viajes a la oficina y la había llenado de pan crujiente, chocolate y unas cuantas bolsas de galletas del almacén de la antesala. Si llegaba el momento en que pudiera valerme por mí mismo, quería estar preparado.

Cuando por fin se hizo el silencio en el búnker —la fuga debía de haber comenzado arriba—, los generales Burgdorf y Krebs estaban sentados en el pasillo central hablando entre ellos. Había botellas y vasos sobre la mesa. Logré oír fragmentos de su conversación, pero seguía ocupado con mi trabajo. Alrededor de las 10 de la noche, recibí una llamada para el general Krebs y la transferí al teléfono del pasillo central. Podía oírlo sonar desde mi escritorio. Nadie contestó. Le pedí a la persona que llamaba que tuviera paciencia y salí a ver dónde estaba el general. No lo había visto pasar ni salir del búnker, así que no podía estar lejos. Al entrar en el pasillo, noté que tanto Krebs como Burgdorf seguían sentados en las sillas de cóctel del pasillo central. Parecían estar dormidos, lo cual no me pareció particularmente extraño, ya que ya no había un ritmo regular de día y noche y todos estábamos constantemente agotados. Uno se dormía cuando los ojos se cerraban por el puro agotamiento. Toqué suavemente el hombro de Krebs para despertarlo. "General, le piden que atienda el teléfono". Aún en movimiento, a mitad de la frase, me di cuenta de la situación: Krebs y Burgdorf estaban muertos. Quedé terriblemente conmocionado; me sentí mareado. No había oído ningún disparo.

Debieron haberse envenenado a menos de cinco metros de mí. Sin mirar atrás, me di la vuelta y le informé a Goebbels.

Ya estaba harto de cargar cadáveres. Permanecí en mi puesto en la centralita y transferí llamadas continuamente a Goebbels. Cuando salí al pasillo, miembros del RSD ya habían sacado los cuerpos de Krebs y Burgdorf, probablemente por la salida de emergencia que daba al jardín. La última vez que vi al ayudante de Goebbels, Günther Schwägermann, y a su sirviente, Günther Ochs, fue poco antes de que los generales se suicidaran; ahora tampoco estaban por ninguna parte. Supuse que ya se habían unido a uno de los grupos de fuga de Mohnke.

Un rato después, pasada la medianoche, Goebbels me miró de repente como si me viera por primera vez. Quizás el hecho de tener que dirigir sus últimas palabras a un simple hombre de la escolta aumentó su humillación: «¡La guerra está perdida, la suerte está echada!». Hemos aprendido a vivir, y también aprenderemos a morir. Ya no te necesito, Misch. Se acabó para siempre. Goebbels dio un paso hacia mí, sin dejar de mirarme con esa mirada extraña que le obligaba a alzar la vista bruscamente. Luego me estrechó la mano, algo que nunca había hecho antes. Su apretón fue firme, sus dedos fríos. Sin decir una palabra más, se retiró a su habitación.

Al instante, me sentí liberado. Ya no pensaba en Goebbels, ni en Hitler. Volví a mi puesto de trabajo y desconecté todos los teléfonos. Prácticamente los arranqué, tirando de los cables con fuerza, agarrando uno con cada mano a la vez. Derecha, izquierda, derecha, izquierda. No podía hacerlo lo suficientemente rápido. Estoy seguro de que no olvidé ni un solo enchufe. Un enredo de cables se amontonaba en el panel de control. El final. Hecho. En ese momento no era consciente del significado simbólico de este, mi último acto oficial, pero con cada cable que desconectaba, me sentía un poco más libre. El fin de mi encarcelamiento en el "Führerbunker". Por fin fuera de... Aquí. Justo fuera de aquí.

LA FUGA

En la madrugada del 2 de mayo de 1945, el Canciller del Reich alemán me destituyó, casi exactamente cinco años después de haber entrado al servicio de su predecesor.

Pensaba en mi familia, a la que ahora quería reunirme. Quizás podría alcanzar a algunos de los grupos de la fuga que se dirigían al general Rauch, al norte de la ciudad, esperaba. Tomé mi mochila y me acerqué a Hentschel. "Hannes, ya no podemos comunicarnos, vámonos de aquí". Pero Hannes quería quedarse para seguir suministrando aire fresco y electricidad al hospital de campaña. Me despedí de él. Intercambiamos cartas que habíamos preparado, las cuales planeábamos entregar a nuestras esposas si alguno de los dos no regresaba a casa.

Mucho después, tras regresar del campo de prisioneros de guerra, le pregunté a Hentschel qué había sucedido realmente después de mi partida. "No habían pasado ni cinco minutos cuando Goebbels murió. Y dos horas después aparecieron los rusos". No lo creerás, pero los primeros rusos en el 'Führerbunker' fueron mujeres. Según lo que Hentschel me contó a continuación, Goebbels se suicidó en su habitación del búnker, mientras su esposa estaba arriba, en la antesala, con los niños. Nadie se atrevió a arrastrar el cuerpo de Goebbels hasta el jardín después, así que intentaron quemarlo allí mismo, lo cual estaba destinado al fracaso, ya que obviamente había muy poco oxígeno en el búnker. No podía arder. Otros afirman que el matrimonio Goebbels se suicidó en el jardín. La versión de Hentschel me parece plausible, porque algunas fotografías tomadas por los rusos muestran profundas marcas de quemaduras en el corredor central del búnker. Además, todavía se pueden ver algunos trozos de tela en el cuerpo de Goebbels, como se muestra en una fotografía ahora famosa. Al menos su ropa se habría quemado por completo en el jardín. Para mí también, no hubo tal cosa como una quema en mis últimas horas en la Cancillería del Reich.

Parecía que la pareja tenía la intención de morir juntos. Tras despedirse de mí, Goebbels se retiró a su habitación en el búnker del Führer, mientras que la señora Goebbels había subido mucho antes. Por lo tanto, considero probable que se suicidaran por separado.

