Los que no huyeron del Führerbunker
En la noche y madrugada del 1 y 2 de Mayo de 1945 la inmensa mayoría de los funcionarios destinados en el Führerbunker trataron de escapar del cerco soviético, muy pocos lo lograron, los que no fueron capturados murieron o se suicidaron en el intento. Otro pequeño grupo de personas decidió quedarse en Führerbunker por diferentes motivos y fueron capturados cuando finalmente los soviéticos ocuparon el lugar la mañana del 2 de mayo de 1945.
Johannes Hentschel: El electromecánico jefe del complejo. Se negó rotundamente a huir porque las bombas de agua y luz del búnker también abastecían al hospital de campaña civil de la Cancillería. Se quedó completamente solo y entregó pacíficamente el búnker a los soviéticos la mañana del 2 de mayo.
Dr. Werner Haase, Erna Flegel y Liselotte Chervinska: Médico y enfermeras respectivamente. Permanecieron atendiendo de forma ininterrumpida a los cientos de heridos en el hospital de la Cancillería (conectado al búnker) hasta que llegaron las tropas rusas.
Fritz Tornow: El adiestrador de perros de Hitler, encargado de rematar a las crías de la perra Blondi. Se quedó en el complejo y fue hecho prisionero.
Johhanes Hentschel, el electromecánico que no huyó
Johannes Hentschel (10 de mayo de 1908 – 27 de abril de 1982) no fue un soldado, un político, ni un ideólogo nazi; fue un maestro electromecánico berlinés cuya historia destaca por un profundo sentido del deber humano en medio del colapso del Tercer Reich.
Su trayectoria detallada abarca desde su empleo diario con el dictador hasta convertirse en el último ocupante vivo hallado en el Führerbunker:
Vida antes y durante la guerra
Nacido en Berlín de padres daneses, Hentschel fue contratado el 4 de julio de 1934 para encargarse del mantenimiento técnico de los aposentos privados de Adolf Hitler en la Antigua Cancillería del Reich. Durante más de una década, su trabajo consistió en asegurar el suministro diario de electricidad, calefacción y agua. Acompañaba al séquito en sus traslados (como al refugio alpino de Berchtesgaden), vistiendo siempre un mono de trabajo gris y manteniéndose al margen de las intrigas políticas.
A mediados de abril de 1945, ante el avance destructor del ejército rojo, Hentschel fue trasladado permanentemente a la sala de máquinas del Führerbunker, el búnker subterráneo profundo, para operar los generadores diésel de emergencia.
El pacto en la madrugada del 2 de mayo
Para las primeras horas de la madrugada del 2 de mayo de 1945, el búnker era un cementerio de hormigón. Hitler, Eva Braun y la familia Goebbels ya se habían suicidado, y casi todo el personal militar restante había huido en grupos la noche anterior.
En el complejo subterráneo solo quedaban dos personas: el operador de radio Rochus Misch y el electromecánico Johannes Hentschel. Sabiendo que los soldados del Ejército Rojo estaban a solo unos metros sobre sus cabezas, ambos hombres se sentaron juntos e intercambiaron cartas redactadas para sus respectivas esposas, pactando que el que lograra sobrevivir se encarga de hacérsela llegar a la familia del otro. A las 4:00 a.m., Misch apagó la central telefónica y huyó para intentar romper el cerco soviético. Hentschel se quedó completamente solo.
Por qué decidió no huir
Hentschel pudo haber escapado perfectamente junto a Misch o en las oleadas previas, pero se negó rotundamente. El motivo fue estrictamente humanitario: las instalaciones del búnker compartían los sistemas de bombeo de agua, ventilación y suministro eléctrico con el hospital de campaña de emergencia ubicado en los sótanos de la Nueva Cancillería.
En ese hospital improvisado yacían cientos de civiles berlineses mutilados y soldados gravemente heridos custodiados por el doctor Werner Haase y la enfermera Erna Flegel. Hentschel sabía que si él abandonaba los generadores, las bombas de agua se apagarían, los sistemas de ventilación se detendrían y los heridos morirían en total oscuridad y asfixia. Decidió quedarse a mantener las luces encendidas.