Así que crucé la antesala y me apresuré a regresar a mi oficina. Dudé, indeciso entre ponerme el uniforme o la ropa de civil. Una cosa estaba clara: no mantendría puesto mi uniforme de servicio, aún impecable, mientras huía a través de las líneas rusas. El uniforme hecho a medida era demasiado elegante; habría llamado la atención, revelando que, a pesar de mi bajo rango, debía de ocupar algún puesto importante. Elegí mi uniforme de primera línea. Con él, parecía un poco más un soldado. No había tenido un casco de acero desde que me uní al servicio de Hitler. Mi única arma seguía siendo mi pistola Walther PP de 7,65 mm. Era el mismo modelo que Hitler había usado para suicidarse.

Sabía poco sobre la situación militar en aquel momento. Mi reloj de pulsera ya marcaba las cuatro de la mañana. Bajé de nuevo al sótano y caminé por Kannenbergallee, dañada por las bombas, donde el agua ya tenía unos cinco centímetros de profundidad. Ya habían colocado tablones para que la gente pudiera cruzar sin mojarse los pies. Caminé por pasillos desiertos hasta la oficina de Schädle en el sótano de la Nueva Cancillería del Reich para firmar mi salida. "¡Por fin estás aquí!", me saludó, obviamente tan aliviado de verme, o de ver a cualquiera, que me habló informalmente. Le conté sobre mi despido por parte de Goebbels. El comandante no tenía motivos para dudar de mis palabras. Todos los demás ya se habían ido. "Ahora date prisa". Schädle me hizo un gesto para que lo siguiera, y por última vez me abrí paso por los laberínticos sótanos de la Cancillería del Reich. Me explicó con calma la ruta de escape: primero por los túneles del metro hacia la estación Friedrichstrasse, luego cruzando el puente Weidendammer, que atraviesa el río Spree. Los demás querían unirse a las tropas del general Rauch allí, y yo debía intentar hacer lo mismo.

Schädle, cojeando por una lesión en la pierna, me condujo a través de interminables pasillos. Hasta hacía poco, el lugar había estado repleto de civiles; ahora, reinaba un vacío abrumador. Esto resultaba casi más inquietante que la atmósfera del búnker. Finalmente llegamos a una ventana del sótano del Palacio Borsig, en la esquina de Wilhelmstrasse y Vossstrasse. Desde allí, podía salir y tomar la ruta más rápida a la cercana estación de metro de Wilhelmplatz. Miré a Schädle con curiosidad. Comprendió lo que quería saber y negó con la cabeza: «No puedo». Señaló su pierna herida. Schädle debía de haber decidido hacía tiempo no acompañarme. Nos despedimos. El comandante me deseó lo mejor. Inmediatamente después de ayudarme a salir, se suicidó en la Nueva Cancillería del Reich.

Salí por la ventana del sótano que daba a Wilhelmstrasse, apartando los escombros. Así pues, me arrastré sobre mi estómago fuera del Palacio Borsig y llegué a Wilhelmplatz. La mañana del 2 de mayo de 1945 ya amanecía. El humo se elevaba de los escombros por todas partes. Un silencio inquietante envolvía la plaza; solo a lo lejos oía un sordo estruendo y, de vez en cuando, un disparo.

¡Sin refugio, corrí unos veinte metros hasta la entrada de la estación de metro Kaiserhof!* En las escaleras que bajaban al túnel del metro, me giré una última vez. Sentía que necesitaba esa última mirada. Así que miré hacia abajo por la Wilhelmstrasse, luego por la Vossstrasse y finalmente hacia la Cancillería del Reich. La Nueva Cancillería del Reich había sufrido algunos daños; el apartamento del conserje de Ziegner estaba completamente destruido; por lo demás, la fachada de la Cancillería del Reich seguía en pie. Entonces me giré y bajé las escaleras hacia la estación de metro. Tuve que pasar por encima de cadáveres una y otra vez. Rusos, alemanes... había cuerpos sin vida por todas partes.

EN EL TÚNEL

La estación estaba llena de gente, todos civiles. La escena es casi indescriptible. Circulaban los rumores más descabellados sobre lo que supuestamente hacían los rusos en los distritos ya ocupados de la ciudad. Lo más curioso era que dos jóvenes tocaban la guitarra, con ritmos hawaianos alegres y a todo volumen. No podía creerlo. Berlín se estaba hundiendo, no con una explosión, sino con música de guitarra. Era todo completamente irreal.

En medio de la oscuridad casi total, avancé a tientas por las vías del metro hasta la estación Stadtmitte, y luego seguí hacia el norte hasta la estación Friedrichstrasse. Allí me encontré con Heinz Linge, así como con el administrador de la Nueva Cancillería del Reich, Ziegner, y un alto funcionario que había trabajado para Goebbels —creo que se llamaba Bader— y mi camarada de la unidad de escolta, el Untersturmführer Helmut Frick. Conocía a Frick desde 1938, pero no llevaba mucho tiempo con nosotros. Un día me preguntó cómo podía unirse a la unidad de escolta. Le dije que poco podía hacer; tendría que ir a la Diríjanse al oficial al mando, Adi (Adolf) Dirr. Pronto descubriría por qué estaba tan desesperado por llegar al destacamento de escolta.

El grupo de Linge ya había escapado de la Cancillería del Reich horas antes que yo. Habíamos planeado cruzar el puente Weidendammer desde la estación Friedrichstrasse. Pero no tuvimos suerte. El puente estaba bajo fuego constante. Francotiradores rusos apuntaban a todo lo que se movía allí. Un tanque Tiger destruido yacía sobre el puente, y frente a él, una secretaria del despacho privado de Hitler, a quien reconocí. Estaba muerta. Cadáveres por todas partes. La terrible lluvia de fuego hacía imposible seguir avanzando. El puente Weidendammer ya no era una opción. No nos quedaba más remedio que descender de nuevo al túnel del metro que acabábamos de abandonar. Nos encontramos con tres soldados que también huían hacia el norte y nos unimos a ellos. Ahora tendríamos que cruzar el Spree bajo tierra.

Así pues, continuamos nuestro camino a través del submundo berlinés, rumbo al norte. Linge, Frick, los demás y yo nos abrimos paso a duras penas por la puerta de un túnel, yo todavía con mi mochila a cuestas. La puerta estaba abierta medio metro en ese punto. ¿Y si se inundaba, si la puerta se cerraba de repente? Buscaba a tientas mi Walther PP. En caso de inundación, habría preferido una bala al agua.

Continuamos hacia la estación de Stettin. Tras unos cientos de metros, llegamos a un punto donde una bomba había perforado el techo del hueco del metro. Desde allí arriba, los rusos lanzaban granadas de mano cada pocos segundos, que explotaban con un estruendo tremendo. Intentábamos calcular los intervalos entre los lanzamientos, y entonces, en un momento dado, simplemente corrimos. Entre la vida y la muerte solo estaba la suerte, nada más. Miré a mi alrededor. Frick ya no estaba con nosotros. Extraño; debió de desertar por su cuenta.

«Shh». Uno de los soldados se llevó de repente el dedo a los labios. «¡Alemanes!». Escuchamos. Efectivamente: voces alemanas. En la pared, descubrimos una escalera que conducía a un conducto de ventilación. Así que de ahí venían las voces. "Vamos, subamos", dijo otro soldado. Se agarró a la barandilla y subió primero.

Con cautela, miró a través de la reja del pozo hacia la calle: «¡Guau, son los nuestros!», exclamó emocionado. ¡General Rauch!, pensé. ¿Habían logrado las tropas alemanas romper el cerco ruso alrededor del distrito gubernamental y unirse a los hombres del general Rauch? Subí penúltimo; solo Linge venía detrás de mí. Un instante después, apenas había alzado la cabeza cuando sentí el golpe de la culata de un rifle en la espalda. Soldados alemanes que hubieran roto el cerco... imposible. Era una ilusión. Las voces alemanas que nos habían hecho creer que eran los hombres del general Rauch pertenecían a soldados capturados. Fin del intento de escape: arrojé rápidamente mi pistola a la oscuridad. Estábamos en manos de los rusos.

CAPTURA

Lo primero que hice fue desabrocharme la correa del reloj. Era un costoso modelo suizo, una edición limitada para el Ministerio de Asuntos Exteriores. El embajador Hewel me había regalado uno de esos dos mil ejemplares, que se usaban como obsequios para los invitados. Dejé que la valiosa pieza se deslizara discretamente al suelo, la pisé y giré lentamente el pie. El reloj se hizo añicos con un crujido. No quería darles a los rusos, cuyas muñecas a veces lucían varios botines de guerra, el bonito recuerdo. Linge arrojó su reloj de bolsillo en un arco alto. «Ahí va, el reloj del jefe», dijo. No estaba seguro: ¿Se refería al reloj de Hitler, que le había quitado tras su muerte, o al suyo propio, un regalo de Hitler? Justo cuando el reloj de bolsillo volaba por los aires, un ruso estaba ahuyentando a una anciana que quería darnos agua. El reloj aterrizó junto a ella. La anciana se agachó, lo recogió y lo guardó en su bolso, sin que el ruso se diera cuenta, pues ya se había dado la vuelta.

Poco después, se oyeron disparos. Ante nuestros ojos se desplegó una escena completamente demencial. Un soldado del Ejército Rojo, que nos custodiaba —sentado sobre un montón de escombros—, abrió fuego repentinamente contra sus propios compañeros, que se encontraban a cierta distancia. Disparó una ráfaga contra la fila inferior de ventanas donde se apoyaban los rusos. Algunos respondieron al fuego. Literalmente, se disparaban entre ellos. Así, sin más. Una auténtica locura. Debían de estar completamente borrachos. Con vodka a tope. Fue demasiado para Linge. Fijó la mirada en el suelo. «Me voy a pegar un tiro», jadeó, temblando mientras levantaba la pistola que había estado ocultando de los rusos. Le di un manotazo en la mano: «No hagas ninguna tontería. Si lo hacen, lo harán», le susurré. Según el reloj, la Walther PP de Linge volaba ahora por los aires. Después de una hora, acordamos que lo mejor era separarnos para no aumentar el riesgo de ser reconocidos. Durante todos esos años, no había logrado entablar una verdadera relación con Linge y desconfiaba de él. Así que, en el punto de encuentro, se abrió paso entre algunos de nuestros compañeros prisioneros y se colocó a unos cincuenta metros de mí.

Al anochecer, partimos hacia Berlín-Buch, donde pasamos la noche en una pradera a cielo abierto. No volví a ver a Linge. En Wartenberg, subimos a un tren. Al llegar a Landsberg an der Warthe, miles de soldados ya se encontraban en el campo de recepción que los rusos habían instalado allí para los prisioneros de guerra arrestados en Berlín y sus alrededores. Miré a mi alrededor, con la esperanza de reconocer a alguien. Efectivamente, me encontré con algunos de mis camaradas. Hablé con Hans Hofbeck, el secretario del RSD que me había informado sobre los sucesos de Fegelein, sobre la cremación de Hitler. Me contó que, justo en el momento en que los cuerpos de Hitler y Eva ardían, dos civiles aparecieron repentinamente frente al muro del Ministerio de Asuntos Exteriores. Estuvieron en el lugar equivocado en el momento equivocado y lo pagaron con sus vidas. Porque aparte de aquellos que Hitler había elegido para esta tarea, no debía haber testigos de su quema. Como Hofbeck afirma haber determinado a partir de sus documentos, Eran polacos. No pudo explicar qué hacían allí ni de dónde venían.

Más tarde, los rusos mostraron repetidamente una fotografía de un cadáver hallado en el jardín de la Cancillería del Reich, que inicialmente confundieron con Hitler. Incluso en la evidencia fotográfica que me presentaron, quedó claro rápidamente que su suposición era errónea: el hombre llevaba medias remendadas. Debía de ser uno de esos desafortunados civiles; de hecho, parecía tener un bigote como el de Hitler.

Detrás de una alambrada, de repente vi a Helmut Frick, a quien habíamos perdido en el túnel del metro. ¡Estaba de pie entre soldados del Comité Nacional por una Alemania Libre! Ahora lo entendía: debía de haber estado al otro lado durante bastante tiempo.