La toma del búnker
Alrededor de las 9:00 a.m. del 2 de mayo, las tropas soviéticas entraron al complejo. El propio [perfil biográfico de Johannes Hentschel](
https://en.wikipedia.org/wiki/Johannes_Hentschel) detalla que fue capturado pacíficamente en la sala de máquinas.
De acuerdo con registros históricos recopilados en libros como Der Untergang de Joachim Fest, las primeras en ingresar de forma avanzada al búnker abandonado fueron un grupo de mujeres militares y enfermeras soviéticas. Hentschel las guio por el complejo e intentó advertirles que no abrieran el cuarto de los Goebbels (donde yacían los cuerpos envenenados de los seis niños), aunque las tropas ingresaron de igual manera. Posteriormente, ayudó a identificar la ropa restante de Eva Braun y señaló dónde se encontraban las salidas principales.
Cautiverio y últimos años
Al ser catalogado estrictamente como personal civil técnico no combatiente (y no miembro de las SS ni del engranaje político), Hentschel se salvó de una ejecución sumaria o de juicios por crímenes de guerra. No obstante, debido a su cercanía directa con el entorno de Hitler, fue trasladado a la Unión Soviética para ser interrogado exhaustivamente sobre los últimos días del búnker.
Pasó casi cuatro años en campos de prisioneros soviéticos hasta que fue formalmente liberado el 4 de abril de 1949. Tras su liberación, se mudó a vivir a la Alemania Occidental. Vivió el resto de sus días de forma sumamente discreta y apartada de los focos públicos, trabajando nuevamente en su oficio mecánico. Falleció a los 73 años en la localidad de Achern, el 27 de abril de 1982.
El Dr. Werner Haase: El médico personal atrapado por su deber
Werner Haase (2 de agosto de 1900 – 30 de noviembre de 1950) fue un prestigioso cirujano alemán. En 1933 se unió al Partido Nazi y en 1934 a las SS. Su talento llamó la atención de Karl Brandt, quien lo recomendó como médico personal adjunto de Adolf Hitler. Hitler le tenía una alta estima profesional.
* El dilema del suicidio: A finales de abril de 1945, con el búnker sitiado y el médico principal (Theodor Morell) habiendo huido, Haase quedó al mando médico. Cuando Hitler le pidió directamente que le recomendara el método de suicidio más fiable y rápido, Haase le aconsejó morder una cápsula de cianuro y pegarse un tiro en la cabeza en el mismo instante.
* La prueba con Blondi: Para comprobar que el cianuro provisto por las SS no estuviera adulterado, Hitler ordenó a Haase probarlo en su perra, Blondi. Con profundo pesar profesional, Haase le abrió el hocico al animal y rompió la ampolla con unas pinzas, matándola en el acto.
* La lúgubre tarea de identificación: Tras el suicidio de Hitler, Haase regresó al sótano a operar. No huyó el 1 de mayo y fue capturado por los soviéticos el 2 de mayo. Debido a su conocimiento íntimo del círculo nazi, el 6 de mayo las autoridades soviéticas lo obligaron a identificar los cadáveres quemados de Joseph y Magda Goebbels, así como los de sus seis hijos. Haase reconoció inequívocamente el cuerpo de Joseph por la prótesis metálica que llevaba en su pierna derecha.
* Trágico final en el Gulag: Los soviéticos lo acusaron formalmente de haber sido el médico del dictador y de altos mandos de las SS. A pesar de que pasó sus últimos días en Berlín salvando a cientos de civiles en el hospital, fue enviado a Rusia. Padeciendo una tuberculosis severa, Haase murió en cautiverio el 30 de noviembre de 1950 en el hospital de la prisión de Butyrka en Moscú, a los 50 años.
Erna Flegel: La enfermera de la Cruz Roja que rompió el silencio
Erna Flegel (11 de julio de 1911 – 16 de febrero de 2006) sirvió como enfermera para el séquito de Hitler desde enero de 1943. A finales de abril de 1945, la Cruz Roja la trasladó a las instalaciones subterráneas de la Cancillería.