Desde Landsberg, fuimos a un campo de tránsito en Posen (ahora Poznan). Durante la marcha, reconocí a Hans Baur, el capitán de vuelo de Hitler, sentado en un campo abierto. Conocía bien a Baur por los numerosos vuelos de mensajería y nuestros viajes juntos.

—¿Cómo estás? —No se me ocurrió nada más ridículo que decir.

—Verás, Misch —respondió, señalando su pierna derecha, o mejor dicho, lo que quedaba de ella—. Amputada. Sin anestesia. Con una navaja —añadió Baur con sarcasmo. Le habían cortado la pierna unos diez centímetros por debajo de la rodilla debido a una herida.

—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunté.

Señaló unas vendas limpias y un pequeño cuenco con agua. Mientras lo lavaba y le cambiaba la venda, comentó que no estaba tan mal. Recibía vendas limpias con regularidad y dos comidas completas al día. También tenía muletas. Me quedé con él, curándole las heridas y masajeándole la pierna. Al llegar a Poznań, Baur fue interrogado varias veces.

En octubre de 1945, un día me preguntó: «Señor Misch, probablemente me trasladen a un hospital militar en Moscú. Supongo que las condiciones allí son considerablemente mejores que en un campo de prisioneros de guerra. ¿Me acompañarás?».

“Puedo elegir un compañero.” No tuve que pensarlo mucho. Ingenuamente, creí que era buena idea acompañar a Baur, suponiendo que estaría mejor a su lado en el hospital militar de Moscú que en un campo de prisioneros de guerra ruso en alguno de los muchos lugares inhóspitos de este vasto país. “Sí, gracias, con mucho gusto, te acompañaré.” Baur asintió. Los rusos aún no sabían quién era yo.

Después de unos días, nos llevaron a Moscú, pero inicialmente solo hasta Mozhaisk, a unos cien kilómetros al oeste de la capital soviética. Me dijeron que pronto iríamos al hospital militar, y tiempo después, a Baur y a mí nos asignaron a un transporte a Moscú. En lugar del hospital militar, ¡nos llevaron a la infame prisión de Butyrka! Y para los interrogatorios, nos llevaron a la Lubyanka, la prisión de la policía secreta, la GPU. Hitler la había llamado una vez “trampa para ratas”.

TORTURA

El capitán Baur y yo compartíamos celda. Hacía un frío intenso y la celda no tenía calefacción. Baur no recibió más vendajes. En estas circunstancias, la herida no podía sanar. Pedimos atención médica repetidamente, pero nos la negaron.

En diciembre, comenzaron los interminables interrogatorios a cargo de interrogadores estalinistas. Baur fue golpeado y maltratado. En un momento dado, se pronunció la fatídica frase: "¿Por qué no le preguntan a mi compañero? Él sabe más sobre esto".

Luego llegó mi turno.

Nos separaron a Baur y a mí, y luego nos torturaron a ambos. Rápidamente comprendí lo que estaba sucediendo: los rusos no podían creer que Hitler estuviera muerto.

"¿Dónde está Adolf Hitler?"

"Muerto".

"¿Dónde está Adolf Hitler?"

"Muerto".
Última edición por chayane el 19 Ago 2026, 03:18, editado 1 vez en total.
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Escape desde el führerbunker y la Masacre del Puente Weidendammer entre el 1 y 2 de Mayo de 1945

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Johann Rattenhuber también conocido como Hans Rattenhuber fue un veterano de la primera guerra mundial, luego policía de Bavaria y terminó siendo General de las SS (Gruppenführer) a cargo del servicio de seguridad del Reich o RSD.

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Rattenhuber lideró un grupo de escape principalmente con personal de la RSD, pero al igual que otros grupos este rápidamente se desintegró o se mezcló con otros grupos, al llegar al puente Weidendammer algunos resultaron heridos o muertos al tratar de cruzarlo bajo fuego soviético.

Durante el intento de fuga fue herido y según algunas fuentes Rattenhuber fue capturado en Invalidenstrasse, es decir que logró cruzar el río Spree, otras fuentes indican que incluso logró llegar con el General Mohnke a la cervecería en Schönhauser Allee donde fue capturado el 2 de mayo.

Posteriormente a su captura fue enviado a la URSS donde pasó detenido hasta 1955 y cómo otros miembros de entorno fue interrogado brutalmente sobre la muerte de Hitler. El texto del interrogatorio permaneció en los archivos soviéticos hasta que V. K. Vinogradov lo publicó en la edición rusa de La muerte de Hitler: El último gran secreto de Rusia de los archivos de la KGB en el año 2000.
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Escape desde el führerbunker y la Masacre del Puente Weidendammer entre el 1 y 2 de Mayo de 1945

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El Grupo de Mohnke

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Este grupo fue el primero en salir del Búnker y aparentemente corrieron con algo más de suerte ya que evitaron la masacre del puente Weidendammer, curiosamente trataron de cruzar bajo el río Spree usando el túnel del metro pero se encontaron trabajadores que habían cerrado unas compuertas siguiendo con su rutina de trabajo (posteriormente el grupo de Misch y Linge si pudieron cruzar por ese túnel), a pesar de las circunstancias Mohnke retrocedió y cruzó el río Spree usando una pasarela peatonal a cierta distancia del puente Weindedammer, por un milagro no fueron ametrallados por los soviéticos, es posible que otros conocedores de la zona hayan usado este puente peatonal antes o después para cruzar el Spree sigilozamente, al menos hasta que los soviéticos se hayan dado cuenta; una vez que cruzaron el puente tuvieron la suerte de poder evitar contacto con fuerzas soviéticas hasta que llegaron, al amanecer, a la torre Flak del parque Humboldthain, allí se encontrarón al joven mayor general Bärenfänger y sus fuerzas, después de discutir la forma romper el cerco se enterarón que para esa hora el General Helmut Weiding ya había rendido la ciudad, en este punto hubo alguna discordia, algunos optaron por obecer la orde de rendición, otros con Mohnke a la cabeza decidieron seguir intentando escapar de la captura rusa y avanzaron hasta la cervecería Schultheiss donde se escondieron por algunas horas, luego eventualmente y como se vé en la película -El Hundimiento- decidieron rendirse, callendo en cautividad alrededor de las 20:00 horas del dos de mayo.

En este grupo sabemos que estuvieron las siguientes personas:

Vicealmirante Hans-Erich Voss
Embajador Hewel
Otto Günsche
Traudl Junge
Gerda Christian
Else Krüge
Constanze Manziarly

Las mujeres se separaron en este punto y pudieron escapar hacia el Elba, excepto Manziarly que desapareció poco después (aparentemente fue capturada).

Este gráfico muestra la ruta aproximada del grupo Mohnke desde que salen de la zona de la cancillería hasta que son capturados tras recorer unos 10 kilometros.

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Libro: The battle of Berlin 1945 Ultimate Victory por Tony Le TISSIER (traducido del inglés)

páginas 216-221
La ruptura desde la Cancillería del Reich fue retrasada veinticuatro horas por el SS Mayor General Mohnke, debido a que los rusos habían cortado el eje Este-Oeste el día 30. Mientras estaba planeando una nueva ruta, aconsejó a sus hombres que descansaran. Como cortesía, revisó sus planes con los generales Krebs y Burgdorf, ambos de los cuales habían optado por suicidarse. También telefoneó al general Weidling para informarle de sus intenciones, obteniendo el acuerdo de este último de no firmar ningún documento de rendición antes del amanecer del 2 de mayo.

La ruptura comenzó a las 23:00 horas del 1 de mayo y se llevó a cabo en diez grupos de tamaño irregular, con Mohnke al frente del primero. Su plan consistía en que todos los grupos, que partirían con intervalos de diez minutos, siguieran los túneles del U-Bahn y del S-Bahn hasta la estación de ferrocarril de Stettin, con la esperanza de que estos los condujeran hasta detrás de las líneas rusas. Desde allí marcharían hasta la estación de Gesundbrunnen, junto a la torre antiaérea de Humboldthain, antes de separarse y que cada grupo continuara por su propia cuenta hacia Neuruppin para intentar encontrar a las principales fuerzas alemanas. Este plan aprovechaba la conocida reticencia de las tropas soviéticas a utilizar los túneles, pero también demostraba el desconocimiento de Mohnke de la situación al norte del Spree.

El grupo de Mohnke atravesó a toda velocidad los 120 metros de Wilhelmplatz hasta la entrada de la estación de U-Bahn Kaiserhof, que estaba abarrotada de civiles aterrorizados, y avanzó en completa oscuridad hasta la estación Stadtmitte, desde donde tomaron el tramo de línea norte hacia la estación Friedrichstraße. Mientras se encontraban en este último tramo, se desencadenó sobre ellos un intenso bombardeo que duró aproximadamente una hora.

En la estación Friedrichstraße cambiaron al túnel del S-Bahn y, cuando llegaron al punto en que debían pasar por debajo del Spree, encontraron a un grupo de civiles retenido por dos guardias de la autoridad de transportes, que vigilaban un mamparo estanco que se negaban a abrir. Los guardias actuaban de acuerdo con las normas vigentes, según las cuales el mamparo debía permanecer cerrado entre el último tren de la noche y el primero de la mañana y, aunque durante una semana no había circulado ningún tren, ellos seguían ateniéndose a las reglas.

Extrañamente, aunque el grupo de Mohnke estaba armado y fácilmente podría haber puesto fin a aquella absurda situación, aceptó las circunstancias y regresó a la estación Friedrichstraße para buscar otra ruta hacia el exterior por encima del suelo. El puente Weidendammer estaba bloqueado por una barrera alemana antitanque y estaba siendo bombardeado por los rusos, pero encontraron una estrecha pasarela metálica dirigiéndose a través del Spree desde la estación y se abrieron paso a través del alambre de espino que lo bloqueaba.²⁵

Luego avanzaron hacia el norte a través de un desierto de escombros hasta que se encontraron en las ruinas del Museo de Historia Natural, por lo que reconocieron que acababan de cruzar Invalidenstrasse. Hasta el momento no habían visto rusos, pero se les habían unido unos pocos rezagados alemanes. Los civiles con los que se tropezaron les dijeron que solo alguna patrulla rusa aislada había pasado por la zona, aunque el Hospital de la Charité a su izquierda estaba fuertemente ocupado. El bombardeo, que había amainado a las 01:30 horas, se reanudó repentinamente a las 02:30 horas y, al mirar atrás, vieron que Friedrichstrasse y el puente Weidendamm estaban bajo un intenso fuego de artillería y cohetes desde el Tiergarten, quedando toda la zona iluminada por reflectores operados por los rusos.²⁶
Este fuego había sido provocado por otros grupos de la Cancillería que se abrían paso sobre el terreno y, por lo tanto, atraían la atención del enemigo. El tercer grupo se había perdido en la estación de Stadtmitte y luego había decidido viajar por la superficie, mientras que otro grupo liderado por Axmann había hecho todo el camino por la superficie, sufriendo muchas bajas. El mayor general de las SS Krukenberg, cuyas fuerzas voluntarias extranjeras defendían este sector, estaba sumamente molesto de que Mohnke se hubiera marchado antes de que pudiera siquiera completar la organización de su propia fuga e informar a sus tropas, y ahora que los rusos habían sido alertados se vio obligado a aprovechar la oportunidad de escapar con las tropas que tenía inmediatamente a mano, abandonando a los demás a su suerte. Utilizó sus últimos cinco tanques "Tiger" para romper a través del puente Weidendamm y casi de inmediato se vieron envueltos en una batalla de tanques en la que perdió todos sus blindados y sus tropas sufrieron numerosas bajas. Solo unos pocos supervivientes lograron romper el cerco junto con su general.²⁷