* Niñera improvisada y la despedida de Hitler: En sus días en el búnker, Flegel forjó una estrecha amistad con Magda Goebbels y, con frecuencia, ayudó a cuidar y entretener a los seis niños Goebbels, ignorando que los padres planeaban asesinarlos. El 30 de abril de 1945 en la madrugada, Hitler se reunió con el equipo médico para despedirse. Flegel relató décadas después que el dictador "salió de una habitación lateral, nos estrechó la mano a todos, dijo unas palabras amistosas y eso fue todo". Describió a Hitler en sus últimos días como un anciano decrépito, tembloroso, que aparentaba 20 años más de los que tenía.
* Permanencia en el puesto: Tras los suicidios y la huida masiva del 1 de mayo, Flegel se negó a marchar. Ella, junto al Dr. Haase y otra enfermera, Liselotte Chervinska, decidieron quedarse al lado de las camas de los heridos que no podían moverse. Fue capturada por el Ejército Rojo el 2 de mayo.
* El anonimato y su reaparición: A diferencia de Haase, los rusos la liberaron rápidamente al comprobar que era personal puramente civil de enfermería. Posteriormente, fue intensamente interrogada por el servicio de inteligencia estadounidense, pero tras eso, regresó a su vida normal y vivió bajo un estricto anonimato durante décadas.
* El fin del secreto: En el año 1977, la CIA de EE. UU. desclasificó los documentos de sus testimonios de la guerra, pero no fue hasta 2005 (a raíz del estreno de la película Der Untergang / La Caída) que los medios de comunicación la localizaron en un asilo de ancianos en el norte de Alemania. Con 93 años, concedió una famosa e impactante entrevista en exclusiva para [The Guardian]
https://www.theguardian.com/world/2005/ ... ndworldwar), rompiendo un silencio de 60 años. Murió pacíficamente a los 94 años, el 16 de febrero de 2006.
Liselotte Chervinska logró el anonimato.
Liselotte Chervinska fue la otra enfermera de quirófano que, junto a Erna Flegel, permaneció de forma incondicional en el hospital de campaña de la Cancillería. A diferencia de Flegel, los datos biográficos de Chervinska posteriores a la guerra son sumamente escasos, debido a que eligió el anonimato absoluto y jamás dio entrevistas a los medios de comunicación.
Chervinska trabajaba como enfermera quirúrgica de la Cruz Roja alemana. Durante la Batalla de Berlín, estuvo bajo el mando directo de los doctores Werner Haase y Ernst-Günther Schenck, operando a cientos de soldados heridos y civiles amputados en los sótanos de la Cancillería.
El 2 de mayo de 1945, cuando las tropas del Ejército Rojo soviético tomaron el control total del complejo, Chervinska fue una de las únicas cinco personas que se rindieron pacíficamente dentro del búnker (junto al Dr. Haase, Erna Flegel, el adiestrador Fritz Tornow y el mecánico Johannes Hentschel).
Al ser arrestada, las autoridades de la NKGB soviética la trasladaron temporalmente al cuartel general establecido en el Instituto Alemán para Ciegos en Berlín, junto con Flegel. Sin embargo, al comprobarse que era personal médico civil no combatiente de la Cruz Roja y que carecía de afiliación ideológica de alto rango, los soviéticos la liberaron rápidamente pocos días después.
Tras su liberación en mayo de 1945, Liselotte Chervinska regresó a la vida civil en una Alemania devastada. A diferencia de otros ocupantes del búnker cuyos nombres reaparecieron décadas después debido a investigaciones de la CIA o libros de historia, Chervinska logró pasar desapercibida, rehaciendo su vida en completo anonimato. No dejó diarios, memorias públicas ni registros biográficos accesibles, convirtiéndose en una de las figuras más esquivas y silenciosas del fin de la guerra.
Fritz Tornow el adiestrador que fue torturado
Fritz Tornow (27 de julio de 1924 – fines de la década de 1990) fue un sargento (Feldwebel) de la Wehrmacht y el adiestrador y cuidador personal de los perros de Adolf Hitler. Al igual que Johannes Hentschel y el equipo médico, Tornow fue una de las poquísimas personas que decidieron no unirse a la huida masiva del búnker, presenciando y ejecutando algunas de las órdenes más tétricas de las últimas horas del régimen.