Mohnke aprovechó esta distracción para llevar a su grupo por Chausseestrasse, la continuación hacia el norte de Friedrichstrasse, pero cuando llegaron a una barricada a las puertas del antiguo cuartel "Maikäfer"*, descubrieron que estaba custodiado por un tanque ruso y se vieron obligados a regresar a Invalidenstrasse. En ese preciso momento, un proyectil destinado a la batalla cayó antes de tiempo y mató al mayor general de las SS Ziegler, el predecesor de Krukenberg. Se trasladaron para refugiarse en una estación de mercancías en desuso junto a la estación de tren de Stettiner, donde finalmente se les unieron Krukenberg y los supervivientes de su grupo, junto con otros grupos de soldados alemanes que se escondían en las inmediaciones.²⁸Mientras tanto, cinco supervivientes de la Cancillería que habían girado a la izquierda tras cruzar el puente Weidendamm —Bormann, Axmann, el coronel de las SS Dr. Stumpfegger (el último médico de Hitler), el mayor Wetzen (ayudante de Axmann) y el general Baur (el piloto personal de Hitler)— se refugiaron en el Schiffbauerdamm hasta que amainó el fuego. Luego siguieron las vías del S-Bahn que conducían a Moabit. Frente al Reichstag quedaron bajo el fuego de francotiradores y el general Baur se separó del resto y se quedó atrás. Los cuatro hombres cruzaron el Humboldthafen (otro de los puertos interiores de Berlín) por el puente ferroviario y bajaron a la calzada debajo de la estación de S-Bahn de Lehrter para encontrarse en medio de una sección de soldados rusos acampados que los tomaron por miembros del Volkssturm que regresaban a casa. Bormann y Stumpfegger se alejaron sigilosamente del grupo y empezaron a correr, despertando así las sospechas de los rusos, pero los otros dos lograron escapar sin ser notados. Sin embargo, cuando Baur apareció poco después, las mismas tropas le dispararon y lo hirieron de gravedad antes de ser capturado.²⁹

Axmann y Wetzen continuaron hacia Moabit hasta que fueron obligados a retroceder por el fuego de los tanques. Al cruzar el puente de la carretera sobre las vías principales que conducían a la estación de tren de Lehrter, se toparon con los cuerpos de Bormann y Stumpfegger, quienes aparentemente se habían suicidado.* Decidieron entonces separarse; Axmann se refugió con una antigua novia y más tarde logró escapar a salvo hacia el oeste, pero Wetzen fue capturado esa misma mañana.³⁰

A las 07:00 horas, el grupo de Mohnke, que ya contaba con entre 150 y 200 hombres, marchó por las calles desiertas subiendo por Bernauer Strasse y Brunnenstrasse, y a las 09:00 horas llegó a la torre Flak de Humboldthain donde, para su asombro, encontraron banderas ondeando y compañías de tropas desfilando en busca de órdenes como si se tratara de maniobras en tiempos de paz. El mayor general de las SS Bärenfänger, el oficial de mayor rango allí, estaba sentado en uno de los diez tanques "Tiger" que rodeaban la torre junto con varias piezas de artillería y transportes blindados de personal. Convocó una conferencia para discutir los planes de fuga, pero en medio de ella, uno de los oficiales captó en la radio la noticia de las órdenes de rendición del general Weidling. Se dieron entonces instrucciones para que todas las armas y equipos quedaran inutilizados antes de rendirse, pero el grupo de Mohnke decidió separarse y marchó hacia la cercana fábrica de cerveza Schultheiss, en Prinzenallee.³¹

En la fábrica de cerveza encontraron a otros grupos de soldados y civiles refugiados. Mientras los hombres se acomodaban en una fiesta final con abundantes provisiones de cerveza y compañeras dispuestas, los oficiales bajaron a los sótanos para decidir qué hacer. Algunas personas se marcharon para intentar sus propias fugas, incluidas dos de las secretarias de Hitler y la secretaria de Bormann; las tres mujeres lograron finalmente ponerse a salvo en el oeste. Finalmente, Mohnke envió al coronel Claussen, que no pertenecía a las Waffen-SS y, por lo tanto, era más aceptable para los rusos como portavoz, para organizar su rendición antes de que los rusos decidieran atacar. La rendición se completó hacia las 20:00 horas, pero el embajador Hewel y un fanático y joven teniente de las SS se suicidaron de antemano en lugar de entregarse.³²
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Escape desde el führerbunker y la Masacre del Puente Weidendammer entre el 1 y 2 de Mayo de 1945

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Las secretarias del Búnker
Traudl Junge
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Else Kruger
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Greda Christian
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Constanze Manziarly
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¿Que pasó con las secretarias?
Cómo parte del grupo de escape de Mohnke las secretarias Traudl Junge, Gerda Christian, Else Krüge y la dietitsta Constanze Manziarly estaban en la cervecería cuando fueron rodeados por los soldados soviéticos, lo que ocurrió a continuación es que 3 de las 4 pudieron escapar y sobrevir.


La historia cuenta que Mona le da a Gerder Christian la pequeña bolsa de diamantes. En cualquier caso, las mujeres se marcharon mientras que un grupo, incluyendo a Elsa Krueger, parecía tener la intención de ir al noroeste, hacia donde operaba el nuevo gobierno del Gran Almirante Dut, lo que la llevaría a territorio bajo control británico. Borman aparentemente había instado a Krueger a que solo cayera en manos británicas si la capturaban, afirmando que, citando, los británicos se comportarían como caballeros. Citando, no olviden que Krueger era de Hamburgo y que aún tenía familiares y amigos viviendo en la zona y Hamburgo fue capturada por los británicos el 3 de mayo de 1945; probablemente se sentía más cómoda con los británicos, ya que ella y su hermana habían Trabajó como operaria en Gran Bretaña en la década de 1930 para las familias de gerentes de Shelx. El trabajo fue organizado por Sir Henry Detering, quien financió en gran medida el partido nazi durante sus primeros años y murió en 1939.

Tras dejar la cervecería, las mujeres se dividieron en dos grupos: Traudl Junge y Constanza Manziarly en uno, y Elsa Krugger y Gerda Christian en el otro. Junge dejó a Manziarly para intentar encontrar ropa de civil para ambas. Al regresar, vio a Manziarly siendo conducida hacia la entrada de una estación de U bahn por dos soldados soviéticos armados. Nunca más se la volvió a ver con vida. Troudl Junge continuó sola. Su intención era llegar también a la Zona Británica, pero al carecer de dinero, papeles y equipaje, logró llegar al campo a las afueras de Berlín, caminando durante varios días y durmiendo en graneros o a veces en casas de campo. en granjas y recibiendo escaso alimento y ropa por el camino, increíblemente, mientras que en su huida se topó con otro fugitivo del búnker de Fura, el oficial de las SS Eric Fuhrer. Kempka, el conductor principal de Hitler, que intentaba cruzar el río Elba. De hecho, Kempka llegó hasta BeusGarden en Baviera, donde fue capturada por las tropas estadounidenses el 20 de junio en 1945, Junge no pudo alcanzar las líneas aliadas occidentales y finalmente regresó a Berlín, llegando en junio de 1945, finalmente fue identificada y capturada por los soviéticos.

Más tarde fue liberada en el sector británico de Berlín Occidental en diciembre de 1945, sufriendo de difteria, eventualmente logró llegar al sector estadounidense donde fue interrogada y liberada en 1946.

En cuanto a Christian y Kruger, su viaje fue algo diferente, según las declaraciones de Kruger y Christian. Lograron escapar y llegaron al sector británico, de alguna manera abordaron un tren de repatriación que devolvía a trabajadores forzados franceses desde la zona soviética, haciéndose pasar por trabajadoras francesas. Aparentemente, su coartada fue descubierta por oficiales franceses en el tren, quienes ordenaron a los soviéticos bajar a las dos mujeres, sin embargo, después de hablar con el comandante del tren británico, las volvió a subir de contrabando.
La secretaría de Bormann y la secretaria de Hitler desaparecieron en el caos del noroeste de Alemania. Aunque fueron detenidas e interrogadas posteriormente.
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Escape desde el führerbunker y la Masacre del Puente Weidendammer entre el 1 y 2 de Mayo de 1945

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Relato de Traudl Junge sobre el escape del fuhrerbunker, noto ciertas inconsistencias con otros relatos.

Libro
Until the Final Hour Hitler’s Last Secretary Traudl Junge, Melissa Müller & Anthea Bell

Página 142-143

Una a una abandonamos estas escenas de horror. Paso por la puerta de Hitler por última vez. Su sencillo abrigo gris cuelga del perchero de hierro como siempre, y encima veo su gran gorra con el emblema nacional dorado y sus guantes de gamuza pálida. La correa del perro cuelga junto a ellos. Parece una horca. Me gustaría llevarme los guantes como recuerdo, o al menos uno de ellos. Pero mi mano extendida vuelve a caer, no sé por qué. Mi abrigo de zorro plateado cuelga en el armario de la habitación de Eva. Su forro lleva el monograma dorado E.B. Ya no lo necesito, no necesito nada más que la pistola y el veneno.

Así que nos dirigimos al gran sótano de carbón de la Nueva Cancillería del Reich. Otto Günsche nos guía entre la multitud; sus anchos hombros nos abren paso a las cuatro mujeres (Frau Christian, Fräulein Krüger, Fräulein Manziarly y yo) entre los soldados que esperan allí listos para marchar. Entre ellos veo los rostros familiares de Bormann, Baur, Stumpfegger, Kempka, Rattenhuber y Linge, todos ahora con cascos de acero. Nos saludamos con un gesto de cabeza. A la mayoría no los he vuelto a ver. Luego esperamos en nuestra habitación del búnker a que nos llamen. Todos hemos destruido nuestros documentos. No llevo dinero, ni provisiones, ni ropa, solo muchos cigarrillos y algunas fotos de las que no puedo desprenderme. Las otras mujeres preparan pequeñas bolsas. Ellas también intentarán encontrar la salida de este infierno. Solo las enfermeras se quedan atrás.

Podrían ser las ocho y media de la noche. Seremos el primer grupo en salir del búnker. Unos cuantos soldados que no conozco del batallón de guardias, nosotras cuatro mujeres, Günsche, Mohnke, Hewel y la almirante Voss nos abrimos paso entre la multitud que espera y bajamos por pasadizos subterráneos. Trepamos por escaleras medio derruidas, a través de agujeros en las paredes y escombros, siempre subiendo y saliendo. Por fin, la Wilhelmsplatz se extiende ante nosotros, brillando a la luz de la luna. El caballo muerto aún yace sobre las losas, pero ahora solo quedan sus restos. Gente hambrienta ha salido de los túneles del metro para cortar trozos de carne… En silencio, cruzamos la plaza. Se oyen disparos esporádicos, pero el fuego es más fuerte a lo lejos. Entonces llegamos al túnel del metro, fuera de las ruinas del Kaiserhof. Bajamos y avanzamos en la oscuridad, pasando por encima de los heridos y los sin techo, junto a soldados que descansan, hasta llegar a la estación Friedrichstrasse.

Aquí termina el túnel y comienza el infierno. Tenemos que atravesarlo, y lo conseguimos. Todo el grupo de combate cruza la curva del S-Bahn ileso. Pero un infierno estalla tras nosotros. Cientos de francotiradores disparan a quienes nos siguen. ¡Durante horas nos arrastramos por sótanos cavernosos, edificios en llamas, calles extrañas y oscuras! En algún lugar, en un sótano abandonado, descansamos y dormimos un par de horas. Luego seguimos adelante, hasta que los tanques rusos nos bloquean el paso. Ninguno de nosotros lleva un arma pesada. Solo llevamos pistolas. Así transcurre la noche, y por la mañana reina el silencio. Los disparos han cesado. Todavía no hemos visto ningún soldado ruso. Finalmente, llegamos a la antigua bodega de una cervecería que ahora se usa como búnker. Esta es nuestra última parada. Hay tanques rusos aquí afuera, y es de día.

Aun así, entramos al búnker sin ser vistos. Allí abajo, Mohnke y Günsche se sientan en un rincón y comienzan a escribir. Hewel yace en una de las camas de madera, mira al techo y no dice nada. No quiere para continuar. Dos soldados traen al herido Rattenhuber. Ha recibido un disparo en la pierna, tiene fiebre y alucina. Un médico lo atiende y lo acuesta en una camilla. Rattenhuber saca su pistola, quita el seguro y la deja a su lado.