La tarea principal de Tornow en el búnker era cuidar a la amada perra pastor alemán de Hitler, Blondi, y a la camada de cuatro cachorros que esta había tenido pocas semanas antes. Sin embargo, en los días finales, su rol dio un giro macabro:
La prueba de cianuro: El 29 de abril de 1945, Hitler ordenó constatar la efectividad de las cápsulas de cianuro enviadas por las SS. Tornow tuvo la lúgubre tarea de sostener el hocico de Blondi a la fuerza mientras el Dr. Werner Haase rompía la ampolla con unas pinzas. Testigos del búnker declararon que Tornow quedó visiblemente consternado y roto tras ver morir al animal.
La ejecución del resto de las mascotas: El 30 de abril, tras el suicidio de Hitler y Eva Braun, Tornow recibió la orden directa de eliminar al resto de los animales para evitar que cayeran en manos soviéticas. Tornow llevó a los cuatro cachorros de Blondi al jardín de la Cancillería y los mató a tiros. En un arranque de furia y amargura, también ejecutó a los dos perros de Eva Braun (Negus y Stasi), a las mascotas de la secretaria Gerda Christian y a su propio perro salchicha.
¿Por qué no huyó?
Fritz Tornow no se unió a la huida masiva del 1 de mayo de 1945 debido a una mezcla de shock emocional, sentido estricto del deber militar y la naturaleza de las órdenes de última hora que recibió directamente de Adolf Hitler antes de morir.
Los factores que explican su decisión de permanecer en el búnker incluyen:
Destrucción emocional y fatiga: Tornow quedó profundamente afectado psicológicamente el 29 de abril tras verse obligado a sostener a la perra Blondi mientras la envenenaban. Al día siguiente, el 30 de abril, tuvo que ejecutar a los cuatro cachorros huérfanos y al resto de las mascotas del búnker. Testigos históricos señalan que Tornow estaba «completamente roto», sumido en la culpa y en un estado de apatía generalizada que le quitó cualquier iniciativa o voluntad para planificar una fuga en medio del fuego cruzado de Berlín.
Cumplimiento de órdenes hasta el final: Al ser un sargento (Feldwebel) de la Wehrmacht adscrito al servicio directo de la Cancillería, su mentalidad militar lo empujaba a no abandonar su posición sin una orden de retirada formal. Su misión inmediata había sido encargarse de los animales y de los aposentos, y tras cumplir la orden de sacrificar a las mascotas, simplemente se replegó con el resto del personal no combatiente.
Falta de valor estratégico o político: A diferencia de figuras como Martin Bormann, los generales o los oficiales de las SS, Tornow sabía que era un simple cuidador de perros. No arrastraba crímenes de guerra ni tenía un rango político que lo convirtiera en un objetivo prioritario de ejecución inmediata. Al igual que el mecánico Johannes Hentschel, Tornow asumió que sus probabilidades de sobrevivir eran mayores entregándose pacíficamente en el búnker que intentando cruzar las líneas soviéticas en la superficie, donde miles de alemanes estaban siendo masacrados en la huida.
Al final, prefirió quedarse refugiado en el subsuelo junto al equipo médico compuesto por el Dr. Werner Haase y las enfermeras Erna Flegel y Liselotte Chervinska. Desafortunadamente para él, los soviéticos no vieron su rol con tanta ligereza y lo enviaron directo a las celdas de tortura de la prisión de Lubianka para interrogarlo durante años.
Regreso al anonimato y un curioso oficio
Tornow sobrevivió al brutal cautiverio y fue finalmente liberado a mediados de la década de 1950 como parte de las repatriaciones de prisioneros de guerra a la Alemania Occidental.
A partir de la década de 1960 y hasta mediados de los años 70, se instaló en una propiedad llamada Paulinenhof en Hervest (una zona de la ciudad de Dorsten). En un giro irónico del destino, el antiguo adiestrador pasó el resto de su vida laboral produciendo y vendiendo alimento comercial para perros. Posteriormente se mudó a Gelsenkirchen, donde falleció por causas naturales a finales de la década de 1990.
“Si la libertad significa algo, será sobre todo el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír.”
— George Orwell