Un general entra en el búnker, encuentra al comandante defensor Mohnke y habla con él. Descubrimos que estamos en el último bastión de la resistencia en la capital del Reich. Los rusos han rodeado la cervecería y están llamando a todos a rendirse. Mohnke escribe un último informe. Todavía queda una hora. El resto de nosotros nos sentamos allí fumando. De repente, levanta la cabeza, nos mira a las mujeres y dice: «Deben ayudarnos ahora. Todos llevamos uniforme, ninguno de nosotros saldrá de aquí. Pero pueden intentar pasar, llegar hasta Dönitz y darle este último informe».

No quiero continuar, pero la señora Christian y las otras dos me instan a hacerlo; Me sacuden hasta que finalmente los sigo. Dejamos allí nuestros cascos de acero y pistolas. También nos quitamos las chaquetas militares. Luego estrechamos la mano de los hombres y nos vamos.

Una compañía de las SS está junto a sus vehículos en el patio de la cervecería, impasible e inmóvil, esperando la orden para el último ataque. El Volkssturm, los hombres de la OT y los soldados están arrojando sus armas en un montón y saliendo hacia los rusos. En el otro extremo del patio, los soldados rusos ya están repartiendo aguardiente y cigarrillos a los soldados alemanes, diciéndoles que se rindan, celebrando la confraternización. Pasamos entre ellos como si fuéramos invisibles. Entonces estamos fuera del cerco, entre hordas salvajes de vencedores rusos, y por fin puedo llorar.

¿Adónde íbamos a ir? Si nunca antes había visto muertos, ahora los veía por todas partes. Nadie les prestaba atención. Todavía se oían algunos disparos esporádicos. A veces los rusos incendiaban edificios y buscaban soldados escondidos. Nos amenazaban en cada esquina. Ese mismo día perdí el rastro de mis compañeros. Seguí solo durante mucho tiempo, sin esperanza, hasta que finalmente terminé en una prisión rusa. Cuando la puerta de la celda se cerró tras mí, ya ni siquiera tenía mi veneno; todo había sucedido tan rápido. Sin embargo, seguía vivo. Y entonces comenzó una época terrible, pero ya no quería morir; tenía curiosidad por descubrir qué más puede experimentar un ser humano. Y el destino fue bondadoso conmigo. Como por un milagro, escapé de ser deportado al Este. La bondad humana desinteresada de un hombre me salvó de eso. Después de muchos meses, por fin pude volver a casa y comenzar una nueva vida.
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Escape desde el führerbunker y la Masacre del Puente Weidendammer entre el 1 y 2 de Mayo de 1945

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Joachim Ziegler

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Una de las historias más extrañas del escape del fuhrerbunker es la del General Joachim Ziegler comandante de la división SS Nordland hasta el 25 de abril de 1945, lo extraño es que según una fuente Joachim Ziegler guardaba prisión en el fuhrerbunker, ¿por qué?, aparentemente por desacuerdos con con el General l Helmuth Weidling quién lo destituyó, quizá no guardaba prisión en el Búnker, quizá simplemente era un general sin mando a disposición del "cuartel general" del Fuhrer, como sea fue sucedido en el comando de la división por el General Krukenberg, para poner más confusión al asunto recibió las Hojas de Roble para su Cruz de Caballero el 28 de abril de 1945.

Si efectivamente fue mantenido prisionero o staff en el búnker de Hitler desde el 25 de abril al 1 de mayo también fue parte de los inquilinos que tuvieron que escapar, al parecer fue parte del grupo de fuga del General Mohnke y murió por heridas de artillería soviética en las inmediaciones de la estación de metro (U-BHAN) Gesundbrunnen durante la madrugada del 2 de mayo.

De libro Berlin : the downfall, 1945
Anthony Beevor

Páginas 301-302
Los relatos sobre la destitución de Ziegler varían considerablemente. El jefe de Estado Mayor de Weidling, el coronel Refior, creía que «Ziegler tenía órdenes secretas de Himmler de retirarse a Schleswig-Holstein», y que por eso fue arrestado. Ziegler parecía ser uno de los pocos comandantes de las SS que comprendía la inutilidad de continuar la lucha. Poco antes de su destitución, Ziegler había autorizado al Hauptstrumführer Pehrsson a visitar la embajada sueca para averiguar si sus funcionarios se negarían a ayudar a los suecos que aún permanecían en el frente a regresar a casa.

Un testigo presencial afirma que Ziegler fue arrestado a última hora de la mañana en este cuartel general en Hasenheidestrasse, justo al norte del aeródromo de Tempelhof, por un desconocido Brigadeführer de las SS. Estaba respaldado por una escolta con subfusiles que bloqueaban los accesos al cuartel general de la división. Ziegler fue escoltado hasta el vehículo. Saludó a su atónito oficial que estaba en la entrada y les presentó sus respetos: "¡Meine Herren, alles Gute!". Fue llevado bajo arresto a la Cancillería del Reich. "¿Qué demonios está pasando?", exclamó uno de los oficiales, el Sturmbannführer Vollmer. "¿Nos hemos quedado sin comandante?". Krukenber, en este relato, describe un traspaso de mando completamente normal, con Ziegler partiendo solo hacia la Cancillería del Reich.
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Mientras tanto, Krukenberg había reunido a la mayor parte de la escolta francesa de las SS. Se unieron a Ziegler y a un grupo mucho mayor procedente de Nordland. Krukenberg calculó que entre ellos había cuatro o cinco condecorados con la Cruz de Caballero. Lograron cruzar el Spree poco antes del amanecer. Pero fueron atacados con fuego intenso a tan solo unos cientos de metros de la estación de metro de Gesundbrunnen. Ziegler cayó herido de muerte por un rebote de bala.
Esta sería la ruta aproximada de Ziegler desde que salió del Fuhrerbunker hasta que murió cerca de la estación de metro Gesundbrunnen tratando de romper el cerco soviético.

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“Si la libertad significa algo, será sobre todo el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír.”
— George Orwell

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